Repartir las culpas…

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Esta semana pasé varias veces por el bulevar de El Cafetal, en Caracas, y pude ver algunos grupos de muchachas y muchachos en los semáforos, con pancartas y volantes, manifestando su apoyo al político Leopoldo López, quien fue detenido y sentenciado a varios años de cárcel en el año 2014, al ser responsabilizado por liderar los actos violentos de calle denominados “La Salida”, los cuales produjeron varios fallecidos y heridos durante ese año en Venezuela.

Lo que llamó mi atención es que estos jóvenes tenían que esquivar constantemente motorizados y hasta carros que se comían la luz roja del semáforo para pasar apurados, siendo este el momento en el cual justamente ellos aprovechaban para pararse en los rayados peatonales y mostrar sus carteles a los conductores.

Recordé la tira de Mafalda que puse de imagen de este artículo: ¿cual será el verdadero problema que nos aqueja? ¿que Lopez siga preso o que suframos de esa patología conductual que hace que casi ningún motociclista respete las señales de tránsito y muchos conductores de carro tampoco? ¿Será más dañino para nuestra sociedad un político preso o ese instinto asesino que hace que el peatón, en este país, no tenga absolutamente ninguna prioridad de paso sobre los vehículos?

Y estos pobres muchachos, pues, que todavía no saben repartir muy bien las culpas, como dice Mafalda, y se dejan encandilar, agrego yo, por el poderoso mercadeo político, que ubica las responsabilidades en lo macro político y no en lo micro social.

Por eso estamos donde seguimos.

Extremismos

extremismos

La crisis que azota actualmente a Venezuela, traducida en escasez, desabastecimiento, especulación y acaparamiento, ha hecho resurgir el extremismo VPI.

Me explico.

El VPI necesita DEMOSTRAR lo arrecho que es, sin dejar lugar a dudas sobre su reciedumbre, bien sea física, mental o moral.

Me sigo explicando.

En el mismo momento en el cual la crisis ya impacta directamente al VPI, este de pronto se vuelve extremista, fundamentalista, pierde la ecuanimidad mostrada hasta ahora en sus expresiones escritas o verbales y pasa a ser un furibundo divulgador sobre cuál es su posición personal acerca de la situación.

Facebook, Twitter y otras herramientas sociales son la vitrina esencial de este tipo de reacción. Si hasta hace poco esta gente aceptaba pues analizar con cierta objetividad la política criolla, reconociendo la realidad de que las responsabilidades siempre están compartidas entre gobierno, oposición, empresarios, medios de comunicación y ciudadanos, apenas van al supermercado y no consiguen ese día un cepillo de dientes (aunque al día siguiente si lo consigan), se destapan a culpar a un solo factor de la sociedad, volcando todo el odio posible y los adjetivos más insultantes:

“Es culpa de los malnacidos chavistas”

“Es culpa de los asesinos de la oposición”

“Es culpa de los empresarios degenerados”

“Es culpa de los irresponsables medios de comunicación”

“Es culpa de la gente ignorante”

Aunque usted esté bien molesto, permítame que le recuerde que las culpas SIEMPRE están repartidas. A partes iguales, por lo demás, porque la sociedad es un todo, no fragmentos aislados.

Esta actitud de declaraciones pendencieras busca, por un lado, el amedrentamiento contra quien pretenda opinar diferente (“yo soy el arrecho, tu cállate“) y por otro lado la declaración pública de solidaridad automática con quien piensa igual (“hey, no te equivoques, yo insulto a la misma gente que tu”), para que no haya confusiones debido a la inevitable necesidad de trabajar y compartir a diario con personas o instituciones de pensamiento político diferente.

Es como el homofóbico que, cuando se encuentra en las cercanías de un homosexual, se desvive por demostrar su hombría y su desprecio por los gay, con burlitas nerviosas incluidas, para que no lo vayan a “confundir” con el otro.

La peor afirmación de estos extremismos reflotados es aquella que reza que “quien haya votado por el grupo político X o Y, es cómplice de sus fechorías”. Si eso fuera cierto, todos hemos sido, somos y seremos cómplices de algo cada vez que votemos pues, funcionarios de todo gobierno y de todo grupo político, tarde o temprano han cometido, cometen y cometerán algún delito.

