¿Hemos aprendido?

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¿Los venezolanos habremos aprendido algo como sociedad durante estos 21 años de tensiones políticas y crisis económicas?

Eso me preguntaba esta semana un colega y mi respuesta fue que creo que no hemos aprendido nada.

¿Por qué?

  • Porque seguimos dando más (demasiada) importancia a la ganancia y el beneficio individual, que al bien colectivo.
  • Porque seguimos sufriendo y fomentando una impaciencia enfermiza para todo.
  • Porque seguimos considerando cosa de “pendejos” el esfuerzo, la honestidad y la rectitud y como cosa de “vivos” el atajo, la trampa y la ganancia fácil.
  • Porque seguimos pensando que prestar servicio, servir y atender público, es algo humillante y despreciable.
  • Porque seguimos comiendo mal, bebiendo en demasía y resistiéndonos a adoptar hábitos mejores para nuestra salud.
  • Porque seguimos teniendo como impulso principal la necesidad de demostrar que somos más arrechos que los demás.
  • Porque seguimos manifestando toda esa patología de nuestra conducta irrespetando semáforos, flechas y rayados peatonales. Usando el hombrillo para adelantar, tocándole corneta y haciendo cambio de luces al de enfrente para que se coma la luz, estacionando los carros atravesados en cualquier acera…
  • Porque seguimos pretendiendo que nuestra creencia (política, religiosa, cultural…) está por encima de la de los demás.
  • Porque seguimos segregando sutil o abiertamente por razones políticas.
  • Porque seguimos sin conocer a nuestro propio país más allá de lo meramente superficial o de lo comercial. Sin identificarnos con él en su esencia, sin sentirlo propio.
  • Porque seguimos dando demasiada importancia a los símbolos de estatus como señal de éxito.
  • Porque seguimos creyendo que la responsabilidad de nuestro país está en mano de mesías políticos o superhéroes y no en nuestras propias manos.
  • Porque seguimos sin querernos ni conocernos ni apreciarnos nosotros a nosotros mismos como venezolanos.
  • Porque seguimos sin aceptar que personas que son maravillosas y buenas, pueden tener opiniones y preferencias políticas, religiosas o sexuales, distintas a la nuestra, y seguir siendo buenas y maravillosas.

¿Puedes agregar algo más a esta lista?

Si no nos asumimos, no nos salvaremos

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En la Venezuela actual, donde se vive una aguda crisis económica, política y social, la mayoría de sus habitantes tiene dos opciones: o pensar mucho, o pensar muy poco.

Quienes piensan mucho, sufren, analizan con la mayor profundidad que pueden los escenarios actuales y futuros probables y se ennegrecen el ánimo, con apenas esperanzas de que se produzca alguna mejora. Se vuelven amargados y, si escriben, pueden llegar a producir blogs como este.

Quienes piensan poco y actúan más, se facilitan la vida. Ellos culpan por todo lo malo del país, o bien a algo llamado “chavismo”, suerte de compendio imaginario de maleantes, narcotraficantes, villanos ultra-crueles, multimillonarios de la maldad. En eso llamado “chavismo” meten todo el lado oscuro de la fuerza, las huestes de Sauron, los mortífagos de Voldemort y el guantelete de Thanos. O bien, por otro lado, culpan por todo lo malo del país a algo llamado “Gobierno de Estados Unidos” y a sus “cómplices internos”, es decir, políticos de la oposición y sus operadores empresariales y mediáticos, convirtiendo a esos malos en un gigantesco Goliat y a los “buenos” en un diminuto pero irreductible David revolucionario, en un Ásterix que no rompe un plato y cuyos errores no se deben a su incapacidad sino a los sabotajes de la Pax Romana, es decir, a la omnipresente injerencia norteamericana.

Eso les funciona a los “poco pensantes”, les permite andar a paso firme en su mundo donde los malos siempre están allá, en el otro vecindario, lejos de su entorno personal, y los buenos están acá, justo al lado, siendo sus compinches, vecinos, camaradas, “su gente”, buena, inmaculada, honesta, perfecta y luchadora.

