Nuestro apuro absurdo de cada día

Angry Madam

Terminando de tomar todas las cosas, 8 o 10 artículos que compré en el supermercado “Mi Negocio” de San Luis, en Caracas, me acerqué a la caja y los coloqué encima de la cinta de donde la cajera toma los artículos y va registrando su precio en un lector óptico. Esa cinta, o está dañada o estaba apagada, y la muchacha simplemente alcanzaba los artículos con la mano. Hasta ahí todo normal.

En el momento en el cual la cajera ya había pasado casi la mitad de mis compras por el lector óptico y yo me dedicaba a sacar la cartera, tarjeta y cédula para pagar, se acercó una señora madura, no anciana, quien llevaba en sus manos cuando mucho cuatro artículos, es decir, vamos a aclararlo de una vez, no cargaba ni una bolsa de hielo ni un saco grande de comida para perros, ¡ni siquiera cargaba un cartón de huevos! Y era una señora sin ningún impedimento físico.

La señora se para junto a la caja y dice en voz baja “si mueve esas cosas un poco, yo puedo poner las mías”. Ambos, la cajera y yo, la miramos unos instantes como preguntándonos si habíamos entendido bien lo que dijo y de inmediato la muchacha prosiguió registrando artículos y yo extrayendo mis documentos. No más de 5 segundos más tarde la cajera terminó de vaciar la cinta y me dijo el precio total a pagar y fue cuando la señora comenzó a colocar sus cosas en la caja y dijo, de nuevo en voz baja: “hay que ver que si hay gente desconsiderada, por eso estamos como estamos…” y le respondí: “por la impaciencia señora, por la impaciencia es que estamos como estamos”. “La mala educación nos tiene así…” siguió diciendo la señora. “No. La impaciencia, que es una enfermedad…” le repliqué una vez más, mientras la cajera abría los ojos sorprendida por la agresividad de la señora. A ver:

La señora no llevaba una cantidad de cosas pesada o incómoda. La señora esperó apenas unos pocos segundos antes de poder poner sus compras en la caja. La señora es una enferma de la impaciencia, de esa impaciencia que cómo sociedad nos roe y destruye, esa que nos hace destruir los botones de los ascensores y de los semáforos peatonales, por poner un ejemplo, sólo porque no cumplen lo que queremos INMEDIATAMENTE.

La señora quería respuesta instantánea a una petición que era absurda. Detrás de un volante, se ve que esa señora es como esos numerosos VPI que apenas cambia el semáforo a verde (o incluso antes de que lo haga), te clavan un cornetazo, te hacen cambio de luces o hasta te manotean…o de esos que si van rodando y el carro de adelante va frenando con la luz del semáforo en amarillo, quieren pasarle por encima y se le brotan las venas de la frente por verse obligados a disminuir la velocidad, SU VELOCIDAD, la cual es más importante que la del resto del universo.

Esta VPI irá por allí echando el cuento del “desconsiderado” que la trató mal en una cola del supermercado, sin mencionar por supuesto, que lo que generó el incidente fue su propio apuro estúpido. El apuro estúpido social.

Imagen de Agnes Imbert
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Impaciencia colectiva

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En el uso de las camionetas por puesto, autobuses o “camioneticas”, como les decimos los caraqueños, se pueden observar fácilmente múltiples manifestaciones de esa impaciencia patológica que nos caracteriza como sociedad y que es, sin duda alguna, una de las más profundas raíces de todas y cada una de las crisis que ha sufrido Venezuela.

En la parada:

Apenas asoma una camionetica su trompa, a una cuadra de la parada, alguna persona levanta la mano en señal de que la quiere abordar. El fenómeno interesante es que junto a ella prácticamente todas las demás personas de la parada también levantan la mano, y además lo hacen con insistencia, como si el conductor del vehículo necesitara ver un mínimo de manos alzadas para detenerse a recoger personas. Se produce una especie de “ceguera” que impide notar que ya alguien, o al menos un par de personas, ya le avisaron al transporte que se detenga.

Al subirse:

Esa ceguera se mantiene cuando finalmente la camioneta se detiene y las personas se agolpan frente a la puerta para subir. La gran mayoría, como buenos VPI, no recuerda que existen otras personas en el mundo y comienzan a tratar de abordar el vehículo sin ni siquiera detenerse a considerar que podrían haber otras personas TRATANDO DE BAJARSE, cosa que ocurre la mayoría de las veces. El resultado es que, o bien tienen que volverse a bajar, o bien los regaña el conductor para que dejen bajar, o bien se produce algún forcejeo entre quienes salen y quienes entran.