El votante no tiene culpa alguna por los crímenes que cometa alguien del grupo político por el cual votó. Nadie vota para que se viole la ley, sino para que se cumplan las promesas de solucionar problemas. Eso es lo que todo político vende cuando se mercadea una y otra vez y una y otra vez logra convencer a unos votantes, mientras que los otros, los que no votarán por ese político, están convencidos a su vez, por el otro lado político, de que quien viola la ley es solamente el lado contrario.

Viñeta de La  viñeta satírica

La estupidez no tiene límites

Patricio

(Cualquier parecido con los VPI no es ninguna coincidencia)

Psicólogos de la Universidad Eotvos Loránd en Hungría han realizado un estudio encaminado a determinar los tipos de comportamiento que podrían definir el concepto de lo que conocemos como ‘estupidez’. La ignorancia consciente, la falta de control y la ausencia mental son los pilares de esta conducta, publica ‘The Independent’.

En la primera parte del estudio los expertos recogieron historias publicadas en medios de comunicación como la BBC y ‘The New York Times’ relacionadas con comportamientos estúpidos y pidieron a 26 estudiantes que basados en ellas, consignaran en un diario situaciones similares durante cinco días. Luego de obtener las conclusiones, los expertos en algunos de los casos modificaron las consecuencias y el nivel de responsabilidad del involucrado y entregaron los casos a 154 estudiantes de pregrado que definieron la intensidad de estupidez en cada uno de ellos y los factores psicológicos que podrían haber estado involucrados.

Los resultaros permitieron definir tres grupos principales: en el primero (estupidez grave), se encuentran los individuos que entienden los riegos de sus actos y pese a no poseer las habilidades suficientes se involucran. El segundo (estupidez moderada), encierra a aquellos que por su comportamiento obsesivo-compulsivo carecen de autocontrol, mientras que el tercero (estupidez leve), hace alusión a la ausencia de sentido práctico por distracción o simplemente por falta de destreza que terminan desencadenando situaciones incoherentes.

“Estos resultados nos acercan a la comprensión de lo que la gente considera como una conducta poco inteligente, haciendo énfasis en las perspectivas psicológicas de este comportamiento en el diario vivir”, concluye Balazs Aczel, psicólogo experimental y líder de la investigación.

Artículo original de RT

Los golilleros

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En Venezuela le decimos golillero a la persona que se beneficia de otras, o bien de cosas que esas otras personas hacen (o dejan de hacer) y el golillero se aprovecha de hacerlas propias, o bien de lo que esas personas desechan o dejan de usar y el golillero aprovecha de utilizarlas.

Cuando se trata de ropa decimos que el golillero se hizo con “una chiva”, es decir, con ropa usada o vieja pero que está en buen estado y puede aprovecharse.

Pero acá la golilla ha llegado a convertirse en cultura para muchas personas, en particular, por supuesto, para nuestros infaltables VPI.

Cuando se corre algún rumor de que algo va a escasear, la gasolina por ejemplo, el VPI golillero corre a llenar el tanque del carro para tener algún tiempo más de combustible en su carro antes de que escasee. En una especie de alivio de tontos, tengo hoy pero mañana no sé, ni me importa. Es tener la golilla de llenar antes que otros el tanque. Si. También es parte del apuro estúpido característico del VPI.

Si anuncian que determinado producto va a subir de precios, el golillero se lanza desaforado a adquirir hasta el último envase, saco o lata de ese producto, para poder luego tener el placer de jactarse por unos días de tener en su casa ese producto “a precio viejo”, ahorrándose unos centavos, aunque cuando se le acabe igual tendrá que comprarlo caro. Eso no importa. El gusto es poder jactarse de su viveza, de poder aprovechar la golilla.

Ni hablar de cuando se anuncia que algún sitio se podrá comprar algo a bajo precio, regulado o subsidiado. Allí aparecen y se reproducen por miles los golilleros, deseosos de ser los primeros beneficiados de lo que sea, que cueste nada o poco, aunque luego deban igual adquirirlo a precio normal.

En este fenómeno aparecen, por supuesto, los “bachaqueros”, quienes combinan su afán golillero con el negocio especulador. Agarrar primero que nadie y a como dé lugar el producto barato, para luego venderlo a 10 veces su precio o más, para ganar un montón de dinero sin tener que hacer mayor esfuerzo.

