El VPI: la charla, la acción y el arma

El VPI considera que es “más arrecho” o “más arrecha” que los demás y siente la patológica necesidad de demostrarlo constantemente. Para ello utiliza tres herramientas principalmente: la charla, la acción y el arma.

La charla:

El VPI se adorna, se echa flores sobre su supremacía de pensamiento y sobre su bravura. Dice cosas como: “yo no me quedé con esa y le dije sus cuatro vainas” o “no pana, yo no me le quedo callado a nadie”, “a mi nadie me jode” o “yo soy así y punto, a quien no le guste pues lo lamento” o “¿Tu y cuantos más me van a obligar a eso?“. En su conversación cotidiana siempre es quien gana, quien compra o puede comprar mas, quien oye la mejor música, quien tiene el mejor carro, la mejor ropa, la mejor pareja (o la peor, el asunto es ganar la contienda charlística), etcétera. Es el dueño (o la dueña) de la verdad absoluta y lo que no orbite en su universo de preferencias pues está mal y merece el desprecio o la burla o la agresión, abiertos o velados. Normalmente hablan en voz alta y muchos hasta lo hacen con tono constantemente pendenciero o burlista.

La acción:

De las acciones es de lo que más se ha comentado en este blog. Todas esas pequeñas y grandes infracciones, acciones de viveza, desobediencias de las normas, irrespeto a los demás, carros manejados como locos, basura botada donde sea, música a toda mecha a cualquier hora, orinar en lugares públicos, el vandalismo, el ataque público verbal o escrito, dejar luces y TV prendidas sin necesidad por “rebeldía”, fumar en lugares indebidos, cruzar fuera del rayado, el abuso del hombrillo y todo el largo etcétera de malos ejemplos que estos VPI dan con sus acciones para reforzar su condición de ser más arrechos o más arrechas que los demás.

El arma:

La violencia intrínseca del pensamiento del VPI encuentra en el arma su herramienta de posicionamiento del discurso. El arma es el carro, lanzado contra peatones o contra otros carros para no dejarlos pasar. También lo es la moto, por supuesto, a lo que se agrega la actitud de “manada” cuando un motorizado quiere pelear con el chofer de algún carro. La manada, en este caso, es el arma. Tener cierto nivel de poder también es un arma cuando está en manos de VPI’s: le da la posibilidad de agredir a quien está por debajo en cuanto a autoridad. El tamaño del VPI o su actitud camorrera también son armas de amedrentamiento.

Pero por supuesto no hay arma más peligrosa en manos de esta gente que el arma de fuego. Con ella montones de VPI han herido o asesinado a miles de venezolanos y lo siguen haciendo. El poder de la bala es lo más embriagante que puede tener un VPI para no dejar ninguna duda de que es un arrecho. Una simple pistola transforma al alfeñique en un depredador sin piedad, transforma al degenerado detrás del volante en un asesino gatillo alegre que es capaz de disparar a lo loco contra cualquier carro sólo porque le reclame por no dejarlo cambiar de canal. Un revolver transforma una discusión de borrachos de una fiesta en una matanza. Las armas de fuego transforman a los VPI en animales irrecuperables.

Por eso, cada arma permitida en nuestra sociedad es una potencial tragedia, cada pistola que se permite ser llevada en nuestras calles y locales es una invitación a la masacre, cada revolver que se deja libre en manos de los VPI es un llamado a la imposición del reino violento de los VPI por su patológica condición de tener que demostrar su superioridad.

Es un alerta público. Nuestra sociedad no podrá avanzar mientras existan armas en todos sus espacios, mientras cualquiera pueda tener una pistola y accionarla sin temer ni siquiera una multa por ello, mientras nuestra cultura aplauda el uso de la bala y de las expresiones de bravuconería como ley aceptable de la jungla, gracias al modelaje mercadotécnico masajeado año tras año por novelas, películas y comerciales y reforzado por una actitud malandra ante cualquier pequeño  desencuentro por parte de la mayoría de nuestras figuras públicas.

Podemos lidiar con la charla del VPI y reeducarlo gradualmente, podemos castigar con multas y buenos controles las acciones infractoras, hay leyes para ello, sólo falta la voluntad, pero ante el arma no hay argumento que valga. Una vez accionado el gatillo sólo resta por un lado muerte y sangre y por el otro un VPI, dos VPI, 100 VPI, miles, con el orgullo hinchado.

¡Desarme ya! Es urgente

Imagen de SEDEM

VPI y sus propias reglas

Las brujas de la oficina en donde trabajo diariamente se inventan sus propias reglas y normas. Claro que sólo lo hacen para fastidiarle la paciencia a los demás al mismo tiempo que se sacan la mayor cantidad de trabajo de encima.

De esta manera crean a su arbitrio “días y horarios de caja” (como si se tratara de un ministerio con miles de proveedores), deciden no atender las extensiones telefónicas de los puestos ni seguir anotando los correlativos de las comunicaciones de uno de los gerentes, etcétera. Ellas, en su afán VPI de demostrar que tienen mas poder del que les corresponde como simples empleadas que son, se inventan pequeños espacios de poder.

Recordé esto porque hace poco leí en un buzón de quejas de usuarios del Metro de Caracas que hay en twitter, que alguien comentaba que las escaleras mecánicas no eran para quedarse parados en ellas dejando que lo suba a uno sino que “hay que caminar sobre ellas también para agilizar el paso”. Es decir, este usuario se inventó una regla propia según la cual usted DEBE CAMINAR y apurarse incluso en estas escaleras para que VPI’s como él puedan subir más rápido por ellas. Claro, como son estrechas, los VPI no pueden crear el canal “del medio” como estúpidamente acostumbran en las escaleras fijas. Por eso habría que crear esta “ordenanza propia

En un avión hace unos meses también se montó un VPI quien decretó que en el compartimiento encima de su asiento (al cual llegó tardísimo, por supuesto) no debía poner más nadie maletas sino solamente él, es decir, la persona de ese puesto. Lamentablemente el señor que puso su bolso allí se dejó malandrear por este VPI creativo y movió sus cosas más atrás aun habiendo llegado mucho más temprano que el anterior.

