Doble rasero VPI

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En Venezuela somos muy sociables, amigueros, compinches. Eso es algo genético acá. No es raro entonces que veas constantemente en la calle a personas que van en sus carros manejando, ven a alguien conocido caminando por la acera o manejando otro carro y toquen corneta, bajen los vidrios o hagan señas con las manos para saludarse y hasta conversar unos segundos.

En esa, generalmente breve, interacción social, durante la cual el o los carros que se saludan se detienen unos segundos, haciendo que los que vienen atrás se deban parar también algunos segundos, hace su aparición la típica doble moral del VPI. (Lo mismo sucede cuando el carro se detiene unos instantes a dejar o a recoger a una persona)

  • Si un VPI es quien va manejando el carro que se detiene a saludar, a recoger o a dejar a alguien, por lo general se demora un poco más de lo “aceptable”, digamos, tres o cuatro segundos (en este país repleto de impacientes enfermos, ese tiempo es suficiente). Hay casos en los cuales realmente se “aplastan”, no solo a saludar, sino a echar varios cuentos con la otra persona.

La premisa principal de estos VPI es quedar lo más atravesados posible y dejar bien en claro que el apuro y el tiempo de los demás les importa tres pepinos.

  • ¡Ah!, pero si un VPI es quien va manejando el carro que va detrás del que se detuvo, ¡libre Dios! No pasará una décima de segundo y ya estará tocando corneta en forma desaforada, insultando a la persona que se detuvo, haciendo signos groseros y todo lo que pueda para demostrar su molestia por haberse visto obligado a detenerse por otro.

El doble rasero moral del VPI es de sus peores cualidades. Eso se extrapola, lamentablemente, a toda su concepción de la sociedad y de los valores. A su actuación pública y privada. Esa percepción de que “está mal si lo hace el otro” pero “está bien si lo hago yo”, es lo que más ha dañado a nuestra sociedad en todos sus aspectos.

La relatividad temporal del VPI

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Si estás en tu carro detenido en un cruce y el semáforo cambia a verde, no pasará una fracción de segundo cuando ya el vehículo ubicado detrás del tuyo comenzará a hacerte cambios de luces y a tocar corneta. Incluso en ocasiones hasta manoteará para que “la muevas”

Lo curioso es que si eres “el carro de atrás”, entonces tú serás quien haga el cambio de luces y el toqueteo de la corneta y el manoteo, si perteneces a ese 90 % largo de población VPI criolla.

Entretanto, si estás en tu carro de primerito y te azuzan para que te muevas, dirás las típicas y muy criollas frases: “¿Qué te pasa mijo (o mija), estás apurao?”, “¡Pásame por encima pues!” o “Este como que tiene ganas de ir al baño”

En el carro de atrás las frases son diferentes “¡Muévete mijo!” o “cuanta gente achantada hay en la calle vale” o “¿Y a este qué le pasa que no se mete?”

Es el mismo tiempo, pero los VPI lo perciben de manera distinta según sea su ubicación física y, por supuesto, su estado de ánimo.

Es típico que te adelante algún carro a lo rabioso, por la izquierda o por la derecha, y el conductor te mire con odio porque estás “atravesao”…para luego encontrártelo unos metros más allá, rodando “a diez”, obstaculizando el paso de los demás, mientras chequea unos mensajitos de texto en su teléfono móvil.

La relatividad temporal del VPI es legendaria. Si están apurados, el mundo debe aplastarse a sus pies para dejarlo pasar. Si no tienen apuro, entonces el mundo que se espere y el que esté apurado pues “que se la cale”

En el Metrobus escuché a dos usuarios quejarse: “este tipo nos lleva como peñonazo e’ loco”, refiriéndose a que el chofer iba manejando rápido. Es curioso. Si manejara “muy lento”, estos mismos usuarios se quejarían del “paso de tortuga” del Metrobus. ¿Cuál será la velocidad correcta?

Respuesta: no existe. Siempre hay que quejarse.

Parece un chiste, pero esa incoherencia temporal produce grandes trastornos en esta sociedad de inconformes, plagada de demasiados VPI.

La impaciencia: veneno social

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La impaciencia nos destruye, nos mata de azoro, nos liquida como sociedad, arrasa nuestra calidad de vida. Es realmente un veneno social.

Esa impaciencia que hace que pisar el freno de la motocicleta, del carro, camión o autobús, se considere una humillación, un insulto.  Y entonces se prefiere intentar el asesinato arrojándole el vehículo a los peatones antes de sufrir la afrenta de detenerse.

