La perversa herencia del VPI

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Antes de llegar al rayado peatonal que uso a diario para ir a mi trabajo, veo a una mamá con su hija, quien tiene quizá 8 años de edad, cruzando a unos 50 metros del rayado y con el semáforo peatonal en rojo, llevando al trote a su niña, obligando a los carros a disminuir su velocidad y arrasando al mismo tiempo con el hábito de cruzar correctamente que hubiera podido desarrollar esa niña.

Quizá esa es la peor actividad de los VPI: transmitir sus anti-valores a sus hijos, modelárselos para que aprendan muy bien como seguirlos practicando, induciéndolos a repetirlos y a transmitirlos, a su vez, a las próximas generaciones.

Les enseñan el apuro estúpido, la corredera. Ese gen venenoso de la impaciencia es pasado de generación en generación con una eficiencia desesperante. Tenemos demasiados niños estresados con el tiempo.

Gracias a esos VPI “ejemplares”, los niños aprenden a botar la basura donde sea, pues “ya limpiará alguien”, a no asumir la responsabilidad de ejercer la ciudadanía sino a arrostrársela a una autoridad, gobierno, Estado, alcaldía, a un tercero siempre poderoso al que hay que responsabilizar por todo.

Los niños aprenden, gracias a los VPI, a menospreciar las simples reglas de la circulación, del tránsito; como la señora que cruza fuera del rayado y con luz roja. La lección es: “tu apuro es más importante que el derecho de los demás a circular y mucho más importante todavía que tu integridad física e incluso tu vida”. La regla de oro de la estupidez VPI.

Las nuevas generaciones aprenden a tener que demostrar que se es el más arrecho o la más arrecha, en ese entendido retorcido de lo que es la competencia y la superación. La lección no es “trata de ser mejor, para servir de ejemplo y para contribuir a mejorar las cosas”. No. La enseñanza es “trata de ser el mejor para que se lo puedas restregar a los demás y para que te “resuelvas”, “resuelvas a los tuyos” y “nadie te joda”.

A esos niños les dejan como herencia el irrespeto a la autoridad, a los horarios, a la disciplina (“eso es para pendejos”), a la organización y a la planificación (“eso es para gente aburrida y gafa”), a la creatividad y al arte (“eso es para raros, para homosexuales”)

Por otra parte les enseñan a apreciar como valores fundamentales a la inmediatez, al egoísmo, al sectarismo, a la banalidad, a la violencia, al engaño, a la viveza…

¿Y todavía quieres que el país se arregle tan fácilmente?

Seguro que todavía sigues culpando solamente a los políticos de turno.

La impaciencia: veneno social

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La impaciencia nos destruye, nos mata de azoro, nos liquida como sociedad, arrasa nuestra calidad de vida. Es realmente un veneno social.

Esa impaciencia que hace que pisar el freno de la motocicleta, del carro, camión o autobús, se considere una humillación, un insulto.  Y entonces se prefiere intentar el asesinato arrojándole el vehículo a los peatones antes de sufrir la afrenta de detenerse.

Los impacientes al volante se comen la flecha y la luz roja del semáforo. Necesitan atajos para todo y se rebelan ante la regla más básica del tránsito que los obliga, otra vez la dichosa ofensa, a aminorar la velocidad con la luz amarilla y a parar por completo con la luz roja. Entonces se comen la flecha “pa´ cortar camino” (porque agarrar la vía normal es de “pendejos”) y se pasan el semáforo (porque quedarse parados es de “pendejos”), hasta el día en que matan a alguien con su vehículo y huyen cobardemente o hasta el día en que se destruyen ellos mismos, su vida, sus finanzas, su familia, por ser tan estúpidamente impacientes y no aguantarse unos segundos más de manejo o de espera.

Los peatones no se quedan atrás, la impaciencia los vuelve suicidas, les hace tener alergia a la acera prefiriendo caminar por la calle, exponiéndose al arrollamiento, los hace correr para cruzar, sabiendo que no les dará tiempo de llegar al otro lado antes de que algún carro les frene en los pies o los aplaste. Los pone a saltar rejas, muros o islas para pasar al otro lado de la avenida, para no perder tiempo caminando hasta la esquina para cruzar a través del paso de cebra. La impaciencia ha destruido todos los botones de todos los semáforos peatonales del país y acelera la erosión de todos los botones de todos los ascensores.

