Tormenta de ideas

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Hablando se entiende la gente, conversando brotan las ideas.

Aunque la cultura tramposa, inmediatista y golillera del VPI tiende a minar cualquier solución a mediano y largo plazo para la sociedad, nunca está demás analizar propuestas para tratar de sanar el país.

Esta semana, en una conversa de hora de almuerzo en la oficina, surgieron un par de opciones interesantes que, al menos, pueden servir como buena base para discusiones y propuestas más concretas.

1) ¿Cómo resolver la total impunidad con la cual en Venezuela se cometen tantas infracciones de tránsito a diario?

¿Qué tal si, así como a uno le exigen el RIF, la declaración del impuesto sobre la renta, certificación bancaria, cédula de identidad, etcétera, también nos pidieran el comprobante de que no tenemos multas pendientes por pagar?

Si a la hora de ser multados por un fiscal de tránsito, este funcionario alimentara de inmediato una base de datos interconectada en donde se generara el compromiso de pago de esa multa (así como pasa con el ISLR), tendríamos que asegurarnos de pagar dicha multa para poder luego sacar de ese sistema el comprobante de pago que nos permita hacer gestiones en bancos, seguros, hospitales y cualquier institución del Estado o privada.

Esta solución implica hacer varias cosas y cambiar culturas, pero sin duda sería un incentivo muy importante para dejar de comerse el semáforo cada vez a que a uno le da la gana.

2) El taxímetro no funcionó en Venezuela porque lo trampeaban, de tal forma que hoy cada taxista cobra lo que se le antoja para ir de un punto al otro en cualquier ciudad.

¿Qué pasaría si las tarifas se fijaran vía GPS por la distancia lineal entre puntos?

Esto requiere de consenso y acuerdos, pero sin duda acabaría con la práctica usurera de muchos taxistas que cobran casi el doble por la misma distancia que otros, sobre todo si ven que la persona está apurada, si está lloviendo o si el Metro (en el caso de Caracas) presenta algún retraso importante.

Una de las cosas que más desata la inflación y las prácticas especulativas, es la arbitrariedad de criterios, esa que hace que un taxi en la acera sur de Chacao te cobre Bs. 1.500 hasta La California a las 10 pm y otro taxi a la misma hora y en la misma zona pero en la acera norte te cobre Bs. 1.000.

Pensemos a ver.

Los flojos

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En Venezuela la flojera es muy mal vista. Decirle vago a alguien es un insulto casi equivalente a mentarle la madre. Solemos decir que estamos mal gracias a los corruptos que hacen su trabajo muy bien y a los flojos que no cumplen con su deber por pereza. En fin, en ese regusto que siente el venezolano por menospreciarse a sí mismo, la flojera alcanza niveles de tara social.

Pero, por otro lado, la flojera forma parte de la idiosincrasia criolla, así como la viveza. No me refiero a los abnegados trabajadores y trabajadoras que se paran a las 2 de la mañana para ir a trabajar todos los días, etcétera. No. Me refiero a esa gente que, aunque madrugue, por ejemplo, le exige al autobús que lo deje “donde pueda”, normalmente bien atravesado, para no tener que caminar desde la parada oficial hasta la entrada del edificio donde le toca ir. El flojo estructural se niega a caminar algunos metros demás SIEMPRE.

Gracias a ellos tenemos una rancia cultura de buses, busetas, carros por puestos y camioneticas que se paran en cualquier lugar, menos en su parada asignada, para dejar o recoger pasajeros. Una autobusete parado en el canal del medio de cualquier avenida de Caracas mientras varias personas se bajan o se suben, esquivando a los demás carros y motocicletas, es una estampa típica que ilustra este fenómeno a diario. Son quizá, el tercer mayor causante de los embotellamientos citadinos.

Los que botan basura en la calle son flojos estructurales. Prefieren aflojar la lata de refresco vacía en cualquier parte, que sostenerla hasta conseguir alguna papelera (que tampoco es que abundan las papeleras acá, pero ese es otro problema) y así no ensuciar la calle por la que transitan ellos, sus vecinos, su familia y todo el mundo.