Pero la realidad tarde o temprano busca la forma de recordar que ella está allí, quieras o no quieras reconocerla.

Cuando en cualquier calle de cualquier ciudad de Venezuela, los conductores, hombres mujeres, jóvenes, viejos, gente de dinero o pobres, se comen la luz o la flecha, le lanzan el carro o la motocicleta a los peatones obligándolos a correr para no ser arrollados. Cuando los peatones cruzan por cualquier parte y no por donde les corresponde, y muchos lo hacen con niños. Cuando encuentras que abunda gente que bota basura en la calle, vecinos que no cuidan las instalaciones y los espacios de su propia comunidad, impacientes que te agreden si no te apuras y siempre buscan el atajo para saltarse colas, normas, procedimientos, leyes y hasta el sentido común, todo con tal de no tener que pisar el freno del vehículo o esperar dos minutos más, personas que no reclaman, sino que insultan, y que no aceptan reclamos de ningún tipo.

Cuando encuentras todo eso, cuando lo vives, cuando lo reconoces, te das cuenta de que malos y buenos están allá y acá, en tu orilla y en la de enfrente, con tu mismo nivel socio económico y cultural o no, en tu urbanización y en la del otro lado de la ciudad, apoyando al mismo político que tu apoyas y adversándolo también.

Entre los pro-gobierno y los anti-gobierno hay: mafiosos, ladrones, narcotraficantes, pranes, irresponsables, negligentes, tramposos, maleantes, violentos o asesinos. Así como hay gente buena, obviamente.

Y entre los de a pie, los que no son funcionarios, ni activistas, ni practicantes de la política, estamos todos los demás, y en este grupo también hay malos y buenos, malhechores y honestos, responsables e irresponsables.

Mientras no asumamos eso, no nos asumamos como los causantes y eternizadores fundamentales de las malas prácticas que nos llevan a las crisis, pero también como los únicos con la capacidad y el deber de solucionarlo y remediarnos a nosotros mismos como sociedad. Mientras eso no suceda y no lo asumamos, y no nos arremanguemos la camisa para trabajar en transformarnos, no nos salvaremos.

Así de sencillo. Así de retador.

Todos por todos, no todos contra todos

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En esta etapa de mi vida me ha tocado nuevamente utilizar mucho el transporte público de Caracas, vitrina por excelencia para contemplar a los VPI y sufrir de sus arremetidas.

La anécdota más reciente en una de estas camioneticas me hizo pensar nuevamente en la patología colectiva que aqueja al venezolano desde mucho antes de los días en los que comencé a escribir este blog.

La buseta estaba llena completamente de personas tanto sentadas como paradas. Yo de pie, cerca de la puerta, pero casi aplastado por la cantidad de gente. Al llegar a destino, se comenzaron a bajar poco a poco, primero quienes estaban justo en la puerta y luego los demás. Yo empecé a acercarme lentamente a la salida y ya en ese momento una señora y un señor detrás de mi comenzaron a quejarse en voz alta de que la gente “parecía tortuga” de que “estaban dormidos” y a gritar pidiendo que “se movieran”. Todo esto casi en mi nuca. Les pregunté, ya molesto, que si estaban apurados y me respondieron “¡Claro!”

Por supuesto que estaban apurados. Estúpidamente apurados. Apurados sin ningún tipo de razón. Agrediendo a los demás por un apuro patológico que los enervó por perder 5 segundos bajándose de una camionetica. Enfermos, idiotizados, animalizados.

Así nos han puesto y nos hemos dejado poner: enfermos de apuro, de impaciencia. Alérgicos a los procesos lentos, al trabajo continuo pero firme, a tomarnos tiempo para hacer las cosas bien, a construir mensajes positivos con calma, a predicar la paciencia con el ejemplo. Hemos aprendido, demasiado bien, a despreciar la constancia, la preparación, el esfuerzo mental, las horas de estudio y práctica.

Por eso hemos llegado a la era de los inmediatismos, en la cual lo que no se logra al instante, es aborrecido. Si no son resúmenes o lista de tips, no son leídos. Si el trabajo político requiere años, es desechado a cambio de atajos de dudosa o ninguna legalidad. Si prepararse lleva tiempo, mejor improvisar y que sea lo que sea.

