VPI haciéndose “los gualbertos”

Hacerse el loco o la loca o “el gualberto” (*) es, por supuesto, una conducta constante del VPI. Es necesario simular no conocer determinadas reglas o leyes para poder violarlas consistentemente sin cargo de conciencia a la hora de ser interrogados por la autoridad o recibir reclamos de las demás personas. En estos casos el o la VPI no optan por la agresividad que les es natural, sino que se disfrazan de ovejas indefensas cuyas excusas generalmente son: “oye no sabía nada”, “no me fijé”, “¿en serio?”, “es que yo no soy de acá”, “ay señor es que venía distraída”, etcétera. Obvio que el y la VPI saben perfectamente la falta que están cometiendo pero el hacerse los tontos es una estrategia sumamente efectiva cuando fracasa su intento de hacer la trampa. Podríamos bautizarlo como el “Síndrome de Foco Fijo”, aquel personaje que popularizó el comediante venezolano Emilio Lovera en los años 80 y cuya característica era tener cara de gafo pero ser más vivo que ninguno.

Hace poco cruzando una avenida noté que venían bajando de frente, comiéndose la flecha, dos vehículos. Al primero, una mujer, le hice señas para que viera la flecha gigante que está dibujada en el piso y supiera (ella obviamente lo sabía) que se la estaba comiendo. La mujer siguió mirando de frente a través de sus lentes oscuros y ni se inmutó en su camioneta de lujo. El segundo, un señor maduro en un Optra. Tuvo más chance de ver mis señas señalando la flecha pues tuvo que cruzar desde una calle lateral, sin embargo su reacción fue exactamente la misma: hacerse el pendejo.

Esta semana, al llegar a almorzar a un pequeño restaurante cerca de mi oficina noté que estaba lleno y, cómo hace cualquier persona más o menos decente, miré alrededor para ver si había personas esperando (había un señor) y luego le dije al mesonero que iba a esperar mesa. Acto seguido me paré en una esquina del local a la vista de todo el pasara.

A los pocos minutos llegó una pareja, vieron que estaban todas las mesas llenas y se pararon muy cerca de mí a seguir su charla mientras esperaban.

El primer señor se sentó y a los pocos segundos otra persona en otra mesa pidió la cuenta ya para irse. En eso el hombre de la pareja se acercó hasta esa persona para pedirle sentarse de una vez para ir ordenando. Afortunadamente el mesero es una persona muy correcta y atenta y de inmediato le dijo, amablemente, que yo estaba antes a lo cual contestó “¿ah sí?”, como si no se hubiera dado cuenta desde hace rato que yo estaba parado allí cuando largo soy cuando ellos llegaron.

Hacerse “el gualberto” es una práctica sumamente extendida y muy exitosa para los VPI en aquellos lugares donde la cola no se hace en fila o donde el mostrador es bastante largo permitiéndoles pedir rápidamente al primer dependiente sin hacer caso del gentío que había antes.

La frase crucial del VPI cuando es pillado en su disimulo es: “bueno, pero es que si usted no se pone las pilas…”. Es decir, usted tiene que vivir en un constante apuro para que el VPI no se le colee ¡por culpa de usted mismo!

Mundo bizarro.

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(*) En Venezuela existen varias expresiones para describir la acción de simular no conocer una situación irregular determinada procurando hacerse ver como inocentes si son interrogados al respecto. Entre otras se dice: “hacerse el loco”, “hacerse el paisa”, “hacerse el pendejo”, “hacerse el musiú” y en su acepción más grosera “hacerse el guevón”. Esta última deriva en “hacerse el gualberto” utilizando la similitud fonética para evitar decir la mala palabra.

