Repartir las culpas…

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Esta semana pasé varias veces por el bulevar de El Cafetal, en Caracas, y pude ver algunos grupos de muchachas y muchachos en los semáforos, con pancartas y volantes, manifestando su apoyo al político Leopoldo López, quien fue detenido y sentenciado a varios años de cárcel en el año 2014, al ser responsabilizado por liderar los actos violentos de calle denominados “La Salida”, los cuales produjeron varios fallecidos y heridos durante ese año en Venezuela.

Lo que llamó mi atención es que estos jóvenes tenían que esquivar constantemente motorizados y hasta carros que se comían la luz roja del semáforo para pasar apurados, siendo este el momento en el cual justamente ellos aprovechaban para pararse en los rayados peatonales y mostrar sus carteles a los conductores.

Recordé la tira de Mafalda que puse de imagen de este artículo: ¿cual será el verdadero problema que nos aqueja? ¿que Lopez siga preso o que suframos de esa patología conductual que hace que casi ningún motociclista respete las señales de tránsito y muchos conductores de carro tampoco? ¿Será más dañino para nuestra sociedad un político preso o ese instinto asesino que hace que el peatón, en este país, no tenga absolutamente ninguna prioridad de paso sobre los vehículos?

Y estos pobres muchachos, pues, que todavía no saben repartir muy bien las culpas, como dice Mafalda, y se dejan encandilar, agrego yo, por el poderoso mercadeo político, que ubica las responsabilidades en lo macro político y no en lo micro social.

Por eso estamos donde seguimos.

La relatividad temporal del VPI

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Si estás en tu carro detenido en un cruce y el semáforo cambia a verde, no pasará una fracción de segundo cuando ya el vehículo ubicado detrás del tuyo comenzará a hacerte cambios de luces y a tocar corneta. Incluso en ocasiones hasta manoteará para que “la muevas”

Lo curioso es que si eres “el carro de atrás”, entonces tú serás quien haga el cambio de luces y el toqueteo de la corneta y el manoteo, si perteneces a ese 90 % largo de población VPI criolla.

Entretanto, si estás en tu carro de primerito y te azuzan para que te muevas, dirás las típicas y muy criollas frases: “¿Qué te pasa mijo (o mija), estás apurao?”, “¡Pásame por encima pues!” o “Este como que tiene ganas de ir al baño”

En el carro de atrás las frases son diferentes “¡Muévete mijo!” o “cuanta gente achantada hay en la calle vale” o “¿Y a este qué le pasa que no se mete?”

Es el mismo tiempo, pero los VPI lo perciben de manera distinta según sea su ubicación física y, por supuesto, su estado de ánimo.

Es típico que te adelante algún carro a lo rabioso, por la izquierda o por la derecha, y el conductor te mire con odio porque estás “atravesao”…para luego encontrártelo unos metros más allá, rodando “a diez”, obstaculizando el paso de los demás, mientras chequea unos mensajitos de texto en su teléfono móvil.

La relatividad temporal del VPI es legendaria. Si están apurados, el mundo debe aplastarse a sus pies para dejarlo pasar. Si no tienen apuro, entonces el mundo que se espere y el que esté apurado pues “que se la cale”

En el Metrobus escuché a dos usuarios quejarse: “este tipo nos lleva como peñonazo e’ loco”, refiriéndose a que el chofer iba manejando rápido. Es curioso. Si manejara “muy lento”, estos mismos usuarios se quejarían del “paso de tortuga” del Metrobus. ¿Cuál será la velocidad correcta?

Respuesta: no existe. Siempre hay que quejarse.

Parece un chiste, pero esa incoherencia temporal produce grandes trastornos en esta sociedad de inconformes, plagada de demasiados VPI.

La impaciencia: veneno social

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La impaciencia nos destruye, nos mata de azoro, nos liquida como sociedad, arrasa nuestra calidad de vida. Es realmente un veneno social.

Esa impaciencia que hace que pisar el freno de la motocicleta, del carro, camión o autobús, se considere una humillación, un insulto.  Y entonces se prefiere intentar el asesinato arrojándole el vehículo a los peatones antes de sufrir la afrenta de detenerse.

