Impaciencia y política

Impatience

La impaciencia patológica es una profunda dolencia que padece desde hace varios años la sociedad venezolana. Esta se manifiesta, principalmente, a través del comportamiento absurdo de los VPI, de los cuales mucho he comentado en este blog, y sus consecuencias van desde la pérdida de valores, pasando por el desprecio a la constancia o a la educación, hasta la violencia, física o verbal, en contra de los demás cuando son considerados “obstáculos” para saciar algún apuro.

La política, una ciencia experta en manipular las emociones de la gente para obtener votos, ha perfeccionado el arte, no solo de incitar el miedo irracional o la solidaridad automática, sino también el de azuzar la impaciencia, con el fin de anular al adversario y erigirse como única opción posible para las soluciones inmediatas y perfectas.

Hasta el año 1998, sufrimos en Venezuela de una larga etapa de gobiernos muy malos, que fracasaron en lo político, en lo social, en lo económico y en lo cultural. En general cada gobierno nos legó crisis, miseria y fuertes tensiones sociales, amén de sonados escándalos de corrupción, narcotráfico y violencia.

La gente soportaba esos gobiernos gracias al opio del entretenimiento, a la suavización de la crisis, cosa que era muy bien lograda por la prensa pagada (muy bien pagada) para ello, y a una frágil paciencia alimentada por la esperanza de que en las próximas elecciones, las cuales se hacían cada 5 años, se podría cambiar de gobierno. No se azuzaba en ese entonces el inmediatismo, el cortoplacismo, la impaciencia, el ¡vete ya!, hoy en día utilizado hasta el cansancio. Es curioso, por lo demás, porque a cada gobierno malo se le dejaba actuar por 5 largos años, antes de tener chance de elegir… ¡a otro gobierno malo!

En resumen, hasta 1998, en un período de 20 años, el venezolano tenía apenas 4 oportunidades para votar y elegir autoridades. Mientras que desde 1998 hasta 2017, es decir, en los últimos 19 años, se han realizado 20 procesos electorales, es decir, el venezolano ha tenido ¡1,05 oportunidades para votar por año!

En este escenario de los últimos 19 años, con un gobierno que estructuralmente no se diferencia de los gobiernos anteriores,  con crisis similares, algunas más agudas, otras menos, otras exactamente iguales que las vividas antes de 1998, con el mismo grupo gobernante en el poder, es cierto, pero con prácticamente más de una elección por año para poder expresar descontento, apoyo, castigo o deseo de cambio es, sin embargo, cuando más se ha enfocado la manipulación emocional de los votantes hacia la impaciencia, hacia la solución instantánea, hacia el “Ya”. Eso es interesante y también muy preocupante.

El grupo gobernante apela a los miedos y a la conexión emotiva y produce resultados tradicionales. Juega constantemente a ganar tiempo. Por otro lado, el grupo de oposición apela a la impaciencia, que es como jugar con fuego y gasolina, recordando que en nuestra sociedad, esa impaciencia, tienen niveles patológicos.

El resultado está a la vista: frustración, violencia, muerte, dolor, odio, distorsión de la realidad, profundización de antivalores en niños y jóvenes, depresión colectiva, abandono del trabajo mancomunado, fuga de talentos, estancamiento…y más impaciencia enfermiza.

En el caso más reciente, de violencia callejera y fuerte represión de este año 2017, muchos lamentables hechos han ocurrido a apenas meses de unas elecciones regionales y a menos de un año de lo que deberían ser las elecciones presidenciales (salvo que la Asamblea Nacional Constituyente modifique todo el calendario), es decir, a muy poco tiempo de volver a votar en las elecciones número 21 y 22 en un período de 20 años, para expresar todo el malestar posible a través del sufragio sin tener que hacerlo, como consecuencia de la impaciencia azuzada e irracional, a través de la agresión, el enfrentamiento y la destrucción.

Están jugando con la gasolina de la impaciencia sin tener conciencia de todo lo que eso puede llegar a incendiar por años, y no existe ninguna excusa válida que logre justificarlo.