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Cambio de lugar, difícil de entender

Los infalibles

Recuerdo hace varios años haciendo un taller de mejoramiento personal, el instructor colocó en el medio del salón a una persona, en un intenso ejercicio, y le preguntó, cubriéndole los ojos y haciéndola girar, “¿Dime, donde puedes encontrar la solución a tus problemas?”. Desde afuera los asistentes al taller nos removíamos inquietos, varios comenzaron a repetir la respuesta suavemente: “dentro de ti, dentro de ti”, otros se reían porque la persona no se daba cuenta de lo obvio del ejercicio, obvio para quienes estábamos en el corro. Entonces el instructor le dijo una frase fundamental a la persona: “no te preocupes por ellos que se burlan o quieren contestar por ti, si cualquiera de ellos estuviera adonde estás tú ahora, tampoco sabrían la respuesta

Son los infalibles, esos VPI que critican el accionar del otro, sobre todo cuando falla, sin considerar lo que sería ponerse en los zapatos del criticado ni por un momento.

Por años he escuchado a comunicadores sociales fustigar duramente a deportistas porque en algún momento del juego toman una decisión errada, chutan mal, pierden la pelota, hacen un mal pase o un mal tiro, y siempre me he preguntado ¿y qué haría este narrador enfluxado y cómodo en el aire acondicionado de una cabina si fuera él quien estuviera en el campo de juego sudado, cansado, presionado, golpeado y con la responsabilidad de anotar el gol, hacer el out, batear el jonrón o hacer la asistencia?

Ellos se escudan en la manoseada excusa de que para eso esos deportistas “son profesionales”, como si ser profesional fuera sinónimo de ser robot y de perder la condición de ser humano.

Lo mismo se traslada a otros ámbitos de la vida, por supuesto, la infalibilidad del criticón o de la criticona aplica para cualquier aspecto de la cotidianidad.

Ser crítico o crítica de eventos, personas o decisiones es diferente a practicar la criticadera sin sentido y sin objetivo. Hay una delgada frontera entre ambos casos.

Son grandes criticados muchos de los participantes del programa “Quien quiere ser millonario” que mencioné en el artículo anterior, pero son ellos, los participantes, quienes se enfrentan a la presión del “chalequeo”, de las cámaras y de las preguntas y terminan yéndose a sus casa con dinero en el bolsillo, cosa que ninguno de los criticones hace. También es un gran criticado por ejemplo el pelotero Oswaldo Guillén, sobre todo por su lengua suelta, pero indudablemente en beisbol es una autoridad. Sus 700 victorias como mánager callan muchas bocas críticas. Y en el aspecto político mucho se criticó y critica a la Ministra para el Servicio Penitenciario, Iris Varela, por su decisión de desalojar y eliminar el Retén de La Planta. Se enfrentó, principalmente vía negociación, a una población penal cuyo arsenal escapa a la imaginación de cualquiera y logró trasladar a todos los presos hacia otras prisiones fuera de Caracas sin tener que apelar a una masacre ni a una larga guerra de desgaste mediático con demasiado costo político. Prometió y cumplió aun cuando le quede tanta tarea por hacer para arreglar el terriblemente corrompido sistema de cárceles en Venezuela.

Como dicen en maracucho: “¡Hacelo vos pues!”. Que cualquier de los criticones de estos personajes logre lo que ellos han logrado pues.

Los VPI infalibles no hacen o hacen muy poco, lo suyo es criticar sabiendo que nunca se pondrán en los zapatos del otro o de la otra.

Las burlas del VPI

Ya escribí previamente sobre la burla aquí y la resalté como una de las herramientas del VPI para reafirmar su patológica necesidad de sentirse “el más arrecho” o “la más arrecha” del rebaño.

En el intercambio diario con VPI uno puede encontrar constantes alusiones burlistas, la mayoría de las cuales consisten en insultos disfrazados de risas.

El conocido caso de Alicia Machado, quien habló públicamente de “las dos chinas” puso a un montón de personas a burlarse de ella calificándola de bruta, burra, imbécil, idiota, etcétera. Fue interesante tener que explicar largo y tendido a varios VPI la diferencia conceptual que existe entre la ignorancia y la imbecilidad. Lo de Alicia fue ignorancia, incluso hay quienes dicen que fue simple confusión. Los burlistas sin embargo se mantuvieron firmes con sus epítetos, demostrando así que eran (son) más brutos que la misma ex Miss Universo.

