Los VPI sabihondos

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Existen los VPI cuyo ejercicio de demostración de “ser los más arrechos” consiste en enrostrarle a los demás sus propios: títulos, años dando clase o trabajando “en eso”, años de estudio, foros asistidos o dictados, libros leídos, larga experiencia.

Estos VPI descartan la buena intuición, el sentido común o la práctica del método socrático ante cualquier tema y se aferran inflexiblemente a la Experiencia y los Títulos  para dejar bien sentado que lo que ellos dicen, creen y defienden es la Verdad Absoluta.

Conozco varios, algunos son personas muy inteligentes, intelectuales pues, con magnífica verborrea hablada y excelente pluma. Pero se les nubla con frecuencia su capacidad comprensiva ante los cuestionamientos a sus posiciones o ante el hecho de que no todo el mundo percibe las cosas de la misma manera. La tolerancia, la empatía, se les quedan trabadas en la primera velocidad.

Ellos prefieren volcar, sobre quien difiera de sus argumentaciones, toneladas de “trabajos de campo”, “conferencias dictadas”, “años de camisas arremangadas”, “centenas de libros leídos” para procurar aplastar con su propia vivencia la posibilidad de pensar distinto y opinar al respecto que pueda tener otra persona basada en una lectura intuitiva de los hechos o en la práctica de la duda constante.

Son los VPI sabihondos, tendientes a crear élites, de mucho hablar y gesticular y defender cosas honorables (libertad, tolerancia, participación, igualdad…) para no confesar sus propias ideas discriminatorias que están en lo más hondo y verdadero de ellos.

 Estos prefieren muchas veces rehuir la dura realidad, carente de certezas, que nos rodea día a día para montarse en una fantasía de lucha libertaria, de Quijotes cuerdos y totalmente dueños de una verdad innegable (salvo para quienes “inferiores” piensan distinto, sacan conclusiones diferentes y además lo manifiestan)

Estos VPI están atrapados en sus propios convencimientos tal como lo estamos todos en mayor o menor medida. La diferencia es que ellos padecen de una rígida fe en su lectura del mundo y actúan de manera agresiva, sutil o abiertamente, contra quien cuestione sus argumentos pero blandiendo un estandarte ruidoso y enorme que dice “libertad, tolerancia, igualdad, paz”

 Cuidado con ellos.

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Médicos VPI

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En esta sociedad en la cual abundan los VPI de todo tipo, color, extracción social y profesión, uno no puede menos que ponerse de punta de nervios cuando se encuentra a estos personajes trabajando con la salud.

Me explico. Hace unos meses mi esposa dio a luz a nuestro primer hijo en la Clínica Ávila ubicada en La Castellana en Caracas. Lamentablemente no pudo dar a luz en forma natural así que tuvieron que practicarle cesárea. Para ello le colocaron la anestesia llamada epidural la cual se pone hundiendo una aguja en toda la médula espinal a través de la columna en la espalda. Algo sumamente delicado. Mi esposa en ese mismo momento indicó que el dolor era excesivo (y hay que ver que mi esposa es bien resistente con los dolores), sin embargo, no le hicieron caso y toda la operación procedió. La anestesista fue la Dra. Sonia Parra y la gineco-obstetra que atendió el embarazo y el parto es la Dra. Norma Cerviño.

Luego de los dos días de recuperación cuando retornamos a casa, mi esposa comenzó a sentir unos dolores sumamente agudos en la parte baja de la espalda y en las piernas y de hecho las piernas se le durmieron dolorosamente lo cual le impidió brindar las primeras atenciones al bebé e incluso amamantarlo (pues el intenso dolor no le permitía sentarse y mucho menos sostener el peso del recién nacido)

