Iniciando el día con VPI

8:45 am – en la estación del Metro anterior a esa donde yo me bajo, se monta un muchacho, lleva una lata de refresco en la mano con su pitillo y bebe su refresco con total desparpajo importándole tres pitos las normas de limpieza del subterráneo. Al VPI no le interesan las normas de limpieza (ni las de convivencia)

8:49 am – en mi parada intento salir del vagón del Metro y frente a la puerta se atraviesan varias chicas, una incluso lleva un bebé en brazos (la más inconsciente), no hay mucha gente y el tren va casi vacío, sin embargo las chicas se atraviesan igual y debo abrirme paso a codazos entre ellas (cuidando de no aporrear el bebé). La caballerosidad en ocasiones pasa por duras pruebas ante las VPI.

8:49 am – al llegar al pie de la escalera fija una muchacha viene bajando apurada por su izquierda. Cuando nos topamos frente a frente se detiene, bufando, a esperar que me aparte aunque yo si vaya por mi derecha. Le digo: “camina por tu derecha mijita” y la rodeo. No escucho si responde algo, pues el VPI es un enfermo de soberbia que siempre quiere tener la última palabra en sus desencuentros, por lo general acompañada de groserías.

8:51 am – caminando por la acera veo más adelante una señora y un señor conversando y caminando lentamente, no se fijan (para los VPI el resto del mundo no existe) que si siguen andando van a cortarme el paso. No importa. Siguen y me cortan el paso. Tengo que ser yo quien me desvíe aunque no me falten ganas de brindarles un empellón elocuente. Apenas les echo una mirada molesta que por supuesto, sólo interpretarán como que “la gente anda agresiva en la calle”. Conclusión por lo general estúpida cuando proviene de un VPI.

8:53 am – al comenzar a subir las escalera hacia mi edificio donde trabajo, un tipo joven se mete delante pero al llegar al quinto escalón alguien lo llama desde un carro y entonces él se detiene a hablar desde arriba con el tipo del carro obstaculizando el paso. Apenas se aparta un poco para dejarlo pasar a uno incómodamente. La incomodidad de los demás no es asunto del VPI.

8:59 am – en las escaleras internas del edificio donde trabajo, en donde está completamente prohibido fumar, un joven vestido de flux mantiene abierta la puerta hacia la escalera de emergencias y fuma de cara hacia afuera. No le importa si lo ven, ni si llena de humo pestífero el hueco de las escaleras interiores, no le importan las normas de salud y seguridad. Sabe, como todo VPI, que no todo el tiempo pueden estar los vigilantes en todas partes. A lo mejor incluso si lo ven, el VPI sabe que cuando mucho le pedirán un cigarrillo o le saludarán. La impunidad atenta contra toda norma, incluso la más pequeña.

Resultado: un amargado a las 9 en punto de la mañana.

¿Y me dicen que la culpa es de quien…?

 (Anécdota real sucedida el jueves 17/02/11)

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Mosquitas muertas

En nuestro país se les dice “mosquita muerta” a esas personas que tras una apariencia de desvalidas ocultan una intencionalidad clara de aprovecharse de la bondad de otras personas para obtener beneficios adicionales los cuales, en realidad, no necesitan. Una variante son los que “tiran la piedra y esconden la mano”, esas personas que tras una inocencia disimulada son las responsables de chismes, comentarios malsanos e incluso maldades.

Estos son ejemplos del VPI antisocial quien, en lugar de utilizar la técnica agresiva y gritona del Mago de Oz, prefiere aplicar el método del Gatico de Shrek, agrandando sus ojos tristones para lograr la lástima mientras a escondidas preparan sus pezuñas para el zarpazo certero.

En mi oficina, un lugar infestado de VPI pese a que somos menos de 10 personas, una de las que trabaja allí, a la que llamo la “bruja simpática”, aplica expertamente estas dos formas de manipulación. Su frase preferida es “pobrecita yo” o “eso es muy caro y yo no tengo”. Claro, en ese caso se descubre la artimaña pues la susodicha gasta millones en una fiesta infantil, tiene un celular último modelo y un nuevo carro pero pone cara de desgraciada cuando debe gastar un tercio de lo que gastó en todo lo demás para comprarle una medicina a su hijo.

Bajo su disfraz de dicharachera sabe perfectamente cuando colocar voz de víctima, como de niñita regañada, para pedir y pedir y pedir, comida, dinero, que le brinden, un regalo, dulces, un almuerzo, en fin, lo que sea.

Sus actuaciones más logradas ocurren al embarazarse. En estos días tiene algunos meses de embarazo de su segundo hijo y eso, obviamente, lo aprovecha para convertirse aún más en objeto de lástima, casi a nivel de inválida, ante sus víctimas.

Aunque el mundo entero sabe que la mujer embarazada, salvo que tenga condiciones de riesgo que no es el caso, puede seguir haciendo exactamente lo mismo de siempre casi que hasta el último mes de su gestación: caminar, bailar, comer, tomar, hacer el amor, subir escaleras, manejar y trabajar, sin embargo, esta logradísima VPI se excusa tras su barriga para no levantarse de su silla y caminar un metro y medio para abrir la puerta de la oficina, es más, ¡se escuda en su embarazo hasta para no atender el teléfono!. Por supuesto que no por ello deja de hablar horas y horas por ese mismo teléfono con amigos y familiares, armar un chisme tras otro y hablar mal de cualquiera de los que trabajamos en la oficina. Para eso su preñez no es obstáculo.

Estos y estas VPI “mosquitas muertas” abundan, claro que el caso que describo es particularmente pernicioso sobre todo para los pendejos que se dejan engañar fácilmente por esas actuaciones, merecedoras de Oscar que practican constantemente estos especímenes.

A cuidarse de estos VPI disimulados, suelen no querer a nadie sino a sí mismos y lanzar muchas piedras sabiendo esconder como profesionales la mano antes de que nadie se dé cuenta.

Imagen de David Bautista