La impaciencia inoculada en la sociedad “moderna” hace que en el Metro las personas prefieran aplastarse unos a otros en el tren, en vez de aguardar al próximo e ir entrando poco a poco, en orden. Perdiendo apenas minutos, y a veces segundos no más, del tiempo que necesitan para desplazarse. Prefieren apretujarse a empellones que salir 15 minutos antes de su casa para darle espacio a la paciencia, lograr más comodidad y no ser unos agresores constantes.

El largo aliento, el proceso lento pero cuidadoso, las medidas a mediano y largo plazo, el estudio detallista, bien sea en lo educativo, en lo político o en lo empresarial, son mal vistos. La impaciencia social menosprecia todo eso. Prefiere la vía expresa, la carrera corta, los resultados inmediatos, la ganancia fácil sin necesidad del conocimiento, de la preparación, de la conciencia, de los valores. Está convencido de que si se toma una medida gubernamental, los resultados deben obtenerse en cuestión de horas y deben ser buenos ya y deben ser obligatoriamente de determinada forma o sino, esa medida de hace dos días, no “sirvió para nada”.

La impaciencia es comercial, mercantilista y especuladora. Esa es su esencia. El “bachaquero”, el comerciante inescrupuloso, el acaparador, son hijos consentidos de la impaciencia.

Lo contrario es la mentalidad productiva, transformadora, creativa, innovadora, positiva, cuidadosa, respetuosa, progresista y comunitaria. La impaciencia es egoísta y torva.

Los medios nos empujan al apuro patológico, la educación también, el sistema de horarios rígidos que mide al humano por su tiempo y no por sus aportes, nos convierte en lamentables criaturas todo el tiempo azoradas, acaloradas, viendo el reloj, inventando excusas, nerviosas hasta el punto del colapso ante cualquier cosa que requiera esperar, enfermas de la hora, del atoro.

Y finalmente terminamos asumiendo que ese triste estado de eterna corredera, es lo correcto, está bien y debe perpetuarse.

Así ni la magia nos puede salvar.

Imagen de Humor Tonto

Tormenta de ideas

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Hablando se entiende la gente, conversando brotan las ideas.

Aunque la cultura tramposa, inmediatista y golillera del VPI tiende a minar cualquier solución a mediano y largo plazo para la sociedad, nunca está demás analizar propuestas para tratar de sanar el país.

Esta semana, en una conversa de hora de almuerzo en la oficina, surgieron un par de opciones interesantes que, al menos, pueden servir como buena base para discusiones y propuestas más concretas.

1) ¿Cómo resolver la total impunidad con la cual en Venezuela se cometen tantas infracciones de tránsito a diario?

¿Qué tal si, así como a uno le exigen el RIF, la declaración del impuesto sobre la renta, certificación bancaria, cédula de identidad, etcétera, también nos pidieran el comprobante de que no tenemos multas pendientes por pagar?

Si a la hora de ser multados por un fiscal de tránsito, este funcionario alimentara de inmediato una base de datos interconectada en donde se generara el compromiso de pago de esa multa (así como pasa con el ISLR), tendríamos que asegurarnos de pagar dicha multa para poder luego sacar de ese sistema el comprobante de pago que nos permita hacer gestiones en bancos, seguros, hospitales y cualquier institución del Estado o privada.

Esta solución implica hacer varias cosas y cambiar culturas, pero sin duda sería un incentivo muy importante para dejar de comerse el semáforo cada vez a que a uno le da la gana.

2) El taxímetro no funcionó en Venezuela porque lo trampeaban, de tal forma que hoy cada taxista cobra lo que se le antoja para ir de un punto al otro en cualquier ciudad.

¿Qué pasaría si las tarifas se fijaran vía GPS por la distancia lineal entre puntos?

Esto requiere de consenso y acuerdos, pero sin duda acabaría con la práctica usurera de muchos taxistas que cobran casi el doble por la misma distancia que otros, sobre todo si ven que la persona está apurada, si está lloviendo o si el Metro (en el caso de Caracas) presenta algún retraso importante.