La “brillante” actuación de estas profesionales de la medicina comenzó cuando, una vez que le reportamos la situación de inmovilidad dolorosa de mi esposa a la Dra. Cerviño, esta solamente se limitó a darnos el número del teléfono móvil de la Dra. Parra, y cuando finalmente, luego de varios intentos, logramos contactar por teléfono a esta última, solamente dedicó unos minutos a preguntar los síntomas y a recomendar unas pastillas, supositorios calmantes e inyecciones. De allí en adelante nunca recibimos llamada alguna ni de la Dra. Parra ni de la Dra. Cerviño para conocer el avance del tratamiento. Al principio las llamábamos nosotros y entonces sólo se dedicaban a repetir la misma receta, pero luego ya dejaron de atender y en ningún momento asumieron la responsabilidad con la paciente recién parida, por haberla lesionado con la colocación de la anestesia ni le importaron las consecuencias de la paralización de la madre en los primeros momentos en el mundo del bebé.

Al sol de hoy todavía mi esposa tiene adormecidos algunos puntos en las plantas de los pies. Ni la Dra. Cerviño ni la Dra. Parra han mostrado interés en el destino de su paciente ni de su bebé. Hicimos llegar comunicaciones escritas describiendo la situación y exigiendo responsabilidad a la Junta Directiva de la Clínica El Ávila (clínica privada) y también enviamos una copia al Colegio de Médicos. De nadie hemos recibido respuesta.

Tal como dice una persona amiga, en nuestro país la medicina es mala y cara y si además está dominada por VPI como estas doctoras y sus jefes pues la verdad es que la cosa se vuelve altamente preocupante.

Ahora los PVI: Pendejos Venezolanos Ingenuos

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El extremo contrario a los personajes VPI con quienes convivimos día a día son los pendejos, los PVI, Pendejos Venezolanos Ingenuos.

Ellos, aun con la buena intención de la ingenuidad del que cree y cumple las reglas o con la candidez que caracteriza a un buen pendejo, también son capaces de generar problemas en nuestra enferma sociedad actual. No por ellos mismos, sino porque están rodeados de un sinnúmero de VPI los cuales son expertos en sabotearles sus buenas conductas.

Si un PVI manejando comienza a frenar poco a poco, como debe ser, debido a que el semáforo más adelante en el cruce está en amarillo, los VPI reaccionarán con furia contaminando con ruido el ambiente a cornetazos o cambiando bruscamente de canal para adelantar al “pendejo” lo cual hará que se le atraviese a otro VPI desesperado o casi arrolle a un motorizado que viene haciendo zigzag por la vía o a una señora con su hija de 7 años que viene cruzando fuera del rayado peatonal mientras el fiscal en la esquina envía mensajitos desde su celular mirando hacia el trasero de una muchacha sin casco que viaja de pasajera en otra moto cuyo conductor tampoco tiene casco y de paso viene comiéndose la flecha para esquivar una buseta que quedó atravesada en todo el cruce por no respetar la luz amarilla de su semáforo aún viendo que no iba a poder pasar.

En todo ese cuadro, digno de un verdadero Macondo venezolano, como se verá, el PVI es minoría: apenas uno en medio de un ejército de VPIs. Es cuando se aplica eso de que en tierra de ciegos el tuerto es el rey…sólo que en este caso ese rey es muy mal visto por los VPI demasiado abundantes y agresivos en nuestra cotidianidad.

Pide el VPI: dame seguridad pero a mi no me molestes

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En la torre de oficinas donde trabajo hay una regla elemental y muy simple de seguridad: todos los que trabajan en las oficinas deben llevar o mostrar su carnet de identificación de su empresa en la recepción del edificio para entrar. Quien no la tenga debe mostrar su cédula y explicar para cual piso y oficina va. 

Fácil ¿verdad?

Pero para nuestros VPI y su afán de querer ser más arrechos que nadie la regla, la exigencia, la norma mínima de seguridad, no les gusta y pelean cotidianamente con vigilantes y recepcionistas cuando le piden su carnet utilizando los siguientes argumentos:

1) El VPI inolvidable: “Yo paso todos los días por aquí, trabajo aquí ¿me vas a volver a pedir el carnet?” (aclaratoria: en la torra trabajan casi 500 personas)

2) El VPI desconfiado: “Tanto pedir y pedir el carnet igualito aquí roban las oficinas” (aclaratoria: cierto, hay robos ocasionales pero ¿eso justifica entonces no tomar ni siquiera las mínimas medidas?)