Que no lo sepas no quiere decir que seas idiota, sólo significa que ignoras. Algo fácilmente solucionable con lectura e investigación. Que te empeñes en ignorar los significados y las sutilezas del lenguaje y además prefieras utilizarlo como herramienta de agresión sí te convierte en un o una imbécil además orgulloso de tus burradas. Suena duro pero es muy simple.

La polémica desatada por el video “Caracas, ciudad de despedidas” trajo consigo otro montón de insultos y vejaciones para los muchachos y muchachas que aparecen allí dando opiniones personales sobre su visión de la ciudad y el país. Más allá de lo desatinado o no de sus posturas, lo verdaderamente importante es el significado de lo que representan: el desarraigo y la falta de identidad de un grupo de adolescentes. Tanto criticaron lo mal que estaba el país que me quedó la duda: ¿cumplirán ellos rigurosamente las leyes de tránsito, respetarán semáforos y flechas, no botarán basura en la calle, no fumarán en lugares indebidos, no serán también ellos a su vez burlistas empedernidos, no serán también VPI pues?

Si algo no tiene el VPI es coherencia, generalmente lo que reclama y ataca en los demás no es precisamente lo que más observa en sus conductas diarias.

Pastor Maldonado, figura deportiva famosa por competir en la Fórmula 1, por demostrar simpatía por el gobierno venezolano actual y por ser patrocinado por el Estado, sufrió mucho tiempo lo que vive cualquier deportista o atleta en su trayectoria: las derrotas. En su camino a mejorar y aprender, este muchacho se retiró de carreras, chocó, etcétera. Eso motivó a los sempiternos burlistas VPI a ensañarse contra él, principalmente por el ingrediente político: atacarlo y burlarse de él era una forma indirecta de demostrar ser un arrecho (o una arrecha) antichavista.

Los burlistas se clasifican en dos categorías: los que atacan a quien se destaca para ocultar su propia mediocridad o los que atacan al distinto para ocultar su miedo o la vergüenza de sí mismo. Así recordamos el nefasto remoquete de “cerebrito” (“nerds” en inglés deformado a “nerdo” en universidades como la USB)  utilizado regularmente para descalificar a través de la chanza e incluso el rechazo social a quienes en colegios o universidades dedican la mayor parte de su tiempo al estudio dejando poco margen para las actividades recreativas. La burla es contra quien quiere aprender más y ser mejor.

Maldonado logró, luego de su largo y natural proceso de ensayo y error, su primera victoria contundente e incontestable. El premio al esfuerzo y el aprendizaje. El Gran Premio de España. Con ello este joven deportista calló las voces de muchos VPI, incluyendo la de famosos burlistas como Luis Chataing y Carlos Sicilia quienes desde sus cómodas sillas frente a micrófonos o cámaras han hecho chistes (generalmente malos) sobre los tropiezos de Maldonado enseñando así a generaciones de VPI en formación esa práctica.

Los domingos el programa franquicia de Sony “¿Quién quiere ser millonario?” es transmitido en TV de señal abierta en Venezuela y durante la casi una hora que dura su emisión se produce un fenómeno masivo gracias al Twitter el cual consiste en comentar públicamente lo que allí sucede. Mucha gente simplemente responde las preguntas o hace chistes con las respuestas pero existe otro grupo grande de personas que la emprenden contra los concursantes, se burlan de su ignorancia como si fuera su inteligencia pero también lo hacen del aspecto físico. Escriben insultos en forma de chistes sobre la “gordita”, el “gay”, la “dientona” y en la emisión más reciente se burlaron del aspecto y de la forma de hablar de Daniel Ávila, un joven abogado a quien a kilómetros se le nota que tiene impedimentos psicomotrices.

