Hacerse el loco o la loca o “el gualberto” (*) es, por supuesto, una conducta constante del VPI. Es necesario simular no conocer determinadas reglas o leyes para poder violarlas consistentemente sin cargo de conciencia a la hora de ser interrogados por la autoridad o recibir reclamos de las demás personas. En estos casos el o la VPI no optan por la agresividad que les es natural, sino que se disfrazan de ovejas indefensas cuyas excusas generalmente son: “oye no sabía nada”, “no me fijé”, “¿en serio?”, “es que yo no soy de acá”, “ay señor es que venía distraída”, etcétera. Obvio que el y la VPI saben perfectamente la falta que están cometiendo pero el hacerse los tontos es una estrategia sumamente efectiva cuando fracasa su intento de hacer la trampa. Podríamos bautizarlo como el “Síndrome de Foco Fijo”, aquel personaje que popularizó el comediante venezolano Emilio Lovera en los años 80 y cuya característica era tener cara de gafo pero ser más vivo que ninguno.
Hace poco cruzando una avenida noté que venían bajando de frente, comiéndose la flecha, dos vehículos. Al primero, una mujer, le hice señas para que viera la flecha gigante que está dibujada en el piso y supiera (ella obviamente lo sabía) que se la estaba comiendo. La mujer siguió mirando de frente a través de sus lentes oscuros y ni se inmutó en su camioneta de lujo. El segundo, un señor maduro en un Optra. Tuvo más chance de ver mis señas señalando la flecha pues tuvo que cruzar desde una calle lateral, sin embargo su reacción fue exactamente la misma: hacerse el pendejo.
Esta semana, al llegar a almorzar a un pequeño restaurante cerca de mi oficina noté que estaba lleno y, cómo hace cualquier persona más o menos decente, miré alrededor para ver si había personas esperando (había un señor) y luego le dije al mesonero que iba a esperar mesa. Acto seguido me paré en una esquina del local a la vista de todo el pasara.
A los pocos minutos llegó una pareja, vieron que estaban todas las mesas llenas y se pararon muy cerca de mí a seguir su charla mientras esperaban.
El primer señor se sentó y a los pocos segundos otra persona en otra mesa pidió la cuenta ya para irse. En eso el hombre de la pareja se acercó hasta esa persona para pedirle sentarse de una vez para ir ordenando. Afortunadamente el mesero es una persona muy correcta y atenta y de inmediato le dijo, amablemente, que yo estaba antes a lo cual contestó “¿ah sí?”, como si no se hubiera dado cuenta desde hace rato que yo estaba parado allí cuando largo soy cuando ellos llegaron.
Hacerse “el gualberto” es una práctica sumamente extendida y muy exitosa para los VPI en aquellos lugares donde la cola no se hace en fila o donde el mostrador es bastante largo permitiéndoles pedir rápidamente al primer dependiente sin hacer caso del gentío que había antes.
La frase crucial del VPI cuando es pillado en su disimulo es: “bueno, pero es que si usted no se pone las pilas…”. Es decir, usted tiene que vivir en un constante apuro para que el VPI no se le colee ¡por culpa de usted mismo!
Mundo bizarro.
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(*) En Venezuela existen varias expresiones para describir la acción de simular no conocer una situación irregular determinada procurando hacerse ver como inocentes si son interrogados al respecto. Entre otras se dice: “hacerse el loco”, “hacerse el paisa”, “hacerse el pendejo”, “hacerse el musiú” y en su acepción más grosera “hacerse el guevón”. Esta última deriva en “hacerse el gualberto” utilizando la similitud fonética para evitar decir la mala palabra.
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