Una de las cosas que más desata la inflación y las prácticas especulativas, es la arbitrariedad de criterios, esa que hace que un taxi en la acera sur de Chacao te cobre Bs. 1.500 hasta La California a las 10 pm y otro taxi a la misma hora y en la misma zona pero en la acera norte te cobre Bs. 1.000.

Pensemos a ver.

Encuesta

encuesta

Si le preguntaras a cada conductor que se come la luz roja en Venezuela, cual es su preferencia política, el resultado sería 50 % a favor del chavismo y 50 % a favor de la oposición.

Si le haces la misma pregunta, pero a cada vecino que pone música a todo volumen sin importarle todo lo que molesta a los demás, el resultado sería igual

Encuentras personas de cualquier tendencia política cruzando indebidamente las calles, fuera del rayado y hasta con sus hijos pequeños tironeados por el brazo.

Gente vestida con franelas de partidos de la oposición, se termina de tomar una botella de agua mineral y la arroja sin pensarlo mucho a las matas que hay al lado de la autopista.

Gente que viste franelas rojas del chavismo, botan por igual botellas y latas en esas matas.

Rojos y azules fuman en lugares indebidos y alfombran el piso de colillas.

El taxista que se queja del gobierno y lo llama corrupto, nido de ladrones y sinvergüenzas, te cobra 5 veces la tarifa normal porque te ve cara de que no eres de la ciudad. Y no se sonroja por eso.

El otro taxista, que se burla de los de la oposición y se declara chavista hasta la médula, se come una flecha, casi atropella a un señor con una carretilla y además al pasar al lado lo regaña.

Miles de opositores haciendo trampas con sus impuestos para no darle “ni una puya al gobierno

Miles de chavistas haciendo trampas con sus impuestos porque “en esta vida no hay que ser pendejo

El chavista que te llama ignorante por creer en las prédicas de la derecha. El opositor que te llama ignorante por apoyar los discursos de la izquierda.

Los defensores de la diversidad de pensamiento que no aceptan que difieras de su pensamiento. Al menos no sin primero menospreciarte, de frente o a tus espaldas, apoyes a unos o apoyes a otros.

La única pregunta en esta encuesta que tiene la misma respuesta es que todos ellos, los unos los otros, los azules, los rojos, todos los que de una u otra manera cometen desmanes o delitos de mayor o menor tamaño, son Venezolanos.

Venezolanos propensos a cometer infracciones. Sin distingo de edad, clase social, educación, preferencia sexual, religiosa o política.

Imagen de ConceptoDefinición

¿Héroes?

Durante las elecciones presidenciales del pasado domingo 7 de octubre leí y escuché muchas expresiones de admiración por quienes estaban haciendo largas colas para ejercer su derecho al voto. Se maravillaban de ver personas de la tercera edad votando y celebraban con aplausos la “epopeya” de los venezolanos en Miami yendo en autobús a votar en Nueva Orleáns. Los llamaban “héroes”

¿Héroes?

Yo los llamaría así y celebraría eufóricamente el heroísmo de cualquier votante de esas colas si también en forma pública y notoria decidieran no comerse más nunca la luz roja en los semáforos.

A quien me mostrara su dedo meñique pintado de morado como señal de orgullo le preguntaría si además de eso respeta siempre el rayado peatonal y hace que los demás lo respeten. Si me dijera que sí lo cargaría en hombros.

A los que llamaron a defender el voto les haría una encuesta para ver si además llaman a defender las flechas para que no se las coman y al hombrillo para que no lo usen como un canal más. Si también defienden con pundonor eso pues ¡vaya si hay que darles una ovación de pie!

A cualquiera de los que hicieron largas filas bajo el sol en su centro de votación y se hidrataron y comieron durante esas 3, 4 o 5 horas, les preguntaría si en vez de botar los potes vacíos y las bolsitas de chucherías en la acera o en los jardines de los edificios o en la calle, no prefirieron guardarlos para botarlos en la primera papelera que vieran y además invitar a los demás a hacer lo mismo. Si su respuesta fuera positiva llamaría a reconocerlos como héroes nacionales.