Al bajarse:

Es común observar desde jóvenes ágiles hasta ancianos que casi no pueden caminar, pararse al menos 100 metros antes de la parada para cruzar tropezando por todo el pasillo de la unidad, antes de llegar a la puerta, pagar y bajarse (si los que vienen entrando los dejan)

Al igual que las manos alzadas, suele suceder que a una distancia suficiente, alguna persona avisa al conductor, muy claramente, que se va a quedar en la siguiente parada. Sin embargo, aunque todos en el vehículo escucharon el aviso de la persona, al menos tres o cuatro personas más también avisan, en voz alta, su intención de quedarse, como si, otra vez, el conductor necesitara escuchar un mínimo de peticiones para detenerse a dejar gente.

En resumen, todo el trayecto en transporte público es un compendio de acciones impacientes, de apuro absurdo e innecesario.

En uno de esos viajes hice un experimento: antes de mi parada esperé que las cuatro o cinco personas usuales avisaran que se iban a bajar y además caminaran a trompicones por todo el pasillo del vehículo hasta que este finalmente se detuvo. Fue entonces cuando yo me paré para ir hasta la puerta (a cuatro filas de distancia) para pagar y bajarme. En ese instante el conductor me preguntó: “¿Se baja aquí?” ya que para su visión híper-impaciente, el hecho de que no me tambaleara todo apurado a lo largo del vehículo, obviamente lo hizo dudar de mis intenciones de quedarme exactamente allí.

No señor, me paré no más que para hacer unos aeróbicos

Nos vemos en la próxima.

La perversa herencia del VPI

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Antes de llegar al rayado peatonal que uso a diario para ir a mi trabajo, veo a una mamá con su hija, quien tiene quizá 8 años de edad, cruzando a unos 50 metros del rayado y con el semáforo peatonal en rojo, llevando al trote a su niña, obligando a los carros a disminuir su velocidad y arrasando al mismo tiempo con el hábito de cruzar correctamente que hubiera podido desarrollar esa niña.

Quizá esa es la peor actividad de los VPI: transmitir sus anti-valores a sus hijos, modelárselos para que aprendan muy bien como seguirlos practicando, induciéndolos a repetirlos y a transmitirlos, a su vez, a las próximas generaciones.

Les enseñan el apuro estúpido, la corredera. Ese gen venenoso de la impaciencia es pasado de generación en generación con una eficiencia desesperante. Tenemos demasiados niños estresados con el tiempo.

Gracias a esos VPI “ejemplares”, los niños aprenden a botar la basura donde sea, pues “ya limpiará alguien”, a no asumir la responsabilidad de ejercer la ciudadanía sino a arrostrársela a una autoridad, gobierno, Estado, alcaldía, a un tercero siempre poderoso al que hay que responsabilizar por todo.

Los niños aprenden, gracias a los VPI, a menospreciar las simples reglas de la circulación, del tránsito; como la señora que cruza fuera del rayado y con luz roja. La lección es: “tu apuro es más importante que el derecho de los demás a circular y mucho más importante todavía que tu integridad física e incluso tu vida”. La regla de oro de la estupidez VPI.

Las nuevas generaciones aprenden a tener que demostrar que se es el más arrecho o la más arrecha, en ese entendido retorcido de lo que es la competencia y la superación. La lección no es “trata de ser mejor, para servir de ejemplo y para contribuir a mejorar las cosas”. No. La enseñanza es “trata de ser el mejor para que se lo puedas restregar a los demás y para que te “resuelvas”, “resuelvas a los tuyos” y “nadie te joda”.

A esos niños les dejan como herencia el irrespeto a la autoridad, a los horarios, a la disciplina (“eso es para pendejos”), a la organización y a la planificación (“eso es para gente aburrida y gafa”), a la creatividad y al arte (“eso es para raros, para homosexuales”)

Por otra parte les enseñan a apreciar como valores fundamentales a la inmediatez, al egoísmo, al sectarismo, a la banalidad, a la violencia, al engaño, a la viveza…

¿Y todavía quieres que el país se arregle tan fácilmente?

Seguro que todavía sigues culpando solamente a los políticos de turno.

La impaciencia: veneno social

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La impaciencia nos destruye, nos mata de azoro, nos liquida como sociedad, arrasa nuestra calidad de vida. Es realmente un veneno social.

Esa impaciencia que hace que pisar el freno de la motocicleta, del carro, camión o autobús, se considere una humillación, un insulto.  Y entonces se prefiere intentar el asesinato arrojándole el vehículo a los peatones antes de sufrir la afrenta de detenerse.

Los impacientes al volante se comen la flecha y la luz roja del semáforo. Necesitan atajos para todo y se rebelan ante la regla más básica del tránsito que los obliga, otra vez la dichosa ofensa, a aminorar la velocidad con la luz amarilla y a parar por completo con la luz roja. Entonces se comen la flecha “pa´ cortar camino” (porque agarrar la vía normal es de “pendejos”) y se pasan el semáforo (porque quedarse parados es de “pendejos”), hasta el día en que matan a alguien con su vehículo y huyen cobardemente o hasta el día en que se destruyen ellos mismos, su vida, sus finanzas, su familia, por ser tan estúpidamente impacientes y no aguantarse unos segundos más de manejo o de espera.