Los impacientes al volante se comen la flecha y la luz roja del semáforo. Necesitan atajos para todo y se rebelan ante la regla más básica del tránsito que los obliga, otra vez la dichosa ofensa, a aminorar la velocidad con la luz amarilla y a parar por completo con la luz roja. Entonces se comen la flecha “pa´ cortar camino” (porque agarrar la vía normal es de “pendejos”) y se pasan el semáforo (porque quedarse parados es de “pendejos”), hasta el día en que matan a alguien con su vehículo y huyen cobardemente o hasta el día en que se destruyen ellos mismos, su vida, sus finanzas, su familia, por ser tan estúpidamente impacientes y no aguantarse unos segundos más de manejo o de espera.

Los peatones no se quedan atrás, la impaciencia los vuelve suicidas, les hace tener alergia a la acera prefiriendo caminar por la calle, exponiéndose al arrollamiento, los hace correr para cruzar, sabiendo que no les dará tiempo de llegar al otro lado antes de que algún carro les frene en los pies o los aplaste. Los pone a saltar rejas, muros o islas para pasar al otro lado de la avenida, para no perder tiempo caminando hasta la esquina para cruzar a través del paso de cebra. La impaciencia ha destruido todos los botones de todos los semáforos peatonales del país y acelera la erosión de todos los botones de todos los ascensores.

La impaciencia inoculada en la sociedad “moderna” hace que en el Metro las personas prefieran aplastarse unos a otros en el tren, en vez de aguardar al próximo e ir entrando poco a poco, en orden. Perdiendo apenas minutos, y a veces segundos no más, del tiempo que necesitan para desplazarse. Prefieren apretujarse a empellones que salir 15 minutos antes de su casa para darle espacio a la paciencia, lograr más comodidad y no ser unos agresores constantes.

El largo aliento, el proceso lento pero cuidadoso, las medidas a mediano y largo plazo, el estudio detallista, bien sea en lo educativo, en lo político o en lo empresarial, son mal vistos. La impaciencia social menosprecia todo eso. Prefiere la vía expresa, la carrera corta, los resultados inmediatos, la ganancia fácil sin necesidad del conocimiento, de la preparación, de la conciencia, de los valores. Está convencido de que si se toma una medida gubernamental, los resultados deben obtenerse en cuestión de horas y deben ser buenos ya y deben ser obligatoriamente de determinada forma o sino, esa medida de hace dos días, no “sirvió para nada”.

La impaciencia es comercial, mercantilista y especuladora. Esa es su esencia. El “bachaquero”, el comerciante inescrupuloso, el acaparador, son hijos consentidos de la impaciencia.

Lo contrario es la mentalidad productiva, transformadora, creativa, innovadora, positiva, cuidadosa, respetuosa, progresista y comunitaria. La impaciencia es egoísta y torva.

Los medios nos empujan al apuro patológico, la educación también, el sistema de horarios rígidos que mide al humano por su tiempo y no por sus aportes, nos convierte en lamentables criaturas todo el tiempo azoradas, acaloradas, viendo el reloj, inventando excusas, nerviosas hasta el punto del colapso ante cualquier cosa que requiera esperar, enfermas de la hora, del atoro.

Y finalmente terminamos asumiendo que ese triste estado de eterna corredera, es lo correcto, está bien y debe perpetuarse.

Así ni la magia nos puede salvar.

Imagen de Humor Tonto

Tormenta de ideas

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Hablando se entiende la gente, conversando brotan las ideas.

Aunque la cultura tramposa, inmediatista y golillera del VPI tiende a minar cualquier solución a mediano y largo plazo para la sociedad, nunca está demás analizar propuestas para tratar de sanar el país.

Esta semana, en una conversa de hora de almuerzo en la oficina, surgieron un par de opciones interesantes que, al menos, pueden servir como buena base para discusiones y propuestas más concretas.

1) ¿Cómo resolver la total impunidad con la cual en Venezuela se cometen tantas infracciones de tránsito a diario?

¿Qué tal si, así como a uno le exigen el RIF, la declaración del impuesto sobre la renta, certificación bancaria, cédula de identidad, etcétera, también nos pidieran el comprobante de que no tenemos multas pendientes por pagar?

Si a la hora de ser multados por un fiscal de tránsito, este funcionario alimentara de inmediato una base de datos interconectada en donde se generara el compromiso de pago de esa multa (así como pasa con el ISLR), tendríamos que asegurarnos de pagar dicha multa para poder luego sacar de ese sistema el comprobante de pago que nos permita hacer gestiones en bancos, seguros, hospitales y cualquier institución del Estado o privada.