A quienes salieron a caravanear o hicieron promociones televisivas y radiales llamando a ejercer el sagrado derecho del voto les preguntaría si también consideran “sagrado” el deber de recoger los mojones de los perros cuando se sacan a pasear. Si le expresaran igual veneración e incluyeran en sus actividades proselitistas el llamado a tener las aceras limpias de caca, pues habría que construirles estatuas en las plazas.

Heroica es la gesta de los respetuosos, los educados, los responsables y los ecuánimes, sobre todo si además dan el ejemplo y procuran multiplicar sus buenas decisiones ciudadanas. Héroe es quien decide valientemente dejar de ser VPI y comenzar a ser una mejor persona sin que sea necesario que un policía o alguien más lo tenga que amenazar o regañar para ello.

Quien no fuma en lugares indebidos y mucho menos fuma caminando y además no bota la colilla del cigarro en la calle, quien no hace fiestas ruidosas y respeta a sus vecinos, quien acepta sin juzgar la diversidad de pensamiento, de preferencias y de aspectos, quien no juega a la violencia en cada instante de su vida, esté o no detrás del volante o el manubrio, quien construye, ejemplifica, no insulta, no persigue, no pretende ser el más arrecho o la más arrecha y además imponerlo y es solidario, colaborador y sensible con el resto de sus compatriotas, ese, esa, son los verdaderos héroes que necesitamos.

Cualquiera vota. No cualquiera apuesta al civismo por sobre todas las cosas.

Campaña electoral: sembrando VPI

En esta sociedad en la cual quisiéramos tener mucho más ciudadanas y ciudadanos conscientes y mucho menos VPI, es sumamente importante predicar con el ejemplo. No solamente las figuras públicas, sean estas funcionarios, artistas, deportistas o profesionales de otras áreas, deben procurar una conducta más o menos ejemplar, sino también el ciudadano común, el de a pie. Todos. La dejadez en el cumplimiento de las mínimas normas de conducta por aquello de que “nadie lo hace” produce una reacción en cadena que transmite viralmente el desprecio por las leyes, las normas, los reglamentos, aquellas estructuras formales que existen para guiar nuestro comportamiento a diario para no caer en una total anarquía, por lo demás funesta para el progreso y para la paz.

Los ejemplos son copiosos pero esta vez me referiré a lo que está sucediendo en este momento en plena contienda electoral en Venezuela.

El Reglamento General de la Ley Orgánica de Procesos Electorales aprobado en Junio de este año indica en su capítulos II “De la propaganda electoral” y III “De la propaganda electoral en los medios de comunicación social” todo lo relativo a la regulación del uso de símbolos, imágenes, niños, etcétera en la campaña electoral, así como los lugares, días, horarios, etcétera en los cuales se puede realizar o colocar la propaganda electoral.

Este reglamento es incumplido tanto por el candidato del chavismo como por el candidato de la oposición prácticamente a cada segundo: hay propaganda electoral colgada en todas partes, colegios, bienes públicos, entes públicos, árboles, monumentos públicos, etcétera. Se utilizan imágenes de niños, se colocan mensajes y música a favor de cualquiera de los dos candidatos en altavoces cualquier día de la semana y a volúmenes estruendosos, el sistema nacional de medios públicos se ve encadenado varias horas a la semana por parte del candidato del chavismo para informar sobre su gestión y obras, pero también para incluir mensajes proselitistas mientras que el resto de las horas de la semana a través de los medios privados, los cuales representan alrededor del 70% del total de medios en Venezuela, se difunden casi un 90% de mensajes positivos sobre el candidato de la oposición al mismo tiempo que más del 90% de los mensajes sobre el candidato del chavismo son negativos. Las propagandas del chavismo incluyen símbolos patrios en sus cortinas, fondos o chaquetas y por su parte el candidato de la oposición usa también prendas con colores de la bandera y además declara públicamente que no las va a dejar de usar aunque se lo pida el Poder Electoral de la nación.

Todos son contraejemplos de dos tendencias políticas que dicen incluir en su oferta aquello del “imperio de las leyes”, “el fin de la impunidad” o la “independencia de las instituciones del Estado”.