El chiste sobre el otro o la otra siempre transita una delgada línea entre la burla malintencionada (VPI) y lo sanamente gracioso. Mofarse de la enfermedad y sus consecuencias es prueba de la terrible falta de valores que aqueja a los VPI desde hace demasiado tiempo. La mofa la justifican con el tema político o con la conocida frase “es echando vaina”, pero en el fondo la inhumanidad es notoria.

Burlarse de la ignorancia, reírse del aprendizaje o la mística, denigrar al enfermo o al distinto. Claves en la mente VPI cuyas acciones azotan diariamente nuestra sociedad.

La imagen es de El Blog de Guada

VPI ascensoristas

Imagen

La fauna VPI que usa los ascensores públicos es muy variada y por supuesto que dejan claramente su estampa diaria en su interacción con las personas normales. A continuación hago una lista de algunos de estos personajes harto conocidos por todos:

El sordo o la sorda: No escucha cuando usted pega el consabido grito de “¡aguántalo!” (por supuesto que lo escuchan pero se hacen los pendejos) y dejan que la puerta se cierre en todas las narices de la persona que viene corriendo. Estos personajes también son ciegos o tienen tortícolis pues ni ven ni voltean a ver si viene alguien al trote para montarse en la cabina.

Los atorados: Son los que sufren de ansiedad por la espera del ascensor en Planta Baja y no se han terminado de abrir las puertas cuando ya están metiéndose a empellones apenas dejando salir a quien esté adentro. Esa conducta la han aprendido muy bien en el Metro.

Los asfixiantes: por lo general vienen en grupo y aunque ya en la cabina estén metidas  varias personas ellos se meten y literalmente “estripan” al resto de las personas contra las paredes hasta tapizar el ascensor. Es curioso que gente muy alta o barrigona es proclive a este tipo de conducta dejando al resto sin aire hasta que se llega al piso deseado.

Los pisa botones: estos se manifiestan en primer lugar en la Planta Baja oprimiendo varias veces y como con saña el botón de llamar el ascensor. Luego, una vez montados en la cabina, son los y las que pisan con desespero el botón de cierre de puertas cada vez que se baja alguien antes de llegar a su piso. Antes hablé de ellos en “La guerra de los botones

Los coleaos: son los que aunque lleguen después de usted a esperar el ascensor aprovechan cualquier descuido para meterse antes aunque sea usted quien llamó originalmente al elevador. Es una variedad de la misma patología “coleona” del VPI en cualquier circunstancia.

Hay una variedad de personajes menores: los que no dan los buenos días o las buenas tardes, los que hablan a todo grito por teléfono o con la persona que les acompaña desde afuera, los que paran el ascensor al montarse para esperar a alguien más que, supuestamente, viene corriendo, los que pisan el botón de llamado aunque sepan que ya tu lo pisaste antes (porque está iluminado), etcétera, pero estos son comunes en cualquier espacio público cotidiano.

La imagen de Islaplanesia

Los aplastados

Hace pocos días fui a una heladería que queda en el CC Millenium y luego de pagar nos tocó hacer una pequeña cola para que nos entregaran el pedido. El problema es que el local es mínimo y entonces comenzó a llegar bastante gente y nos aglomeramos. El fenómeno VPI que se presentó entonces fue el de “los aplastados” (prefiero ese término al más criollo “achantados” porque este último suele designar a quienes son lentos por naturaleza más que por desidia)

Los VPI en cuestión, que estaban en la punta de la cola, hacían su pedido desde la mitad del mostrador y ni por asomo se les ocurría desplazarse hasta la punta del mismo para que la cola avanzara y el amontonamiento de gente fuera menor. No. Ellos pidieron y se quedaron aplastados en el mismo sitio hasta que le entregaban lo que pedían. Incluso algunos discutieron con los muchachos que servían y otros hasta dudaban sobre cual “toping” le iban a poner a la barquilla y se ponían a decidirlo con su pareja con total tranquilidad sin moverse.