Esta solución implica hacer varias cosas y cambiar culturas, pero sin duda sería un incentivo muy importante para dejar de comerse el semáforo cada vez a que a uno le da la gana.

2) El taxímetro no funcionó en Venezuela porque lo trampeaban, de tal forma que hoy cada taxista cobra lo que se le antoja para ir de un punto al otro en cualquier ciudad.

¿Qué pasaría si las tarifas se fijaran vía GPS por la distancia lineal entre puntos?

Esto requiere de consenso y acuerdos, pero sin duda acabaría con la práctica usurera de muchos taxistas que cobran casi el doble por la misma distancia que otros, sobre todo si ven que la persona está apurada, si está lloviendo o si el Metro (en el caso de Caracas) presenta algún retraso importante.

Una de las cosas que más desata la inflación y las prácticas especulativas, es la arbitrariedad de criterios, esa que hace que un taxi en la acera sur de Chacao te cobre Bs. 1.500 hasta La California a las 10 pm y otro taxi a la misma hora y en la misma zona pero en la acera norte te cobre Bs. 1.000.

Pensemos a ver.

Aquí corrió, aquí murió

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¿Qué motivará al VPI a realizar actividades suicidas?

¿Hasta qué punto el apuro estúpido los hace actuar poniéndose al borde de la muerte?

¿Cómo se explica que el VPI esté dispuesto a sacrificar hasta la propia vida, con tal de demostrar lo arrecho, o arrecha que es?

Cuando camino por las calles y cruzó en diversos semáforos e intersecciones, siempre me asombra ver personas arrojándose delante de los carros para poder pasar al otro lado, aún sin tener luz verde para cruzar. Teniendo que correr o saltar para que el vehículo no los alcance.

En todos los casos, a los pocos segundos la luz cambia a verde para los peatones y los que tuvimos paciencia podemos cruzar con un poco más de tranquilidad.

La diferencia entre casi morir y seguir viviendo es de pocos, muy pocos segundos de espera paciente.

Cruzar con la luz verde para el peatón no es que sea tampoco garantía de seguridad. En nuestro país la prioridad la tienen los carros y las motocicletas. El peatón es quien debe parar para que el carro pase, so riesgo de ser arrollado o al menos amedrentado por cualquier conductor detrás de su volante, haciendo rugir el motor, tocando la corneta, insultando, mirando feo o dejando que el carro siga avanzando poco a poco hasta casi rozarte.

Por otro lado están los peatones que cruzan por lugares indebidos, saltando islas, metiéndose por entradas de estacionamiento, etcétera. Sería más fácil darles una soga para que intenten ahorcarse. Así al menos no involucran al conductor del carro o la moto que se los lleve por delante.

Los motociclistas nunca frenan. La vocación suicida de quien va a pie, se multiplica por cien cuando se monta en una moto. Prefieren serpentear entre los carros, montarse en aceras, tirarse a lo loco obligando a que los carros de venida frenen, comerse la flecha…lo que sea, con tal de no tener que pisar el freno. Eso de pararse y poner un pie en el piso para no caerse, para el motorizado es una especie de humillación.

Eso hasta que muere o queda muy mal herido, aplastado o reventado contra el piso. Ese día es cuando finalmente descubre lo estúpido de su conducta, pero mientras eso no pasa, la sensación de invulnerabilidad crece constantemente en el VPI haciéndolo comportarse cada vez en forma más descabellada.

Reza el refrán popular: “mejor que digan aquí corrió, que aquí murió”, para los VPI es más bien “mejor que digan que aquí corrió y murió un arrecho, a que digan que aquí esperó y vivió un pendejo

                                                                                                                                        Imagen de Eduvial

¿Cambio?

Cambio

Termina el año y nada ha cambiado. Seguimos atrincherados en nuestras creencias y hábitos, tantos los buenos como los malos.

Sales a la calle y los VPI siguen ensuciándola de papeles, colillas, lata, periódicos viejos, bolsas y cualquier otra clase de desperdicio. Luego esos mismos VPI se quejan de que la ciudad está sucia.

Se siguen comiendo las luces rojas, usando el hombrillo como canal, comiéndose flechas y cruces, circulando encima de aceras, estacionándose donde sea. Agrediendo con carros y motocicletas.

