El violín roto

Conductor_rabioso

En medio de las protestas que han afectado a varios sectores de Venezuela por motivos políticos, se hizo viral esta semana la información de que supuestamente la Guardia Nacional le quitó el violín a un joven que se encontraba tocando dicho instrumento en plena manifestación, y al parecer se lo dañó seriamente al punto de haber quedado inservible.

La indignación fue generalizada, fundamentalmente vía redes sociales que es por donde se dio a conocer dicha noticia.

Es lógico sentir rabia ante semejante abuso de poder por parte de un Guardia, armado y con la autoridad del Estado de su lado, arremetiendo de esa manera contra un simple instrumento musical de un muchacho. Una conducta así, sin duda alguna, es deplorable, pero cuando nos vamos a la raíz de la acción salvaje de este guardia ante un joven, bien cabe preguntarse:

La actitud de los conductores de carros, autobuses o motos que a diario le lanzan sus vehículos a los peatones en cualquier cruce o semáforo, comiéndose la luz, la flecha o circulando incluso por aceras, ¿es acaso menos salvaje que la del guardia rompe violines?

Cuando te arrojan el carro el mensaje es “Te quitas o te mato”. ¿No es eso más macabro que romperle el instrumento al chamo?

El joven podrá recuperar el violín, por esfuerzo propio o por la solidaridad de la gente. ¿Cómo recupera un peatón la vida luego de ser arrollado? ¿Cómo recupera la normalidad luego de ser lesionado severamente si resulta alcanzado por un vehículo a cuyo conductor no le da la gana de disminuir la velocidad sino que, por el contrario, muchas veces más bien acelera?

Ese comportamiento es diario, es constante, es en barrios y en urbanizaciones pudientes, no se circunscribe a la ocasión de un forcejeo entre manifestantes y policías, sino que es cotidiano, protagonizado por ciudadanos comunes, muchos de los cuales explotan de rabia por el violín roto pero en cada semáforo, si tienen chance, hacen correr a cuanto peatón se les cruce en su camino con la patología del VPI impaciente negado a frenar.

Imagen de Inclopedia

Homicidio culposo

La semana pasada se dañó el semáforo de la Avenida Francisco de Miranda que está ubicado a la altura de MINTUR, justo enfrente de la urbanización La Floresta en Caracas. Eso produjo el consabido fenómeno del salvajismo con unos carros (pequeños, camionetas, autobuses, motorizados, taxis, etc.) lanzándose unos contra otros con la mayor velocidad posible porque, como no había luz, cada conductor (de los VPI) se consideraba con mayor derecho de pasar por el cruce a como diera lugar.

Entretanto los peatones nos dividimos en dos bandos: el de los VPI comunes y el  de los “no tan VPI”. Me explico.

Los VPI comunes, entrenados en cruzar avenidas por cualquier sitio menos por el rayado, en esquivar motocicletas y microbuses, en pegar la carrera justo delante de los parachoques, en saltar islas, etcétera, esos pues siguieron cruzando la avenida sin semáforo como si nada pasara. Creo que ni cuenta se dieron de que no había luz roja ni verde. Simplemente hicieron lo de siempre: casi morir arrollados hasta llegar a la mitad de la vía y luego correr como dementes a centímetros de varios carros para completar el trayecto hasta el otro lado.

Los “no tan VPI”, por otra parte, miramos de arriba abajo la avenida evaluando el peligro de cruzar por el rayado peatonal con semejante anarquía vehicular desatada. Éramos un grupo diverso: adultos, ancianos, jóvenes, hombres y mujeres. De pronto vimos un buen chance para llegar al menos hasta la mitad del camino que es donde termina una especie de reja de mediana altura que fue colocada para que los VPI no crucen la avenida a todo lo largo de esta. Nos movimos en manada, tal como aprendimos de las vacas y los chivos, y llegamos sanos hasta la reja. Allí, ya azorados por estar justo en medio del huracán de carros desaforados, esperamos con menos paciencia la siguiente oportunidad y finalmente nos lanzamos a terminar de pasar cuando vimos que una camionetica (buseta) se había parado lo suficientemente lejos a dejar unos pasajeros (fuera de su parada) y otra camionetica comenzó a moverse luego de dejar sus pasajeros para rebasar a la otra.

Apenas comenzamos a caminar, el conductor de la segunda camionetica pisó a fondo el acelerador y nos lanzó, a la mayor velocidad que pudo desarrollar en menos de 100 metros, todo el tonelaje de su vehículo. Acto seguido lo imitó el conductor de la primera buseta.

Corrieron unos peatones, los menos ancianos, y los otros nos mantuvimos más o menos al paso de los demás para proteger a los señores y señoras mayores y también para hacer una pequeña “oposición” simbólica al intento de homicidio culposo en masa que el par de sicóticos buseteros VPI estaban llevando a cabo.

Nos dio apenas tiempo de terminar de pasar. Medio segundo luego de poner los pies en la acera del frente nos sacudió el ventarrón de los dos animales pasando a toda mecha detrás de nosotros, a lo cual se sumó su corneteo con niveles  obscenos de decibeles y seguramente algunos insultos genéricos gritados desde los vehículos.