Por supuesto en cuestión de segundos se mezcló la cola para pagar con la cola para pedir y los intentos de colearse por parte de los VPI aumentaron mientras que todo el espacio delante de medio mostrador seguía vacío.

Los aplastados abundan. Su premisa principal es en el fondo la misma que la de los que sufren de apuro estúpido: su tiempo es más importante que el de los demás. Mientras que los apurados patológicos agreden a los demás para que se quiten del medio, los aplastados miran con desdén el apuro del resto de los mortales. No les importa atravesarse a hablar en medio de una concurrida acera con un grupo de amigos, ni tampoco paralizar el tránsito para recoger o dejar tres pasajeros, ni sacarle la mano a un autobús para que se detenga en plena avenida y hora pico para subirse ella y dos ancianas más a menos de 5 metros de una parada espaciosa y con bancos. El VPI aplastado se planta en medio de la escalera a hablar por teléfono o enviar mensajitos obligando a los demás a rodearlo separándose del pasamano.

“Caminen para atrás” se oye en las camioneticas. “Distribúyanse a lo largo del andén y en el vagón”, “no se queden en las puertas” se dice en el Metro. Esos son llamados cotidianos a los aplastados VPI para que fluyan.

Y fluyen, claro, pero cuando les da la gana.

El origen de las colas: la cruz estúpida

Además del abanico estúpido sobre el cual comenté previamente en este blog, otra de las causas de las grandes congestiones de tránsito en nuestra ciudad es lo que se podría llamar la “cruz estúpida”, la cual se presenta precisamente en los cruces o intersecciones. A continuación la explico gráficamente:

Paso 1: en la imagen los carros amarillos de las Calles 1 y 2 están detenidos o avanzando muy lentamente porque hay mucha cola. La Calle 1 tiene el semáforo en verde, sin embargo, el conductor del carro verde, consciente, decide no avanzar pese a tener “su semáforo” porque nota que si lo hace va a quedar atravesado en el cruce. El conductor del carro azul, la mayoría de las veces una o un VPI, comenzará a tocarle corneta desaforadamente al carro verde y le hará gestos con la mano. Frecuentemente bajará el vidrio y le gritará insultos de todo tipo al de adelante para que se mueva y se atraviese. Los que manejan los carros naranja de la Calle 1, todos VPI, sí se lanzan como locos hacia los carros amarillos detenidos y, por supuesto, quedan atravesados en pleno cruce sin poder moverse más que algunos milímetros.

Paso 2: cuando el semáforo cambia a verde para la Calle 2 entonces los conductores de los carros morados, todos VPI, se lanzan hacia adelante para encararse con los carros naranja los cuales apenas si se han medio movido. Eso lo hacen sabiendo además que los carros amarillos de su propia calle 2  TAMBIÉN ESTÁN DETENIDOS por la tranca que hay más arriba. No importa. Estos VPI agregan su grano de anarquía y desastre a la calle y también se quedan atravesados en pleno cruce trompa con trompa entre carros naranja y morados hasta que su semáforo vuelve a cambiar a rojo y el de la Calle 1 a verde y entonces el ciclo recomienza aunque con el agravante de que el del carro verde, quien originalmente no quería quedar atravesado, ahora si lanza su vehículo hacia adelante porque entiende que entre tanto VPI NINGUNO le dará paso sino “a lo macho” y entonces su intención de colaborar con el fluir del tránsito se desperdicia.

Ningún tipo de vehículo escapa a esta escena. La actitud de los conductores de los carros morados y naranjas es asumida por igual por los VPI que manejan Metrobuses, carcachas, camionetas de lujo, motocicletas, camiones blindados, patrullas, carros del ejército, taxis, particulares, etcétera y además esta escena se puede encontrar por igual en cualquier zona de la ciudad, desde la más humilde hasta la más pudiente y protagonizada indistintamente tanto por mujeres como por hombres de cualquier edad.

Lo VPI es cultural. No discrimina.

Las colas tampoco.