Difícil labor la de construir así. Más difícil aún la tarea de transformar los pensamientos destructivos, la cultura del odio, la apología de la pereza, en ideas positivas, sanadoras, productivas. En la cultura de todos por todos y no de todos contra todos.

La imagen es de Martha Debayle

Los regañones

Hace unos años escribí una anécdota sobre una ocasión en la cual, estando en mi carro, pasé por un cruce donde acababan de arrollar a un motociclista por comerse la luz roja y justo al ir pasando, venía otro motociclista también comiéndose la luz al cual le avisé que no hiciera eso, visto lo que le acababa de pasar a su colega, a lo cual respondió insultándome.

Con los VPI es así, ellos violan la ley, cometen la imprudencia, se ponen en peligro, ponen en peligro a los demás, incluyendo a sus propios hijos…pero si los regañas no lo aceptan y más bien se ponen agresivos y hasta violentos.

En la pasarela que comunica la UNEFA con la acera de El Guaire, en Chuao, una pasarela que, tal como escribí en el artículo anterior, la mayoría de la gente no utiliza por flojera, se puede observar una variante de esa absurda conducta regañona del VPI dentro del grupo de gente que diariamente cruza por debajo de la pasarela esquivando camiones, carros y motos, destacándose tres personajes:

El forma peo: que es el que cruza a lo arrecho y si el carro que viene, que tiene todo el derecho a pasar porque allí no hay semáforo ni rayado peatonal, no le da paso, entonces se pone a insultarle y manotearle, o a mirarlo feo. Muchos incluso llegan a golpear el carro cuando pasa. Una cosa de dementes: yo cometo la infracción, yo me pongo en peligro, pero el otro es quien tiene la culpa y debo agredirlo si no me deja pasar y sigue su camino.

El “fiscal de tránsito”: es una variante del “forma peo” regañón. Solo que en lugar de buscar la agresión abierta, cuando el carro o la moto no le da paso, procede a hacer señas como un fiscal de tránsito dirigiendo…¡como si le diera permiso a los carros para pasar y además necesitaran de su dirección! Es una actitud así como diciendo “pasa pues, pasa, muévete” en la cual, una vez más, su propia estupidez de cruzar indebidamente no es reconocida, sino que el lento y atravesado es el otro, el que viene en el carro.

Los “pobrecito yo”: estos generalmente son señoras maduras o incluso ancianas. Si, porque los VPI son de cualquier edad, sexo o clase social. Estos personajes comienzan a atravesársele a los carros para cruzar y hacerle señas como diciendo: “por favor paren porque, pobrecita yo o pobrecito yo que soy anciano y no puedo correr“, apelando a la lástima por la edad. Estos “pobrecito yo“, sin embargo, siempre son capaces de correr para montarse en los autobuses de la parada que está allí mismo, pero su flojera estructural y su impaciencia patológica, hacen que prefieran arriesgarse a ser pisados “por lentos” cruzando, que usar, poco a poco, su pasarela y pasar completamente seguros…al menos del arrollamiento.

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Como siempre, los peores especímenes de este tipo de VPI son los que cruzan en forma indebida y peligrosa, por debajo de la pasarela, llevando niños o incluso hasta bebés, porque están DEFORMANDO ciudadanos desde su muy temprana edad.

Mal negocio para un país que quiere progresar, ¿no?

¿Por que los peatones en Caracas no usan las pasarelas?

En Caracas, si te dedicas a observar la conducta de los caminantes ante las múltiples pasarelas peatonales que hay en calles y avenidas, podrás notar que la gran mayoría prefiere cruzar peligrosamente, sorteando carros, autobuses, camiones o motos, en vez de subirse a la pasarela y evitar el peligro del arrollamiento.

¿Por que sucede esto?