Agarrar la golilla no es más que beneficiarse lo más posible con el mínimo trabajo o la mínima inversión o la mínima creación o el mínimo afán de producir y transformar.

No te creas, esa cultura no pertenece sólo a personas comunes, también forma parte de las premisas de buena parte del empresariado criollo, tanto cuando las vacas están flacas como cuando las vacas engordan.

Y así estamos.

Los flojos

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En Venezuela la flojera es muy mal vista. Decirle vago a alguien es un insulto casi equivalente a mentarle la madre. Solemos decir que estamos mal gracias a los corruptos que hacen su trabajo muy bien y a los flojos que no cumplen con su deber por pereza. En fin, en ese regusto que siente el venezolano por menospreciarse a sí mismo, la flojera alcanza niveles de tara social.

Pero, por otro lado, la flojera forma parte de la idiosincrasia criolla, así como la viveza. No me refiero a los abnegados trabajadores y trabajadoras que se paran a las 2 de la mañana para ir a trabajar todos los días, etcétera. No. Me refiero a esa gente que, aunque madrugue, por ejemplo, le exige al autobús que lo deje “donde pueda”, normalmente bien atravesado, para no tener que caminar desde la parada oficial hasta la entrada del edificio donde le toca ir. El flojo estructural se niega a caminar algunos metros demás SIEMPRE.

Gracias a ellos tenemos una rancia cultura de buses, busetas, carros por puestos y camioneticas que se paran en cualquier lugar, menos en su parada asignada, para dejar o recoger pasajeros. Una autobusete parado en el canal del medio de cualquier avenida de Caracas mientras varias personas se bajan o se suben, esquivando a los demás carros y motocicletas, es una estampa típica que ilustra este fenómeno a diario. Son quizá, el tercer mayor causante de los embotellamientos citadinos.

Los que botan basura en la calle son flojos estructurales. Prefieren aflojar la lata de refresco vacía en cualquier parte, que sostenerla hasta conseguir alguna papelera (que tampoco es que abundan las papeleras acá, pero ese es otro problema) y así no ensuciar la calle por la que transitan ellos, sus vecinos, su familia y todo el mundo.

El flojo estructural literalmente “se cae a golpes” para conseguir un asiento libre en el Metro de Caracas. Forcejea, insulta, mira feo, de todo, para poder sentarse unos minutos. Como si estar de pie por algunos minutos fuera algo humillante o dañino. En esto participan mujeres, hombres, jóvenes, viejos, estudiantes, trabajadores, todo el mundo.

Cerca de donde trabajo, en Bello Monte, por seguridad, cerraron un acceso a media cuadra, con unas barras a la altura de la cintura, para evitar que la gente pase por allí, ya que es un sitio donde se escondían ladrones o indigentes a robar o a dormir. Frente a esas barras hay unas púas a nivel de piso, colocadas en el borde de un pequeño jardín, con el mismo fin.

Ese cambio obliga a la gente a caminar hasta la esquina, en lugar de cortar camino por el acceso. Pero la realidad es que la mayoría de las personas prefiere SALTAR las barras, con riesgo de resbalarse y caer sobre las púas, a tener que caminar menos de 20 metros hasta la esquina y rodearla. Eso, igualmente, lo hacen señores, señoras, jóvenes, muchachas, estudiantes, empleados, con vestidos, con traje y corbata, etcétera.

El flojo estructural existe a todo nivel en nuestra sociedad. Por eso prefiere el resumen, los tips, las “10 cosas que debes saber…”, lo que le diga ya masticado el periodista de moda o el político de moda o el humorista de moda o el intelectual de moda, a tener que esforzarse en leer con atención y profundidad, a analizar los detalles, el entorno, los antecedentes, las causas y las consecuencias. El flojo estructural AMA el inmediatismo y hace del facilismo su religión.

Llegado a este punto, pudiera haber escrito más cosas sobre el tema pero, la verdad, me dio flojera.

Foto de MejorVendedor

Egoísmo país

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Carro bloqueando la acera en la Av. Beethoven. Colinas de Bello Monte, Caracas. 10 de febrero de 2016

Hemos dicho que el VPI es fundamentalmente alguien egoísta. El mundo debe girar a su alrededor sin molestarlo.

El VPI cuando logra “resolverse”, como decimos en Venezuela, se olvida de ayudar a los demás o de facilitarles las cosas a otras personas.