Los peatones no se quedan atrás, la impaciencia los vuelve suicidas, les hace tener alergia a la acera prefiriendo caminar por la calle, exponiéndose al arrollamiento, los hace correr para cruzar, sabiendo que no les dará tiempo de llegar al otro lado antes de que algún carro les frene en los pies o los aplaste. Los pone a saltar rejas, muros o islas para pasar al otro lado de la avenida, para no perder tiempo caminando hasta la esquina para cruzar a través del paso de cebra. La impaciencia ha destruido todos los botones de todos los semáforos peatonales del país y acelera la erosión de todos los botones de todos los ascensores.

La impaciencia inoculada en la sociedad “moderna” hace que en el Metro las personas prefieran aplastarse unos a otros en el tren, en vez de aguardar al próximo e ir entrando poco a poco, en orden. Perdiendo apenas minutos, y a veces segundos no más, del tiempo que necesitan para desplazarse. Prefieren apretujarse a empellones que salir 15 minutos antes de su casa para darle espacio a la paciencia, lograr más comodidad y no ser unos agresores constantes.

El largo aliento, el proceso lento pero cuidadoso, las medidas a mediano y largo plazo, el estudio detallista, bien sea en lo educativo, en lo político o en lo empresarial, son mal vistos. La impaciencia social menosprecia todo eso. Prefiere la vía expresa, la carrera corta, los resultados inmediatos, la ganancia fácil sin necesidad del conocimiento, de la preparación, de la conciencia, de los valores. Está convencido de que si se toma una medida gubernamental, los resultados deben obtenerse en cuestión de horas y deben ser buenos ya y deben ser obligatoriamente de determinada forma o sino, esa medida de hace dos días, no “sirvió para nada”.

La impaciencia es comercial, mercantilista y especuladora. Esa es su esencia. El “bachaquero”, el comerciante inescrupuloso, el acaparador, son hijos consentidos de la impaciencia.

Lo contrario es la mentalidad productiva, transformadora, creativa, innovadora, positiva, cuidadosa, respetuosa, progresista y comunitaria. La impaciencia es egoísta y torva.

Los medios nos empujan al apuro patológico, la educación también, el sistema de horarios rígidos que mide al humano por su tiempo y no por sus aportes, nos convierte en lamentables criaturas todo el tiempo azoradas, acaloradas, viendo el reloj, inventando excusas, nerviosas hasta el punto del colapso ante cualquier cosa que requiera esperar, enfermas de la hora, del atoro.

Y finalmente terminamos asumiendo que ese triste estado de eterna corredera, es lo correcto, está bien y debe perpetuarse.

Así ni la magia nos puede salvar.

Imagen de Humor Tonto

Tormenta de ideas

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Hablando se entiende la gente, conversando brotan las ideas.

Aunque la cultura tramposa, inmediatista y golillera del VPI tiende a minar cualquier solución a mediano y largo plazo para la sociedad, nunca está demás analizar propuestas para tratar de sanar el país.

Esta semana, en una conversa de hora de almuerzo en la oficina, surgieron un par de opciones interesantes que, al menos, pueden servir como buena base para discusiones y propuestas más concretas.

1) ¿Cómo resolver la total impunidad con la cual en Venezuela se cometen tantas infracciones de tránsito a diario?

¿Qué tal si, así como a uno le exigen el RIF, la declaración del impuesto sobre la renta, certificación bancaria, cédula de identidad, etcétera, también nos pidieran el comprobante de que no tenemos multas pendientes por pagar?

Si a la hora de ser multados por un fiscal de tránsito, este funcionario alimentara de inmediato una base de datos interconectada en donde se generara el compromiso de pago de esa multa (así como pasa con el ISLR), tendríamos que asegurarnos de pagar dicha multa para poder luego sacar de ese sistema el comprobante de pago que nos permita hacer gestiones en bancos, seguros, hospitales y cualquier institución del Estado o privada.

Esta solución implica hacer varias cosas y cambiar culturas, pero sin duda sería un incentivo muy importante para dejar de comerse el semáforo cada vez a que a uno le da la gana.

2) El taxímetro no funcionó en Venezuela porque lo trampeaban, de tal forma que hoy cada taxista cobra lo que se le antoja para ir de un punto al otro en cualquier ciudad.

¿Qué pasaría si las tarifas se fijaran vía GPS por la distancia lineal entre puntos?