Todavía los VPI siguen empeñados en demostrar que son los más arrechos en cualquier tema, en minimizar, despreciar o burlarse de los logros o esfuerzos de los demás. Siguen poniendo su tiempo y necesidades por encima del tiempo y las necesidades de los demás a través del abuso, del irrespeto, de la inconsciencia.

Llevo años escribiendo sobre esto, pero pocos lo consideran relevante. Piensan que la solución a nuestra crisis de valores consiste en cambiar los nombres y colores de quienes ocupan funciones de gobierno, por otros nombres y otros colores. ¿Y la raíz qué?

Suelen desarrollar teorías ampulosas y escribir artículos farragosos sobre “institucionalidad”, “independencia de poderes”, “cogobierno”, “políticas públicas”, “ciberactivismo”, “transparencia”, “equilibrio político”, etcétera. Todos muy bonitos conceptos en términos teóricos, pero vacíos en términos prácticos. Nada de eso, hasta ahora, ha solucionado nada.

Porque las raíces, los valores, el amor propio como conciudadanos, la vocación de servicio, la cultura del debate respetuoso, la identidad, el pensamiento colectivo, la aptitud para la participación activa, la constancia en preservar las buenas prácticas, la disposición al sacrificio sano por el bienestar general…todo eso nos falta. Y si eso no está, todo el resto del tinglado formal de lo que debe ser una sociedad sana, un Estado que se cuida a sí mismo, un país que crece, no tiene sentido.

¿Cambiar unos gobernantes por otros significa cambio cultural? Pues no.

Bien decía el sabio filósofo Rico McRico: “los gobiernos pasan, pero el hambre queda”.

Eso quiere decir que, cambiar de gobierno no es cambiar. La experiencia nos lo ha demostrado una y otra vez.

Y debemos seguir en esto, escribiendo, reflexionando, denunciando, hasta que realmente la palabra “cambio” recupere su verdadero y profundo significado.

Imagen de Acceso Directo

Reverenciando la muerte

Reverencias a la muerte

Hueco en reja divisoria por donde, estúpidamente, cruza la gente agachándose, para no tener que caminar unos metros más hasta llegar al rayado peatonal donde está el semáforo

En una ciudad repleta de peatones VPI suicidas que cruzan las calles por todos lados, menos por el rayado peatonal o paso de cebra, algunas alcaldías intentan controlar dicho impulso auto-destructivo colocando en las “islas” divisorias de las calles una rejas de metal las cuales, se supone, deben persuadir al VPI de brincarla y al mismo tiempo obligarlo a caminar 5, 10 o 15 metros más para cruzar por donde debe ser, sin  embargo, la realidad es que nuestros VPI son difíciles de convencer de que se cuiden y siempre buscan, por todos los medios, la forma de seguir atentando contra sus propias vidas y la de los demás.

La conducta de estos VPI es casi tan valiente como estúpida porque, lanzarse a cruzar fuera de rayado y lejos del semáforo  unas avenidas llenas de motorizados salvajes, buseteros asesinos, metrobuseros agresivos, conductores de camionetas de lujo a quienes no les importa nada y camiones sin frenos, es realmente un acto osado.

El lugar donde tomé esta foto es justo antes del semáforo de la Av. Francisco de Miranda, entre el Unicentro El Marqués y Buena Vista. Lo que allí podemos ver es lo que puede lograr la ingeniosa estupidez de los VPI quienes, laboriosamente, se dedicaron a cortar y extraer la parte del medio de la reja divisoria para que, en vez de tener que saltarla, simplemente se pueda pasar por debajo (más bien por el medio), agachando la cabeza lo justo para quedar a la altura de cualquier parachoques que pase por el canal rápido entre 40 y 80 KPH, es decir, entre producirle una fractura múltiple mortal de cráneo o simplemente arrancársela de cuajo dándole apenas “un golpecito”

Lo peor es ver VPI hombres y mujeres cruzando por esos huecos CON NIÑOS TOMADOS DE LA MANO. Imágenes realmente dantescas.

¿Alguna autoridad tendrá solución para estos huecos que están por todas las rejas divisorias de este tipo?

¿No?

Entonces que los VPI sigan agachando la cabeza, como haciéndole reverencias a la muerte.