3) El VPI humillado: “Yo no soy perro ni policía para andar con una placa (o sea el carnet) guindando todo el tiempo” (aclaratoria: es el argumento más reciente y absurdo que he escuchado. Yo estaba al lado de esa persona con mi carnet al cuello y me provocó preguntarle: ¿entonces yo que soy, perro o policía?

El VPI no considera el hecho de que llevar el carnet colgado al cuello o prendido de un bolsillo o a la mano para mostrarlo es algo SUMAMENTE sencillo de hacer para evitar la llamada de atención o el perder el tiempo explicando o peleando. Pero, hay que tomar en cuenta que el VPI aprovecha cualquier oportunidad para demostrar “ser un arrecho” y seguramente gritarle a una recepcionista porque le exija su carnet utilizando para ello alguno de los tres argumentos mencionados arriba, es un excelente espacio para hacerlo.

Entretanto sobran las voces que piden seguridad en esta torre pero la mayoría de ellas se “arrechan” cuando como mínimo de prevención le piden que se identifiquen. ¿Alguien entiende eso?

Esa misma incongruencia, exactamente igual, se extrapola a otros ámbitos de nuestra insegura sociedad repleta de VPI desconfiados, inolvidables pero jamás humillados.

La Violencia:

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La violencia en sus múltiples expresiones se genera de una concatenación de elementos los cuales interactúan en nuestra sociedad hasta ofrecer su resultado final traducido en: altos niveles de inseguridad, desidia gubernamental, brutalidad policial, intolerancia y destructivas protestas de calle las cuales tienen un porcentaje de espontaneidad y otro porcentaje de inducción premeditada.

Por un lado están los VPI, con su patología conductual de querer ser y demostrar que son más arrechos que los demás olvidándose de la existencia de ellos, de los demás, a menos que les sea conveniente. Son producto de una educación débil y dispersa sin estructura programática en función de país, de colectivo y sin considerar la adecuación a un mercado de trabajo multinivel en donde predomina el culto a los grandes títulos y a las multinacionales desechando y menospreciando el trabajo manual, el trabajo directo, el trabajo creativo, las tareas de soporte, mantenimiento y servicio.

A eso se suman hogares, familias, con valores debilitados gracias a esa educación inconexa y al no reforzamiento de valores y conductas positivos. Por el contrario, de parte de los medios tradicionales (TV, Radio, Prensa) reciben un bombardeo constante de antivalores (novelas, programas cómicos, shows de burla…), de desensibilización ante la violencia (novelas, películas de acción…), de negación al diálogo, de apología a la solución de conflictos por la vía de las armas, el grito o la agresión física: por la vía de ser el más arrecho para lograr el aplauso y el reconocimiento por eso (El Hombre de La Etiqueta, El Vengador…) Reciben y asumen pasivamente también patrones de consumo exagerados, incitación a la adquisición compulsiva de símbolos de estatus (celular, carro, ropa, videojuegos, zapatos, sexo…) y por supuesto la incitación, abierta o no, al consumo de drogas siendo la principal y más dañina El Alcohol.

En una sociedad con sus problemas habituales de desempleo y vivienda en mayor o menor grado, con un Estado ambiguo en materia educacional, policial y penal y con gobiernos más dedicados a la promoción política o a la componenda económica (como es el caso de todos los que han pasado por nuestro país, por nuestra región), este caldo de cultivo con los VPI produce entonces brotes terribles de violencia, inseguridad, delincuencia, hogares destruidos, protestas vandálicas, represión, violencia contra la mujer, discriminación.

La violencia es un monstruo de mil cabezas con cien raíces profundas que hay que remover o curar una por una para aspirar una solución sostenible que produzca un nivel de paz elevado, respirable, vivible.