Grifos anti VPI

En los lavamanos de los baños del edificio de oficinas donde trabajo colocaron grifos como el de la foto. Estos son de los que uno presiona para que salga un chorro de agua por varios segundos y luego se cierra solo.

En alguna parte del condominio de este edificio (seguramente en su bolsillo aunque quisiera creer ingenuamente que fue por un tema ecológico) alguien finalmente detectó la cantidad de chorros que quedaban goteando o con pequeños hilillos de agua debido, en su mayor parte, al descuido por parte de los usuarios. VPI por supuesto. No sólo concientizaron el problema sino que además dieron con la solución: los grifos automáticos.

Estos están a medio camino entre los clásicos y los activados por celda fotoeléctrica (como los que hay en el aeropuerto de Maiquetía). No se quedan goteando pero sueltan mucho más agua antes de cerrarse solos de lo que hacen los fotoeléctricos, los cuales solo funcionan mientras uno pone la mano o el cepillo debajo.

Cuando estrené estos grifos nuevos aquí pensé que se botaba mucha agua para apenas mojar el cepillo, por ejemplo, pero luego saqué la cuenta y entendí que el volumen de líquido desperdiciado por dejar la llave mal cerrada o goteando todo el santo día ES SIEMPRE muchísimo mayor que lo que se pierde por el tiempo de cerrado automático.

Una solución no humana para un problema tan profundamente humano: el descuido. Que también podríamos llamar la desidia o la insensibilidad, del VPI.

Lo mismo pasa con las puertas que se cierran solas para prevenir la pereza de los que “no tienen tiempo” de asegurarse de cerrarlas.

Pero el ahorro energético es un tema muy cultural y en eso los VPI, por supuesto, son de los más incultos personajes. Conozco a quienes no apagan luces en sus casas porque “es responsabilidad del gobierno garantizarme toda la luz que me dé la gana para derrocharla como me dé la gana” pero también conozco a quienes en forma simple y natural salen de su cuarto dejando luz y televisor prendido una, dos o más horas mientras salen a hacer cosas en otras partes de la casa y ni cuenta se dan de cuanta electricidad botan sin necesidad.

Es un largo camino el que hay que recorrer para cambiar mentalidades y cultura pero hay que recorrerlo o si no nos perderemos en la desidia. Todavía no inventan un sistema que automáticamente cumpla las leyes y respete a los demás por nosotros.

El VPI: la charla, la acción y el arma

El VPI considera que es “más arrecho” o “más arrecha” que los demás y siente la patológica necesidad de demostrarlo constantemente. Para ello utiliza tres herramientas principalmente: la charla, la acción y el arma.

La charla:

El VPI se adorna, se echa flores sobre su supremacía de pensamiento y sobre su bravura. Dice cosas como: “yo no me quedé con esa y le dije sus cuatro vainas” o “no pana, yo no me le quedo callado a nadie”, “a mi nadie me jode” o “yo soy así y punto, a quien no le guste pues lo lamento” o “¿Tu y cuantos más me van a obligar a eso?“. En su conversación cotidiana siempre es quien gana, quien compra o puede comprar mas, quien oye la mejor música, quien tiene el mejor carro, la mejor ropa, la mejor pareja (o la peor, el asunto es ganar la contienda charlística), etcétera. Es el dueño (o la dueña) de la verdad absoluta y lo que no orbite en su universo de preferencias pues está mal y merece el desprecio o la burla o la agresión, abiertos o velados. Normalmente hablan en voz alta y muchos hasta lo hacen con tono constantemente pendenciero o burlista.

La acción:

De las acciones es de lo que más se ha comentado en este blog. Todas esas pequeñas y grandes infracciones, acciones de viveza, desobediencias de las normas, irrespeto a los demás, carros manejados como locos, basura botada donde sea, música a toda mecha a cualquier hora, orinar en lugares públicos, el vandalismo, el ataque público verbal o escrito, dejar luces y TV prendidas sin necesidad por “rebeldía”, fumar en lugares indebidos, cruzar fuera del rayado, el abuso del hombrillo y todo el largo etcétera de malos ejemplos que estos VPI dan con sus acciones para reforzar su condición de ser más arrechos o más arrechas que los demás.