Esto requiere de consenso y acuerdos, pero sin duda acabaría con la práctica usurera de muchos taxistas que cobran casi el doble por la misma distancia que otros, sobre todo si ven que la persona está apurada, si está lloviendo o si el Metro (en el caso de Caracas) presenta algún retraso importante.

Una de las cosas que más desata la inflación y las prácticas especulativas, es la arbitrariedad de criterios, esa que hace que un taxi en la acera sur de Chacao te cobre Bs. 1.500 hasta La California a las 10 pm y otro taxi a la misma hora y en la misma zona pero en la acera norte te cobre Bs. 1.000.

Pensemos a ver.

Encuesta

encuesta

Si le preguntaras a cada conductor que se come la luz roja en Venezuela, cual es su preferencia política, el resultado sería 50 % a favor del chavismo y 50 % a favor de la oposición.

Si le haces la misma pregunta, pero a cada vecino que pone música a todo volumen sin importarle todo lo que molesta a los demás, el resultado sería igual

Encuentras personas de cualquier tendencia política cruzando indebidamente las calles, fuera del rayado y hasta con sus hijos pequeños tironeados por el brazo.

Gente vestida con franelas de partidos de la oposición, se termina de tomar una botella de agua mineral y la arroja sin pensarlo mucho a las matas que hay al lado de la autopista.

Gente que viste franelas rojas del chavismo, botan por igual botellas y latas en esas matas.

Rojos y azules fuman en lugares indebidos y alfombran el piso de colillas.

El taxista que se queja del gobierno y lo llama corrupto, nido de ladrones y sinvergüenzas, te cobra 5 veces la tarifa normal porque te ve cara de que no eres de la ciudad. Y no se sonroja por eso.

El otro taxista, que se burla de los de la oposición y se declara chavista hasta la médula, se come una flecha, casi atropella a un señor con una carretilla y además al pasar al lado lo regaña.

Miles de opositores haciendo trampas con sus impuestos para no darle “ni una puya al gobierno

Miles de chavistas haciendo trampas con sus impuestos porque “en esta vida no hay que ser pendejo

El chavista que te llama ignorante por creer en las prédicas de la derecha. El opositor que te llama ignorante por apoyar los discursos de la izquierda.

Los defensores de la diversidad de pensamiento que no aceptan que difieras de su pensamiento. Al menos no sin primero menospreciarte, de frente o a tus espaldas, apoyes a unos o apoyes a otros.

La única pregunta en esta encuesta que tiene la misma respuesta es que todos ellos, los unos los otros, los azules, los rojos, todos los que de una u otra manera cometen desmanes o delitos de mayor o menor tamaño, son Venezolanos.

Venezolanos propensos a cometer infracciones. Sin distingo de edad, clase social, educación, preferencia sexual, religiosa o política.

Imagen de ConceptoDefinición

Los atoraos

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En Venezuela la decimos “atoraos” a los apurados, a los que viven a la carrera todo el tiempo, a los azorados.

Es la gente que se lanza sin tener luz verde para pasar, esquivando autobuses y camiones, pegando carreras y siendo casi atropellada más de una vez.

Esas personas son quienes exigen información inmediata, resultados inmediatos, atención inmediata, todo para ¡ya mismo! y si es antes pues ¡mejor!, sumergidos en medio de la cultura de la instantaneidad, de lo efímero, de lo fugaz, del mensajito corto, de la lectura de titulares para darse por informado, de los 10 tips para entender cualquier tema, de las listas de 7 cosas que usted debería saber.

Esa gente no investiga, no reflexiona, no profundiza.

Los atoraos son fácilmente manipulables por la mercadotecnia, sea comercial o política. Se dejan llevar por las primeras tres frases y ya no tienen tiempo de leer o escuchar un poco más.

Porque es que los atoraos no leen, no ven, no oyen. Son los que “no ven” la luz roja del semáforo cuando casi atropellan al peatón en cualquier rayado peatonal.

No leen la indicación de “No botar basura” antes de arrojar el papel, la lata o la botella, en cualquier rincón de la ciudad. Ni siquiera leen el cartelito de “Empuje” antes de halar las puertas hasta dañarlas o darse el golpetazo.

No escuchan la señal de cierre de puertas en el Metro, tras la cual no se debe intentar abordar el tren, tal como lo dice por altavoces una y otra vez el personal del Metro, para que los atoraos, de todas maneras, tampoco lo oigan.

El atorao te empuja, te tropieza, se te adelanta en los mostradores, se trata de colear en cuanta cola hace, madruga para todo para luego alardear de su capacidad madrugadora, toca corneta como demente desde su carro porque no puede estar detenido más de 30 segundos. Peor aún los motorizados que ni siquiera frenan.

El atoro público, por no hablar del privado, es sin duda un grave trastorno social en Venezuela.