Los impacientes al volante se comen la flecha y la luz roja del semáforo. Necesitan atajos para todo y se rebelan ante la regla más básica del tránsito que los obliga, otra vez la dichosa ofensa, a aminorar la velocidad con la luz amarilla y a parar por completo con la luz roja. Entonces se comen la flecha “pa´ cortar camino” (porque agarrar la vía normal es de “pendejos”) y se pasan el semáforo (porque quedarse parados es de “pendejos”), hasta el día en que matan a alguien con su vehículo y huyen cobardemente o hasta el día en que se destruyen ellos mismos, su vida, sus finanzas, su familia, por ser tan estúpidamente impacientes y no aguantarse unos segundos más de manejo o de espera.

Los peatones no se quedan atrás, la impaciencia los vuelve suicidas, les hace tener alergia a la acera prefiriendo caminar por la calle, exponiéndose al arrollamiento, los hace correr para cruzar, sabiendo que no les dará tiempo de llegar al otro lado antes de que algún carro les frene en los pies o los aplaste. Los pone a saltar rejas, muros o islas para pasar al otro lado de la avenida, para no perder tiempo caminando hasta la esquina para cruzar a través del paso de cebra. La impaciencia ha destruido todos los botones de todos los semáforos peatonales del país y acelera la erosión de todos los botones de todos los ascensores.

La impaciencia inoculada en la sociedad “moderna” hace que en el Metro las personas prefieran aplastarse unos a otros en el tren, en vez de aguardar al próximo e ir entrando poco a poco, en orden. Perdiendo apenas minutos, y a veces segundos no más, del tiempo que necesitan para desplazarse. Prefieren apretujarse a empellones que salir 15 minutos antes de su casa para darle espacio a la paciencia, lograr más comodidad y no ser unos agresores constantes.

El largo aliento, el proceso lento pero cuidadoso, las medidas a mediano y largo plazo, el estudio detallista, bien sea en lo educativo, en lo político o en lo empresarial, son mal vistos. La impaciencia social menosprecia todo eso. Prefiere la vía expresa, la carrera corta, los resultados inmediatos, la ganancia fácil sin necesidad del conocimiento, de la preparación, de la conciencia, de los valores. Está convencido de que si se toma una medida gubernamental, los resultados deben obtenerse en cuestión de horas y deben ser buenos ya y deben ser obligatoriamente de determinada forma o sino, esa medida de hace dos días, no “sirvió para nada”.

La impaciencia es comercial, mercantilista y especuladora. Esa es su esencia. El “bachaquero”, el comerciante inescrupuloso, el acaparador, son hijos consentidos de la impaciencia.

Lo contrario es la mentalidad productiva, transformadora, creativa, innovadora, positiva, cuidadosa, respetuosa, progresista y comunitaria. La impaciencia es egoísta y torva.

Los medios nos empujan al apuro patológico, la educación también, el sistema de horarios rígidos que mide al humano por su tiempo y no por sus aportes, nos convierte en lamentables criaturas todo el tiempo azoradas, acaloradas, viendo el reloj, inventando excusas, nerviosas hasta el punto del colapso ante cualquier cosa que requiera esperar, enfermas de la hora, del atoro.

Y finalmente terminamos asumiendo que ese triste estado de eterna corredera, es lo correcto, está bien y debe perpetuarse.

Así ni la magia nos puede salvar.

Imagen de Humor Tonto

Los siguienteros

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Nada altera más a un VPI que tener que hacer cola o fila delante de algún cajero o mostrador. Es en ese entorno en donde demuestra su mayor capacidad enfermiza e antisocial.

Específicamente en las colas que se hacen delante de los mostradores de las aerolíneas en el Aeropuerto de Maiquetía, he podido notar el florecimiento de un nuevo tipo de VIP, el cual, aunque no es particularmente pernicioso, si puede llegar a ser bastante molesto. Me explico.

Las colas en Maiquetía para chequearse suelen ser bastante extensas y cuando uno llega a ellas ya tiene cierto nivel de tensión por saber lo que viene en nuestros vuelos criollos: un gentío, atrasos en los vuelos, cambios de puerta para abordar, sitios para comer full, la terrible puerta 5 y sus autobusitos, etcétera.

El VPI suele tensarse más que nadie en esas colas debido a su enorme deseo de colearse como sea. En ese sentido ha inventado una forma de, digámoslo así, vengarse del resto de los que hacen la cola y por lo tanto lo obligan a tener que esperar como cualquiera. Consiste en convertirse en “siguientero”, es decir, cuando alguno de los empleados de la aerolínea que está chequeando gente grita “siguiente”, inmediatamente los VPI siguienteros de la cola gritan también “siguiente”, como un eco, y suelen mirar mal al primero o primera de la cola e incluso los pueden regañar por demorarse más de un par de segundos en moverse hacia el mostrador.

Hace unos días pude atestiguar incluso como un VPI, llegando apenas al final de la fila donde yo estaba, que tenía sus buenas 20 personas, gritó “siguiente” a todo gañote apenas escuchó que llamaron del mostrador. Algo así como el cornetea desde su carro cuando el semáforo cambia a verde, aunque se encuentre a 30 carros de distancia para poder pasar. De hecho la patología para ambas conductas es la misma: el apuro estúpido que busca calmarse apurando y culpando a los demás de la demora.

