Leyes y VPI

En estos días estuvo muy de moda el llamado a votar en las elecciones parlamentarias en Venezuela, al parecer mucha gente redescubrió o se encontró por primera vez con el hecho cierto de que existe un derecho y un deber cívico llamado “voto”, en un sistema democrático como el venezolano.

Los llamados en todos los medios disponibles fueron constantes y contaron con diversas “explicaciones” de por qué se debía votar, desde las más razonables y lógicas hasta las más insólitas.

Sin entrar en detalle de criticar unas u otras me llamaba la atención el planteamiento de que había que votar el  26S (siglas referentes a la fecha de las elecciones 26 de septiembre) para que Venezuela “cambiara”, para tener un país mejor, una sociedad más justa, más libre, etcétera.

Tomando eso como base me di a la tarea de plantear en público la posibilidad entonces de que a partir del 26S nuestro comportamiento general ciudadano fuera mucho mejor (además de la Asamblea Nacional según muchos), de tomar conciencia y asumir a partir del 26S, fecha considerada como clímax de lucha ciudadana, se dejaría de botar basura en la calle, se dejaría de utilizar el hombrillo excepto para emergencias, se daría prioridad de paso al peatón, se respetarían los semáforos y las flechas. Tenía la esperanza de que mucha gente (casi todos) decidiera a partir del sufragio, también sufragar por una propia conducta personal mucho más elevada, respetuosa de leyes, reglamentos, ordenanzas, horarios, espacios públicos, aire puro, niveles de ruido, convivencia, aceras limpias de heces de perros y así, todos esas tareas pendientes que tiene cada ciudadano de esta ciudad y de este país.

No recibí una sola respuesta, ni siquiera un comentario.

Obviamente esta sociedad enferma ni siquiera reconoce todavía lo enferma que está. Aplica la ley humana de culpar al otro, a los otros, de sus propios comportamientos estúpidos, antisociales e incluso sicóticos.  Mientras critica a un candidato o a un gobernante, sea de la tolda que sea, al mismo tiempo se come la luz roja, bota un papel por la ventana de su carro, hace “trampa” con las cuentas y busca la forma de trabajar menos…pero la culpa es del candidato o del gobernante, sea de la tolda que sea.

1er boletín – País mayoritariamente VPI, lamentablemente, con todas las actas escrutadas.

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Ciudad inhumana

Peaton pulse y luego rece

Intentar cruzar como peatón cualquier calle en Caracas reviste unos niveles de peligrosidad que van desde alto hasta suicida.

Siempre he creído que una sociedad en donde la preferencia de facto en la calle la tiene el carro sobre el peatón es una sociedad enferma. El mal se denomina “inhumanidad”.

En esos cruces donde al mismo tiempo tiene luz verde el peatón y los carros que doblan la esquina, se puede notar que “tirarle” el carro a los peatones “pa’ que se apuren” es algo perfectamente natural y cotidiano. Lo mismo pasa si el semáforo cambia justo cuando uno va a mitad de camino de terminar de cruzar. El ser humano es una molestia en esta urbe.

Ni qué decir de los muchos lugares por donde no puede caminar un peatón so riesgo de ser aplastado por una gandola de 8 ejes o al menos regañado a gritos por los motorizados. Para cruzar de una acera a la otra precisa desplazarse mucho o dar una gran vuelta…o lanzarse al río de carros asesinos pues. En esta ciudad el peatón está sujeto a que lo pisen y además lo regañen, una vez pisado, por atravesado, inconsciente y quedado.

Para esta ciudad y este país el derecho fundamental de libre tránsito no se refiere a transeúntes, se refiere a carros, motocicletas, autobuses, camionetas, taritas, rústicos, carcachas, gandolas, 350, 750…cualquier cosa de dos, cuatro, 8, 16, 32 ruedas y que tenga motor.

La inhumanidad forma parte de la genética de esta sociedad, de su cultura y sus valores. De esa inhumanidad cuyo síntoma visible es, por ejemplo, esa preferencia de la máquina sobre el ser vivo, provienen muchos, por no decir todos, los graves problemas y las patológicas conductas que nos rodean.

Sociedad VPI: la inconstancia

Algunos ejemplos propios:

1) Por lo menos una vez a la semana entro al edificio donde trabajo portando un gran bolso con un instrumento musical. Cuando tenía casi dos años haciendo lo mismo uno de los vigilantes me detuvo saliendo y me preguntó si yo tenía “autorización para sacar ese objeto”. No se habían dado cuenta del “objeto” en dos años o llegó un nuevo jefe a querer demostrar su pericia.

2) En el Centro de Arte La Estancia practiqué con otro instrumento musical durante año y medio. Siempre me coloqué en el mismo sitio: al lado del vivero. Donde el sonido no se proyectara tan abiertamente como para afectar a otras personas que estuvieran cerca. Al año y medio haciendo lo mismo se me acercaron dos muchachos guías del lugar y me dijeron que “estaba prohibido estar allí, al lado del vivero”. La prohibición llegó año y medio más tarde.  Seguramente un nuevo supervisor, entonces una nueva norma o sino simplemente año y medio de “desidia”

3) En el banco donde tramité mis dólares fueron inflexibles con el tiempo mínimo para darme el efectivo para viajes. Cuando tuve que ir a una agencia en el interior del país me dijeron que “tenía” que abrir una cuenta en el banco (sólo tengo allí tarjetas de crédito). Cuando demostré la imposibilidad de eso ya que me iba de viaje en cuestión de horas, gestionaron la aprobación. Fue entonces cuando me dijeron otra cosa más que nunca me habían dicho antes: que “tenía” que pagar los dólares EN EFECTIVO. No era viable para ellos cargarme a las tarjetas DEL PROPIO BANCO el pago de los dólares. Todos y cada uno obstáculos inventados de la nada para desgastar a quien pide dólares y procurar ahorrar trabajo y seguramente ganar algún dinero extra.

La inconstancia nos come como sociedad. Un día los requisitos para tramitar un documento son unos y a los dos meses cambian. Primero son dos fotocopias y luego son tres más una copia fondo negro. Luego puedes ir todos los días pero al año siguiente sólo puedes ir martes y viernes, después es por el último número de la cédula, después sólo cuando la luna está en Escorpio, etc.

La inconstancia no es sólo circunstancial: es estructural. Los programas educativos, los planes financieros, de seguridad, hasta los recreativos, privados o públicos, en su casi totalidad, no mantienen una línea conductora más o menos estable, sino que se desvían en improvisaciones a medida que pasa el tiempo. No se cumplen metas o fechas límites, se inventan cien mil excusas, se ajusta en el día a día y luego, si se elabora un plan más o menos coherente, este cae en manos de “piratas” o de flojos que tratan de enlodar su avance para “hacerle la zancadilla” a alguien o para no tener que “trabajar tanto”, pues hay que recordar que nuestros VPI tienen como punto de honor no ser considerados “pendejos” y no hay nadie más pendejo para el VPI que aquel que cumpla normas y leyes y sea constante en el cumplimiento de ellas, en el progreso y seguimiento de las planificaciones e incluso en sus creencias, su disciplina y su respeto.