Por allí no había un solo fiscal. Ningún policía. Municipio Chacao.

Hubiera ocurrido una desgracia masiva gracias al instinto asesino que caracteriza a nuestros choferes VPI.

La cultura de la violencia que nos enferma es algo mucho más profundo que las banales discusiones sobre el tema que se suelen abordar en tiempos electorales.

Sobrevivamos a ver si podemos cambiar algo.

El VPI: la charla, la acción y el arma

El VPI considera que es “más arrecho” o “más arrecha” que los demás y siente la patológica necesidad de demostrarlo constantemente. Para ello utiliza tres herramientas principalmente: la charla, la acción y el arma.

La charla:

El VPI se adorna, se echa flores sobre su supremacía de pensamiento y sobre su bravura. Dice cosas como: “yo no me quedé con esa y le dije sus cuatro vainas” o “no pana, yo no me le quedo callado a nadie”, “a mi nadie me jode” o “yo soy así y punto, a quien no le guste pues lo lamento” o “¿Tu y cuantos más me van a obligar a eso?“. En su conversación cotidiana siempre es quien gana, quien compra o puede comprar mas, quien oye la mejor música, quien tiene el mejor carro, la mejor ropa, la mejor pareja (o la peor, el asunto es ganar la contienda charlística), etcétera. Es el dueño (o la dueña) de la verdad absoluta y lo que no orbite en su universo de preferencias pues está mal y merece el desprecio o la burla o la agresión, abiertos o velados. Normalmente hablan en voz alta y muchos hasta lo hacen con tono constantemente pendenciero o burlista.

La acción:

De las acciones es de lo que más se ha comentado en este blog. Todas esas pequeñas y grandes infracciones, acciones de viveza, desobediencias de las normas, irrespeto a los demás, carros manejados como locos, basura botada donde sea, música a toda mecha a cualquier hora, orinar en lugares públicos, el vandalismo, el ataque público verbal o escrito, dejar luces y TV prendidas sin necesidad por “rebeldía”, fumar en lugares indebidos, cruzar fuera del rayado, el abuso del hombrillo y todo el largo etcétera de malos ejemplos que estos VPI dan con sus acciones para reforzar su condición de ser más arrechos o más arrechas que los demás.

El arma:

La violencia intrínseca del pensamiento del VPI encuentra en el arma su herramienta de posicionamiento del discurso. El arma es el carro, lanzado contra peatones o contra otros carros para no dejarlos pasar. También lo es la moto, por supuesto, a lo que se agrega la actitud de “manada” cuando un motorizado quiere pelear con el chofer de algún carro. La manada, en este caso, es el arma. Tener cierto nivel de poder también es un arma cuando está en manos de VPI’s: le da la posibilidad de agredir a quien está por debajo en cuanto a autoridad. El tamaño del VPI o su actitud camorrera también son armas de amedrentamiento.

Pero por supuesto no hay arma más peligrosa en manos de esta gente que el arma de fuego. Con ella montones de VPI han herido o asesinado a miles de venezolanos y lo siguen haciendo. El poder de la bala es lo más embriagante que puede tener un VPI para no dejar ninguna duda de que es un arrecho. Una simple pistola transforma al alfeñique en un depredador sin piedad, transforma al degenerado detrás del volante en un asesino gatillo alegre que es capaz de disparar a lo loco contra cualquier carro sólo porque le reclame por no dejarlo cambiar de canal. Un revolver transforma una discusión de borrachos de una fiesta en una matanza. Las armas de fuego transforman a los VPI en animales irrecuperables.

Por eso, cada arma permitida en nuestra sociedad es una potencial tragedia, cada pistola que se permite ser llevada en nuestras calles y locales es una invitación a la masacre, cada revolver que se deja libre en manos de los VPI es un llamado a la imposición del reino violento de los VPI por su patológica condición de tener que demostrar su superioridad.

Es un alerta público. Nuestra sociedad no podrá avanzar mientras existan armas en todos sus espacios, mientras cualquiera pueda tener una pistola y accionarla sin temer ni siquiera una multa por ello, mientras nuestra cultura aplauda el uso de la bala y de las expresiones de bravuconería como ley aceptable de la jungla, gracias al modelaje mercadotécnico masajeado año tras año por novelas, películas y comerciales y reforzado por una actitud malandra ante cualquier pequeño  desencuentro por parte de la mayoría de nuestras figuras públicas.

Podemos lidiar con la charla del VPI y reeducarlo gradualmente, podemos castigar con multas y buenos controles las acciones infractoras, hay leyes para ello, sólo falta la voluntad, pero ante el arma no hay argumento que valga. Una vez accionado el gatillo sólo resta por un lado muerte y sangre y por el otro un VPI, dos VPI, 100 VPI, miles, con el orgullo hinchado.

¡Desarme ya! Es urgente

Imagen de SEDEM