Un estudio demostró que las causas principales de esta conducta son las siguientes:

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La flojera (70 %): esta es una de las razones fundamentales, no solo de esta conducta aberrante ante las pasarelas, sino prácticamente de todas las patologías conductuales que se pueden observar entre los habitantes de la ciudad. Pregúntenle a quienes paran su carro atravesado en una acera, para no tener que caminar desde el estacionamiento o a quienes le gritan al conductor del autobús: “me deja donde pueda“, para no tener que caminar 30 metros más desde la parada hasta su destino.

Miedo a ser asaltado (15 %): uno esperaría que esta fuera la principal razón, por ser una ciudad con altos niveles de inseguridad personal y, sobre todo, con una población con altísima sensación de inseguridad, sin embargo priva, ante todo, la pereza de subir y bajar unos escalones, pero con la excusa del peligro del robo, aunque en la pasarela no hayan ocurrido más o menos atracos de los que ocurren alrededor de ella.

Impaciencia (10 %): esta es la otra razón principal, por excelencia, de la mayoría, sino todas, las conductas absurdas del venezolano. Por algún motivo, el peatón VPI percibe que esperar el momento en el que no pasen carros o pasen pocos y haya oportunidad de pegar la carrera para evitar que un camión lo aplaste, por ejemplo, le ahorra mucho tiempo en medio de su apuro sin razón. Todo esto mientras que el peatón que si utilizó la pasarela, llega al mismo tiempo que el que no la usó y si no, llega un poco después pero sin haberse arriesgado, ni un segundo, a morir molido debajo de unas ruedas.

Deterioro de la infraestructura (5 %): esta es la única razón objetiva en todo este asunto. Encontrarse con una pasarela que ha servido de baño a los indigentes o con escalones y pisos rotos, sin barandas o con pasamanos rotos o muy sucios, te hace elegir, sin ninguna duda, otro camino para cruzar la calle.

 

Odiar al anciano

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En Venezuela, hace algunos años, se decretó que las personas de la tercera edad, abuelitos y abuelitas, no tenían que pagar pasaje en el transporte público. El argumento fue que esas personas de avanzada edad merecían un trato preferencial como recompensa por los muchos años dedicados al país.

Lamentablemente en esta tierra plagada de VPI’s, hasta las ideas mejor intencionadas son volteadas hacia lo malo, hacia lo dañino, hacia aquello que puede permitir aprovecharse o abusar de los demás.

La dificultad para determinar a simple vista si una persona era o no de la tercera edad, es decir, de 60 años o mayor, pues hay viejitos y viejitas que se conservan muy bien y aparentan tener menos edad, produjo una zona gris con dos tipos de personas mayores bien conservadas: las que si eran de la tercera edad y sufrían del escepticismo del transportista e incluso de su agresividad y las que no eran de la tercera edad, pero se hacían pasar como que si lo fueran, para no pagar pasaje porque, lamentablemente, viejitos vivos y abusadores también hay.

Ha pasado el tiempo y en lugar de convertirse en cultura el trato preferente a los ancianos, ya que conforman una población muy vulnerable y además porque, al fin y al cabo, todos, si tenemos suerte y buena salud, llegaremos a la tercera edad alguna vez, lo que se ha incrementado en estas unidades de transporte público es el maltrato, incluso la violencia contra el anciano o la anciana que se niegue a pagar pasaje. Lo he visto. Los insultan, sea hombre o mujer, llegan incluso a bajarlos a gritos o a no dejarlos montar.

El decreto de gratuidad entró en una especie de limbo comunicacional y de allí se agarraron los transportistas, no para asumir como propio el buen trato de sus usuarios más débiles, sino para ensañarse contra ellos porque les “hacen perder dinero”. Para el VPI cualquier excusa es buena para volverse más y más despreciable como persona. Nunca para mejorar.