El arma:

La violencia intrínseca del pensamiento del VPI encuentra en el arma su herramienta de posicionamiento del discurso. El arma es el carro, lanzado contra peatones o contra otros carros para no dejarlos pasar. También lo es la moto, por supuesto, a lo que se agrega la actitud de “manada” cuando un motorizado quiere pelear con el chofer de algún carro. La manada, en este caso, es el arma. Tener cierto nivel de poder también es un arma cuando está en manos de VPI’s: le da la posibilidad de agredir a quien está por debajo en cuanto a autoridad. El tamaño del VPI o su actitud camorrera también son armas de amedrentamiento.

Pero por supuesto no hay arma más peligrosa en manos de esta gente que el arma de fuego. Con ella montones de VPI han herido o asesinado a miles de venezolanos y lo siguen haciendo. El poder de la bala es lo más embriagante que puede tener un VPI para no dejar ninguna duda de que es un arrecho. Una simple pistola transforma al alfeñique en un depredador sin piedad, transforma al degenerado detrás del volante en un asesino gatillo alegre que es capaz de disparar a lo loco contra cualquier carro sólo porque le reclame por no dejarlo cambiar de canal. Un revolver transforma una discusión de borrachos de una fiesta en una matanza. Las armas de fuego transforman a los VPI en animales irrecuperables.

Por eso, cada arma permitida en nuestra sociedad es una potencial tragedia, cada pistola que se permite ser llevada en nuestras calles y locales es una invitación a la masacre, cada revolver que se deja libre en manos de los VPI es un llamado a la imposición del reino violento de los VPI por su patológica condición de tener que demostrar su superioridad.

Es un alerta público. Nuestra sociedad no podrá avanzar mientras existan armas en todos sus espacios, mientras cualquiera pueda tener una pistola y accionarla sin temer ni siquiera una multa por ello, mientras nuestra cultura aplauda el uso de la bala y de las expresiones de bravuconería como ley aceptable de la jungla, gracias al modelaje mercadotécnico masajeado año tras año por novelas, películas y comerciales y reforzado por una actitud malandra ante cualquier pequeño  desencuentro por parte de la mayoría de nuestras figuras públicas.

Podemos lidiar con la charla del VPI y reeducarlo gradualmente, podemos castigar con multas y buenos controles las acciones infractoras, hay leyes para ello, sólo falta la voluntad, pero ante el arma no hay argumento que valga. Una vez accionado el gatillo sólo resta por un lado muerte y sangre y por el otro un VPI, dos VPI, 100 VPI, miles, con el orgullo hinchado.

¡Desarme ya! Es urgente

Imagen de SEDEM

VPI y sus propias reglas

Las brujas de la oficina en donde trabajo diariamente se inventan sus propias reglas y normas. Claro que sólo lo hacen para fastidiarle la paciencia a los demás al mismo tiempo que se sacan la mayor cantidad de trabajo de encima.

De esta manera crean a su arbitrio “días y horarios de caja” (como si se tratara de un ministerio con miles de proveedores), deciden no atender las extensiones telefónicas de los puestos ni seguir anotando los correlativos de las comunicaciones de uno de los gerentes, etcétera. Ellas, en su afán VPI de demostrar que tienen mas poder del que les corresponde como simples empleadas que son, se inventan pequeños espacios de poder.