Ellos se crean sus leyes sagradas y pretenden que sean obedecidas estrictamente (aunque ellos se hagan los locos para cumplir las leyes normales). Así encuentra usted normas insólitas en oficinas públicas y privadas, en bancos, en estacionamientos, en centros comerciales, en talleres mecánicos y, por supuesto, en consultorios médicos.

Son los VPI legisladores frustrados.

Las quejas relativas

Esta semana fui al Banco tres veces para sellar un estado de cuenta, lo cual resulta ser una de las diligencias bancarias más rápidas que se pueden realizar en una oficina.

El martes entré, tomé el número de la cola virtual y me indicaba que tenía 7 personas por delante, sin embargo, tras esperar solamente 25 minutos, fui atendido y salí.

El miércoles fui a sellar otro estado de cuenta que había olvidado, tomé un número y comencé a esperar.  Dos señores que estaban allí antes que yo y sentados comenzaron a quejarse en voz alta. Yo los escuchaba de pie un poco retirado desde donde podía ver tanto a los ejecutivos de un lado como a los cajeros del otro. Eran las 2 pm.

Los señores reclamaban que tenían una hora allí y no los habían atendido los, o mejor dicho, las ejecutivas, para su gestión CADIVI. Las frases eran las usuales: “cómo es posible”, “este es un abuso”, “de tres que atienden sólo hay una” (las otras estaban llegando de almorzar), “el tiempo de uno también es valioso”, “este banco es un porquería”, etcétera. Tenían sus razones de quejarse.

Lo peculiar sucedió cuando un señor, fuera de la visual de los reclamantes, entró por la puerta del banco, tomó su numerito y apenas se iba a sentar lo llamaron. Su cara fue de sorpresa, se dirigió hasta la caja, le sonrió a la cajera y conversó con ella cordialmente, hizo su diligencia y se fue satisfecho.

Al mismo tiempo que para los otros dos señores el banco no servía, para este señor el banco trabajó de maravilla.

Se repitió lo mismo con otros señores y señoras que llegaron a hacer sus transacciones en las cajas. Se iban sonreídos. A los 45 minutos todavía no habían llamado siquiera a los que estaban delante de mí y apenas se había sentado en el escritorio de una de las ejecutivas uno de los reclamantes mientras el otro se enfurruñaba aún más en su silla. Yo como no estaba apurado decidí irme y volver otro día.

Hoy regresé  al banco. Tomé el número y exactamente 40 segundos más tarde me llamaron, me atendieron y me fui.

Hay situaciones que son sumamente relativas en nuestra brega diaria con instituciones y servicios. En el Metro de Caracas por ejemplo, hoy por twitter se leía al mismo tiempo usuarios quejándose de un nuevo atraso en el sistema aquí o allá mientras que otros escribían felices haber llegado en pocos minutos a estaciones lejanas.

Claro que, hay que tener un poco de suerte y de malicia para saltarse malos servicios como los de casi todos los bancos o el que está prestando generalmente el Metro de Caracas y procurar la mejor suerte al usarlos… a menos que no quede de otra que utilizarlos en el peor momento.

Pero hay excepciones que confirman la regla.

De la oficina del Banco del Caribe de Parque Cristal en donde hay que estimar siempre tardarse mínimo dos horas aunque uno vaya solamente a picarle el ojo a la cajera hablaré en otro artículo.

Cadenas contra los VPI

Esta semana protestaron encadenándose algunos jóvenes estudiantes delante de algunas sedes del Consejo Nacional Electoral (CNE) para exigir mayor información y cantidad de centros de registro y actualización electoral de cara a las elecciones presidenciales a celebrarse el próximo 7 de octubre de 2012 debido a que, según ellos, eso es necesario para que se inscriban los jóvenes que todavía no lo han hecho a estas alturas del año.

Más allá de la validez o no de la protesta, lo que pensé de inmediato fue en lo bonito y efectivo que sería que estos mismos muchachos y muchachas se encadenaran para pedirle a los peatones que crucen por el rayado o para pedirle a los conductores de los carros y motocicletas del país que no se sigan comiendo las flechas y las luces, que respeten, que sean considerados, solidarios, respetuosos y conscientes.

Encadenarse es una protesta vistosa, ¿Por qué no usarla para exigir a los venezolanos que no boten basura en la calle? Mejor visto, en mi opinión, hubiera sido encadenarse para protestar en contra del maltrato y la discriminación contra la mujer o para exigir campañas diarias en contra del embarazo precoz por ejemplo.

Se encadenaron por una motivación política cuando resulta que la simple voluntad de cualquier elector joven que todavía no se haya inscrito es suficiente para decidir o no si participa en este proceso electoral. Basta con que tome la decisión de inscribirse y lo hará. Quien no lo ha hecho aún es porque no ha querido.

Sería preferible encadenarse para exigirle al gobierno que promueva agresivas y constantes campañas de concientización del ciudadano, de respeto a las leyes y ordenanzas, de solidaridad y sensibilidad para con los demás, de cuidar y mantener los espacios de todos, de respetarnos unos a otros como único camino posible para convertirnos en una sociedad mejor, en un conjunto humano floreciente, en un país poderoso.

No. No son los políticos con sus trampas interesadas y toneladas de promesas los que logran eso, lo logran los ciudadanos con su conciencia y su cultura cuando así lo deciden.

¿Tomamos esa decisión?