El flojo estructural literalmente “se cae a golpes” para conseguir un asiento libre en el Metro de Caracas. Forcejea, insulta, mira feo, de todo, para poder sentarse unos minutos. Como si estar de pie por algunos minutos fuera algo humillante o dañino. En esto participan mujeres, hombres, jóvenes, viejos, estudiantes, trabajadores, todo el mundo.

Cerca de donde trabajo, en Bello Monte, por seguridad, cerraron un acceso a media cuadra, con unas barras a la altura de la cintura, para evitar que la gente pase por allí, ya que es un sitio donde se escondían ladrones o indigentes a robar o a dormir. Frente a esas barras hay unas púas a nivel de piso, colocadas en el borde de un pequeño jardín, con el mismo fin.

Ese cambio obliga a la gente a caminar hasta la esquina, en lugar de cortar camino por el acceso. Pero la realidad es que la mayoría de las personas prefiere SALTAR las barras, con riesgo de resbalarse y caer sobre las púas, a tener que caminar menos de 20 metros hasta la esquina y rodearla. Eso, igualmente, lo hacen señores, señoras, jóvenes, muchachas, estudiantes, empleados, con vestidos, con traje y corbata, etcétera.

El flojo estructural existe a todo nivel en nuestra sociedad. Por eso prefiere el resumen, los tips, las “10 cosas que debes saber…”, lo que le diga ya masticado el periodista de moda o el político de moda o el humorista de moda o el intelectual de moda, a tener que esforzarse en leer con atención y profundidad, a analizar los detalles, el entorno, los antecedentes, las causas y las consecuencias. El flojo estructural AMA el inmediatismo y hace del facilismo su religión.

Llegado a este punto, pudiera haber escrito más cosas sobre el tema pero, la verdad, me dio flojera.

Foto de MejorVendedor

Egoísmo país

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Carro bloqueando la acera en la Av. Beethoven. Colinas de Bello Monte, Caracas. 10 de febrero de 2016

Hemos dicho que el VPI es fundamentalmente alguien egoísta. El mundo debe girar a su alrededor sin molestarlo.

El VPI cuando logra “resolverse”, como decimos en Venezuela, se olvida de ayudar a los demás o de facilitarles las cosas a otras personas.

A continuación varios ejemplos:

  • Cuando el VPI entra al Metro, normalmente se atraviesa, en la puerta o en el acceso a algún pasillo. Como ya resolvió su entrada al tren, deja de importarle si los demás entran o no.
  • El VPI sale de su edificio, donde una de las puertas principales no cierra bien, y sigue su camino sin revisar si la puerta cerró o no. Ya resolvió su salida así que poco le importa lo que deje atrás, aunque eso incluya la seguridad de su propio apartamento junto con los de los vecinos.
  • Deja su carro estacionado obstaculizando toda la acera (como el de la foto) y se va. Ya resolvió su aparcamiento, poco le importa si con eso obliga a los peatones a correr el riesgo de ser arrollados para poder rodear su carro.
  • El bachaquero es un VPI consumado. Una vez que resuelve su negocio, arrasando un anaquel, poco le importa dejar a los demás sin comida, medicinas o los productos básicos que pueda conseguir.
  • El político (la mayoría VPI), una vez que resuelve su carrera al llegar a cargos públicos, se dedica fundamentalmente a sí mismo. A sus negocios, a su enriquecimiento, al mercadeo de su figura. De lado, con poca prioridad, queda la función de resolver problemas para los demás, para la comunidad.
  • El que bota basura en la calle resuelve rápidamente su incomodidad de tenerla en la mano, cosa que le fastidia. Poco le importa que la calle se ensucie para el resto de los transeúntes.

Esta es una línea de pensamiento y de conducta muy arraigada entre una muy alta proporción de venezolanos. Esa la causa indudable de buena parte de los problemas del país.

Hasta me atrevería a decir que de todos.