El Consejo Nacional Electoral (CNE) abre constantes averiguaciones a medios de comunicación y envía casi a diario exhortos a los comandos de campaña de ambos candidatos, conminándolos a cumplir el reglamento, pero apenas una muy pequeña fracción de estas acciones es acatada o al menos considerada a ser cumplida.

¿Cuál es el mensaje que deja esta actitud a nuestros jóvenes y niños? pues que las leyes son para cumplirse sólo cuando te da la gana de cumplirla. Perfecta premisa VPI.

Gracias queridos políticos y medios de comunicación por su considerable aporte en la siembra de VPI en el futuro de nuestro país.

Después no se quejen de nuestra inhumanidad.

VPI haciéndose “los gualbertos”

Hacerse el loco o la loca o “el gualberto” (*) es, por supuesto, una conducta constante del VPI. Es necesario simular no conocer determinadas reglas o leyes para poder violarlas consistentemente sin cargo de conciencia a la hora de ser interrogados por la autoridad o recibir reclamos de las demás personas. En estos casos el o la VPI no optan por la agresividad que les es natural, sino que se disfrazan de ovejas indefensas cuyas excusas generalmente son: “oye no sabía nada”, “no me fijé”, “¿en serio?”, “es que yo no soy de acá”, “ay señor es que venía distraída”, etcétera. Obvio que el y la VPI saben perfectamente la falta que están cometiendo pero el hacerse los tontos es una estrategia sumamente efectiva cuando fracasa su intento de hacer la trampa. Podríamos bautizarlo como el “Síndrome de Foco Fijo”, aquel personaje que popularizó el comediante venezolano Emilio Lovera en los años 80 y cuya característica era poner cara de gafo pero ser más vivo que ninguno.

Hace poco cruzando una avenida noté que venían bajando de frente, comiéndose la flecha, dos vehículos. Al primero, una mujer, le hice señas para que viera la flecha gigante que está dibujada en el piso y supiera (ella obviamente lo sabía) que se la estaba comiendo. La mujer siguió mirando de frente a través de sus lentes oscuros y ni se inmutó en su camioneta de lujo. El segundo, un señor maduro en un Optra. Tuvo más chance de ver mis señas señalando la flecha pues tuvo que cruzar desde una calle lateral, sin embargo su reacción fue exactamente la misma: hacerse el pendejo.

Esta semana, al llegar a almorzar a un pequeño restaurante cerca de mi oficina noté que estaba lleno y, cómo hace cualquier persona más o menos decente, miré alrededor para ver si había personas esperando (había un señor) y luego le dije al mesonero que iba a esperar mesa. Acto seguido me paré en una esquina del local a la vista de todo el pasara.

A los pocos minutos llegó una pareja, vieron que estaban todas las mesas llenas y se pararon muy cerca de mí a seguir su charla mientras esperaban.

El primer señor se sentó y a los pocos segundos otra persona en otra mesa pidió la cuenta ya para irse. En eso el hombre de la pareja se acercó hasta esa persona para pedirle sentarse de una vez para ir ordenando. Afortunadamente el mesero es una persona muy correcta y atenta y de inmediato le dijo, amablemente, que yo estaba antes a lo cual contestó “¿ah sí?”, como si no se hubiera dado cuenta desde hace rato que yo estaba parado allí cuando largo soy cuando ellos llegaron.

Hacerse “el gualberto” es una práctica sumamente extendida y muy exitosa para los VPI en aquellos lugares donde la cola no se hace en fila o donde el mostrador es bastante largo permitiéndoles pedir rápidamente al primer dependiente sin hacer caso del gentío que había antes.

La frase crucial del VPI cuando es pillado en su disimulo es: “bueno, pero es que si usted no se pone las pilas…”. Es decir, usted tiene que vivir en un constante apuro para que el VPI no se le colee ¡por culpa de usted mismo!

Mundo bizarro.

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(*) En Venezuela existen varias expresiones para describir la acción de simular no conocer una situación irregular determinada procurando hacerse ver como inocentes si son interrogados al respecto. Entre otras se dice: “hacerse el loco”, “hacerse el paisa”, “hacerse el pendejo”, “hacerse el musiú” y en su acepción más grosera “hacerse el guevón”. Esta última deriva en “hacerse el gualberto” utilizando la similitud fonética para evitar decir la mala palabra.

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