Esa cultura de tomar hasta lo bueno, lo amable, lo grato, para transformarlo en una herramienta de desprecio y de agresión es, sin duda alguna, otra de las taras sociales que azota profundamente a Venezuela, sin que esto sea achacable a una o a otra tendencia política circunstancial, sino a la siembra histórica de anti-valores en este país, disfrazándolo de modernidad, de farándula y de “primermundismo”

Foto tomada de Milenio

Venezuela: 12 años y seguimos igual

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Han pasado 12 años desde mi primer post en este blog (cuando lo albergaba bitácoras.com) y todavía en Venezuela la mayoría de sus habitantes hace y piensa las mismas cosas que hacía y pensaba en ese entonces. A saber:

  • Me como la luz del semáforo. No me importa cumplir la ley ni tampoco si pongo en riesgo a cualquier peatón o carro que se me atraviese. Soy más arrecho que el semáforo.
  • Me como la flecha. No me importa si con eso podría matar a un peatón, sea adulto, niño, mujer o anciano. No me importa. Lo que prevalece es mi apuro.
  • Acabo con las existencias de un producto para luego venderlo 10 veces más caro o más. En eso consiste hacer negocio. No me importa si produzco escasez o si me aprovecho de la necesidad de los demás. Lo único que importa es mi bolsillo, yo, yo y solo yo.
  • Boto basura en la calle y no recojo la caca de mi perro. No me importa que por allí yo o mi familia o mis vecinos puedan pasar y ensuciarse, ni tampoco el mal aspecto de la calle o lo insalubre que pueda volverse por los desechos. Que limpien y recojan los demás.
  • Hago fiestas ruidosas en casa o acelero mi moto o mi carro escandalosamente a cualquier hora de la noche. No me interesa si molesta a los vecinos. Lo importante es mostrar que máquinas tan arrechas tengo.
  • No cierro la puerta del edificio donde vivo, por seguridad, tampoco cuido el ascensor, ni las escaleras, ni los jardines. Que el lugar donde habito sea un chiquero inseguro no me es relevante, ni tampoco que personas enfermas o ancianas deban subir por las escaleras.
  • No me importa cumplir las promesas que hice en campaña política, lo único que me importa son los votos, ganar y conectarme con el negocio para enriquecerme más. Ayudar a la gente o arreglar problemas es cosa de curas pobres y de ingenieros pela bolas.
  • No le doy paso a nadie en la calle con mi carro o mi moto. Mi derecho a pasar está por encima de cualquier otro derecho de todos los demás.
  • Mi creencia política es la única válida e importante. No me interesan los que piensan distinto, salvo para humillarlos, agredirlos o tenerles lástima por brutos e ignorantes, eso sí, en forma pública para que se vea que soy moralmente superior.
  • Si puedo, no hago cola de ningún tipo, o me coleo o pago para que me coleen. Solos los pendejos hacen cola y si hay un embotellamiento pues me adelanto por el hombrillo o por el canal contrario. Mi tiempo es lo más importante que hay, incluso más importante que mi vida o la de los demás.
  • Me da demasiada flojera caminar unos metros hasta el rayado peatonal o cruzar por las pasarelas. Además pierdo tiempo. Es mejor arriesgar la vida y la de los demás cruzando por cualquier lado, saltando islas y esquivando carros. Si puedo llevar conmigo niños y enseñarles eso pues mejor todavía.
  • Los botones para llamar el ascensor o para activar el semáforo peatonal deben funcionar enseguida. El ascensor debe llegar de inmediato y la luz cambiar instantáneamente. De lo contrario hay que pulsar el botón hasta destruirlo. Esa es una ley de vida.
  • Funcionario honesto es funcionario muerto (o removido). Eso es ley. Por eso, como funcionario, prefiero sobrevivir, no importa si perjudico a alguien. La única persona que importa soy yo.
  • Cuando terminan las elecciones, sea que gane o pierda, no mando a recoger los afiches con los que forré los postes y paredes de la calle en mi campaña política. Total. Se ve hasta bonito que mi cara esté por todos lados hasta varias semanas después de las votaciones. Que eso lo limpien los resentidos.
  • Si soy la prensa soy intocable y dueño de la verdad. Si soy farándula soy un ejemplo a seguir y estoy obligado a escribir frases memorables y a opinar públicamente sobre todo, en particular sobre aquellas cosas que le agraden a mis patrocinadores.
  • Y así…

En resumen: cero cambio cultural…

…y sin cambio cultural, ningún cambio es posible.