Recordé esto porque hace poco leí en un buzón de quejas de usuarios del Metro de Caracas que hay en twitter, que alguien comentaba que las escaleras mecánicas no eran para quedarse parados en ellas dejando que lo suba a uno sino que “hay que caminar sobre ellas también para agilizar el paso”. Es decir, este usuario se inventó una regla propia según la cual usted DEBE CAMINAR y apurarse incluso en estas escaleras para que VPI’s como él puedan subir más rápido por ellas. Claro, como son estrechas, los VPI no pueden crear el canal “del medio” como estúpidamente acostumbran en las escaleras fijas. Por eso habría que crear esta “ordenanza propia

En un avión hace unos meses también se montó un VPI quien decretó que en el compartimiento encima de su asiento (al cual llegó tardísimo, por supuesto) no debía poner más nadie maletas sino solamente él, es decir, la persona de ese puesto. Lamentablemente el señor que puso su bolso allí se dejó malandrear por este VPI creativo y movió sus cosas más atrás aun habiendo llegado mucho más temprano que el anterior.

Ellos se crean sus leyes sagradas y pretenden que sean obedecidas estrictamente (aunque ellos se hagan los locos para cumplir las leyes normales). Así encuentra usted normas insólitas en oficinas públicas y privadas, en bancos, en estacionamientos, en centros comerciales, en talleres mecánicos y, por supuesto, en consultorios médicos.

Son los VPI legisladores frustrados.

Las quejas relativas

Esta semana fui al Banco tres veces para sellar un estado de cuenta, lo cual resulta ser una de las diligencias bancarias más rápidas que se pueden realizar en una oficina.

El martes entré, tomé el número de la cola virtual y me indicaba que tenía 7 personas por delante, sin embargo, tras esperar solamente 25 minutos, fui atendido y salí.

El miércoles fui a sellar otro estado de cuenta que había olvidado, tomé un número y comencé a esperar.  Dos señores que estaban allí antes que yo y sentados comenzaron a quejarse en voz alta. Yo los escuchaba de pie un poco retirado desde donde podía ver tanto a los ejecutivos de un lado como a los cajeros del otro. Eran las 2 pm.

Los señores reclamaban que tenían una hora allí y no los habían atendido los, o mejor dicho, las ejecutivas, para su gestión CADIVI. Las frases eran las usuales: “cómo es posible”, “este es un abuso”, “de tres que atienden sólo hay una” (las otras estaban llegando de almorzar), “el tiempo de uno también es valioso”, “este banco es un porquería”, etcétera. Tenían sus razones de quejarse.

Lo peculiar sucedió cuando un señor, fuera de la visual de los reclamantes, entró por la puerta del banco, tomó su numerito y apenas se iba a sentar lo llamaron. Su cara fue de sorpresa, se dirigió hasta la caja, le sonrió a la cajera y conversó con ella cordialmente, hizo su diligencia y se fue satisfecho.

Al mismo tiempo que para los otros dos señores el banco no servía, para este señor el banco trabajó de maravilla.

Se repitió lo mismo con otros señores y señoras que llegaron a hacer sus transacciones en las cajas. Se iban sonreídos. A los 45 minutos todavía no habían llamado siquiera a los que estaban delante de mí y apenas se había sentado en el escritorio de una de las ejecutivas uno de los reclamantes mientras el otro se enfurruñaba aún más en su silla. Yo como no estaba apurado decidí irme y volver otro día.

Hoy regresé  al banco. Tomé el número y exactamente 40 segundos más tarde me llamaron, me atendieron y me fui.

Hay situaciones que son sumamente relativas en nuestra brega diaria con instituciones y servicios. En el Metro de Caracas por ejemplo, hoy por twitter se leía al mismo tiempo usuarios quejándose de un nuevo atraso en el sistema aquí o allá mientras que otros escribían felices haber llegado en pocos minutos a estaciones lejanas.

Claro que, hay que tener un poco de suerte y de malicia para saltarse malos servicios como los de casi todos los bancos o el que está prestando generalmente el Metro de Caracas y procurar la mejor suerte al usarlos… a menos que no quede de otra que utilizarlos en el peor momento.

Pero hay excepciones que confirman la regla.

De la oficina del Banco del Caribe de Parque Cristal en donde hay que estimar siempre tardarse mínimo dos horas aunque uno vaya solamente a picarle el ojo a la cajera hablaré en otro artículo.

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