De emergencias médicas: encuentros cercanos de 1er tipo con VPI – 1/2

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Me dio una fiebre intensa por más de dos días, inapetencia y diarrea así que me dirigí con mi esposa a la emergencia de la Clínica Vista California en Los Ruices Sur (Caracas). Allí el joven encargado de recibir a las personas nos vio llegar pero no levantó la vista de sus papeles.

 Luego de unos dos minutos mi esposa volvió a decir “buenas tardes” y el muchacho respondió “si, dígame señora, que necesita, no importa que no la mire es que estoy muy ocupado…” a lo que mi esposa respondió “lo que pasa es que las reglas del buen oyente dicen otra cosa…”. El muchacho sin darse por aludido respondió “dígame, dígame” y siguió con sus ojos en los papeles.

Allí pasamos dos horas durante las cuales el joven habló con todos sus compañeros, hizo chistes, de vez en cuando intentaba llamar al seguro y luego de un rato llegó la hora del cambio de guardia así que se fue y llegó otro muchacho diferente. Luego de media hora más (no habían más pacientes en emergencia) le preguntamos a este nuevo joven en cuanto tiempo nos iban a atender y su respuesta fue con tono tajante “TIENEN que esperarse porque estamos en cambio de guardia”. Dos VPI, definitivamente, de la peor calaña los que nos tocaron. Pedimos la planilla, la rompimos, pedimos que nos devolvieran nuestra cédula y nos fuimos de allí a la Policlínica Metropolitana a probar suerte.

En cualquier situación encontrarse a un VPI o depender de uno es algo incómodo y frustrante, pero cuando es un tema de salud la cosa puede tomar visos angustiantes ya que un VPI que sabe que tiene el poder de fregarte, de complicarte la vida por gusto, hará lo imposible por ejercer ese poder y satisfacer su patología aberrante de querer demostrar lo arrecho que es.

En la Policlínica Metropolitana sucedieron nuevos encuentros de 1er tipo con VPI pero les echo el cuento en el próximo post.

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VPI y los fuegos artificiales (explosivos):

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En medio de las fiestas navideñas los VPI encuentran un espacio ideal para exponer sus conductas patológicas gracias a una actividad que les permite al mismo tiempo: molestar a un montón de personas a la vez, hacerlo en forma anónima y dejar libre sus instintos antisociales. Se trata del lanzamiento de cohetes, fosforitos, petardos, triquitraques o como quiera que ahora se llaman los fuegos artificiales explosivos más poderosos.

Ojo, no me refiero al lanzamiento de cohetes en el momento preciso de la celebración, es decir el 24 de diciembre o el 31 de diciembre a la medianoche y por espacio quizá hasta de una hora de duración, sino a aquellos lanzamientos indiscriminados de explosivos que comienzan a hacer estos VPI desadaptados un buen rato después de que ha bajado la alharaca de la celebración y todo el mundo se comienza a acostar a dormir o a hablar tranquilamente a bajo volumen.

Usted ha dormido a su bebé, se está tomando una última copa de vino o disfruta de la tranquilidad de la madrugada navideña o de año nuevo cuando de pronto revienta un cohete lanzado por alguno de estos (no dudo de usar el adjetivo) mal nacido, a las 3 am, a las 4 am, a las 6 am, a las 10 am… En el momento menos esperado explota el fosforito como si fuera un cañonazo cuando más nadie está lanzando cohetes y por supuesto el sobresalto es tremendo.

Esta es la actitud de antisociales indudablemente y roza intermitentemente entre el vandalismo y el terrorismo. El VPI en medio de su patología conductual disfruta de sobresaltar a todo el mundo demostrando su “poder” de fuego y ruido queriendo mantener a todo el mundo despierto porque “si él está despierto todo el mundo también tiene que estarlo”.

Es una patología seria que luego se traduce en la agresividad en los carros y lugares públicos que muchas veces hemos reseñado aquí con el agravante de que está protegido por el anonimato.

Ojalá este nuevo año 2009, en el cual les deseo muchas cosas excelentes a mis amigos lectores, escritores y comentaristas, comience el proceso de sanación de los enfermos VPI que tanto contaminan nuestra sociedad.

 

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