Fíjense la próxima vez que vuelen por Maiquetía. Descubrirán a los siguienteros de inmediato.

Sobre los VPI que a estas alturas todavía se “olvidan” de que hay que quitarse la correa al pasar por los rayos X o, peor aún, se molestan por tener que hacerlo o sobre los otros VPI que ponen un bolso en las sombrereras del avión e inmediatamente la cierran como para que más nadie meta nada allí, les hablaré en otro artículo.

Las colas y los VPI

Si usted hace una cola (o fila) delante de un cajero automático o alguna taquilla o cualquier cosa frente a la cual se deban formar las personas parar esperar pues no tiene que dejar pasar mucho tiempo para ver aparecer a los VPI y su apuro estúpido.

En el dibujo se refleja primero una fila normal de personas en la cual cada una está más o menos detrás de la otra esperando su turno y avanzando un poco cada vez que la primera persona termina de hacer su diligencia.

A un lado está la fila ya con los VPI presentes, identificados por las caras grises. Ellos no se colocan totalmente detrás de la persona que va adelante sino que se ponen A UN LADO y apenas un paso atrás cuando mucho. Las flechas señalan dos cosas: primero las constantes miradas que dirigen estos personajes a la punta de la cola como queriendo regañar a quien va de primero por tardarse o al cajero por ser lento o al banco por tener cajeros complicados, etcétera. Reclaman con la mirada y por eso se ponen de lado para ver mejor y demostrar que son arrechos con la mirada y la postura.

Lo segundo que señalan las flechas es la intención de colearse si se presenta la oportunidad. No hay que olvidar que si de algo se precia el VPI es de su astucia y por lo tanto “colearse” en una fila es un acto de reafirmación y viveza por excelencia.

Los VPI de esa forma se mantienen en alerta para reclamar la lentitud de la cola y meterse adelante si hay chance.

Las filas con VPI entonces dejan de ser líneas rectas para convertirse en curvas anárquicas con gente regada y adelantada en perfecto desorden. Ideal para la trampa. Como el rio revuelto según el dicho perfectamente conocido por todos los VPI.

La quejadera: el verdadero deporte nacional

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Gracias a la soberbia de una notable VPI con quien comparto oficina me ha tocado comenzar una rutina de depositar en efectivo en un banco cercano. Allí me he reencontrado con lo que es el verdadero deporte nacional: la quejadera.

Es que en esas colas (en general en cualquier cola de personas esperando) es donde los VPI demuestran sus peores actitudes, tanto así que observando el fenómeno conductual de los “colistas” se puede inferir el origen de otras patologías presentes en la sociedad.

En la anécdota más reciente llegaron detrás de mi dos señores ya de cierta edad sin llegar a ser ancianos. Al pasar 5 minutos, sólo 5 minutos, comenzaron a quejarse: “esta gente tiene un solo cajero” dijo uno, “si. Tantos millones que se gastan en publicidad y al cliente lo tratan mal y sólo ponen un solo cajero”, dijo el otro. “Bueno, aquí toda la vida ha sido así. Por eso estamos como estamos…”, dijo de nuevo el uno y de allí en adelante por obra de un sortilegio indescifrable comenzaron a despotricar en contra del gobierno diciendo las mayores barbaridades con groserías incluidas, aunque después de cada palabrota, como buenos VPI, pedían “disculpas” a las damas presentes. En resumen le hicieron la cola más pesada al resto de las personas sin importarle mucho, con su quejadera en voz alta y sus barbaridades políticas dichas como verdades absolutas cuando no consistían sino en repeticiones de “un fulano me dijo que…

En la punta de esas colas de banco sucede otro fenómeno muy peculiar, típico del apuro estúpido en su máxima expresión del VPI: quien está de primero siempre “es lento”, “está dormido”, “no está pilas”…los que están de terceros, cuartos o quintos en la cola son expertos en adivinarle el pensamiento al cajero de que va a llamar al próximo para manotearle a quien va de primero en la cola con insistencia para que se apure y hasta burlarse de él a sus espaldas por “quedao” (algo que como patología se repite por supuesto delante de los semáforos)

Aunque parezca chistoso en realidad esto es un elemento perturbador pues en lugar de existir una conciencia de solidaridad de quienes tienen que soportar la cola, cada persona que llega a la punta se convierte en “el enemigo”, es decir, en la persona lenta que va a retrasar la cola (no importa que los señores hayan dicho a todo grito que el atraso es porque hay un solo cajero), usted se expone a ser insultado, empujado, denigrado si se le ocurre demorarse más de un par de centésimas de segundo en dirigirse a la caja libre.

¿No me lo creen? Hagan la prueba en su próxima cola bancaria