A continuación varios ejemplos:

  • Cuando el VPI entra al Metro, normalmente se atraviesa, en la puerta o en el acceso a algún pasillo. Como ya resolvió su entrada al tren, deja de importarle si los demás entran o no.
  • El VPI sale de su edificio, donde una de las puertas principales no cierra bien, y sigue su camino sin revisar si la puerta cerró o no. Ya resolvió su salida así que poco le importa lo que deje atrás, aunque eso incluya la seguridad de su propio apartamento junto con los de los vecinos.
  • Deja su carro estacionado obstaculizando toda la acera (como el de la foto) y se va. Ya resolvió su aparcamiento, poco le importa si con eso obliga a los peatones a correr el riesgo de ser arrollados para poder rodear su carro.
  • El bachaquero es un VPI consumado. Una vez que resuelve su negocio, arrasando un anaquel, poco le importa dejar a los demás sin comida, medicinas o los productos básicos que pueda conseguir.
  • El político (la mayoría VPI), una vez que resuelve su carrera al llegar a cargos públicos, se dedica fundamentalmente a sí mismo. A sus negocios, a su enriquecimiento, al mercadeo de su figura. De lado, con poca prioridad, queda la función de resolver problemas para los demás, para la comunidad.
  • El que bota basura en la calle resuelve rápidamente su incomodidad de tenerla en la mano, cosa que le fastidia. Poco le importa que la calle se ensucie para el resto de los transeúntes.

Esta es una línea de pensamiento y de conducta muy arraigada entre una muy alta proporción de venezolanos. Esa la causa indudable de buena parte de los problemas del país.

Hasta me atrevería a decir que de todos.

El abanico, la cruz y la pregunta estúpida

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Escuché esta semana, en un programa de radio, que estaban hablando sobre la ampliación recién inaugurada de la autopista Valle-Coche en Caracas. La locutora (Marián) decía que, aunque normalmente no pasa por allí, ella no podía “decir si esa ampliación ha ayudado o no a reducir las colas” ya que por esas vías siguen presentándose muchos embotellamientos, según ella “tiene entendido”.

Este es un buen ejemplo del razonamiento VPI, ese que con poca o ninguna información concluye cosas negativas y generalmente estúpidas sobre algo o alguien. Me explico.

Si Marián no pasa “normalmente” por allí, lo lógico es hablar con quienes SI pasan con regularidad para saber si la obra ayuda o no ayuda al tránsito. ¿Te ayudo un poquito Marián? Todas las personas con quienes he hablado y circulan por allí afirman que, sin duda, ayuda bastante.

Por otro lado, ¿Qué significa “ayudar” o “solucionar” el tema del tránsito? Sólo un VPI puede pensar que, con relación al tránsito vehicular, cualquier obra o ampliación en las vías va a desaparecer POR COMPLETO a los embotellamientos. El volumen de carros de esta ciudad sigue siendo gigantesco para el tipo y cantidad de calles y avenidas disponibles. Las colas NUNCA van a desaparecer, Marián. Lo que logra una solución vial es REDUCIR o paliar los congestionamientos.

Por ejemplo, luego de inaugurado el nuevo distribuidor de Los Ruices, el tránsito desde El Llanito, vía Avenida Río de Janeiro hasta El Cafetal, es un paseo en las mañanas, y ese paseo incluye: la colita para salir de El Llanito, la cola del semáforo de Caurimare, la cola para incorporarse al boulevard de El Cafetal, dos o tres colas por los otros semáforos…las colas siempre están, pero ahora reducidas. ¿Ves? A eso llamamos “un paseo”.

El otro locutor del programa radial se hacía la misma pregunta VPI: “¿Por qué esas soluciones viales no QUITAN las colas?” La diferencia es que él al menos dijo algo un poco más razonable: “definitivamente el problema de las colas no es por la vialidad, es por nosotros mismos, los conductores”. Aplausos de pie.

Las causas de nuestros embotellamientos citadinos son los conductores VPI (que son mayoría), a través de dos fenómenos conductuales muy bien definidos: el abanico estúpido y la cruz estúpida.

He puesto los enlaces para los artículos donde describí esos fenómenos, para entender por qué, ni la ampliación más kilométrica de una vía, reduce los atascos de tránsito en una ciudad repleta de VPI.

Foto de Notitotal