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Doble moralistas

doble moral

Hace unos días en varias camionetas por puesto de Caracas, se podían ver pegados en las ventanas unos carteles impresos en hoja carta que decían más o menos así:

No tengo gaceta oficial, pero tampoco la tiene el carnicero, ni el que vende los cauchos, ni el panadero. Bs. 150 es el precio más bajo que usted puede encontrar ahorita por cualquier cosa

La intención de ese cartel era justificar el aumento arbitrario del pasaje de 100 a 150 bolívares, unos días antes de que eso fuera legalmente establecido por la Gaceta Oficial, tal como ya había sido acordado previamente entre el gobierno y los transportistas.

Curiosamente, una vez que se publicó en Gaceta Oficial la autorización del nuevo pasaje, todos los cartelitos fueron sustituidos en las camioneticas por la portada del documento legal, bien visible, donde todo el mundo lo lee.

Más allá de lo justo o no del pasaje mínimo, lo que llama la atención es esa vocación de viveza que lamentablemente se ha inculcado por años a nuestra sociedad, desde la vocería política, desde los medios de comunicación y desde la industria del espectáculo, por no nombrar los valores medianamente sembrados desde la educación. El resultado es una sociedad repleta de VPI doble moralistas.

Me explico.

En este caso “la ley”, es decir, la única autorización legal para incrementar el pasaje, que es la Gaceta Oficial, primero es despreciada en función de que hay que subir el pasaje ¡ya!, porque a mí como ciudadano me da la gana de subirlo ya, porque todo está caro y me importa tres pepinos que el gobierno me dé permiso para eso, y luego, cuando ya es oficial, entonces si se apela a la Gaceta Oficial y se le coloca como permiso indiscutible e innegable y casi que se le prende una vela para santificarla.

Cuando la ley no me conviene (o se demora), la irrespeto o la ignoro. Cuando sí me conviene finjo respetarla y la utilizo como bandera sagrada.

Esa doble moral, junto con patologías como la de la impaciencia, ha descompuesto nuestra sociedad a niveles, francamente, cada vez más preocupantes, en los que la ley es relativa incluso para el ciudadano común y corriente quien acepta la desobediencia de cualquier norma como algo chévere y normal…hasta que quien desobedece la ley es alguien que no le agrada y entonces ese mismo ciudadano que celebra otras ilegalidades, se convierte en el ciudadano más moralista, recto y acusador del mundo.

Así estamos. ¡Me deja donde pueda!

¿Aprendimos algo de la emergencia eléctrica?

estupidez

En Venezuela, tras varias semanas de crisis energética debido a una sequía intensa, por causa del fenómeno de “El Niño”, a la falta de mantenimiento e inversiones en el sistema de generación y distribución eléctrica y al derroche energético, por parte tanto de empresas como de ciudadanos, finalmente, gracias a que las lluvias están regresando gradualmente, estamos retornando a una situación de “normalidad” con relación al tema eléctrico.

Estuvimos al borde de un estado de excepción, es decir, prácticamente un colapso. Las instituciones del Estado redujeron su horario de trabajo casi al mínimo, los centros comerciales debieron restringir su jornada de apertura al público y en los colegios y liceos no hubo clases los viernes.

Una vez que esta crisis, tal como anuncia el gobierno, comienza a remitir, y las restricciones de horario se han levantado, ¿Qué es lo que aprendimos cómo sociedad, cómo gobernantes y cómo gobernados?

Conocemos la historia de países que se han levantado luego de guerras, ataques atómicos y desastres naturales de grandes magnitudes. Verdaderas tragedias disruptivas. En esos lugares la sociedad se ha reorganizado, se han enfocado todos juntos en pos de una meta, se han tomado medidas firmes de reconstrucción, reorientación de esfuerzos, cambios culturales y continuidad en el tiempo.

¿Qué ha pasado en Venezuela?

Sin tener una crisis tan severa como aquellas y sin sus saldos de muertes y pérdidas materiales, la conclusión es bastante desalentadora: no hemos aprendido nada.

Seguimos culpando por todo al adversario político.

El gobierno gasta dinero en lo inmediato, en lo propagandístico, y no en lo estructural, en lo que debe perdurar sólido y en buen funcionamiento con el paso de los años. La oposición política, por su parte, en nada contribuye ni a plantear soluciones ni a trabajar en ellas.

Seguimos con la misma cultura del insulto, de la flojera, del rechazo a las metas a largo plazo, de la impaciencia, del inmediatismo, de la demonización, de no asumir la responsabilidad colectiva sino la comodidad individual.

Seguimos dejando cuanta luz, televisor, computadora, cargador, aire acondicionado o ventilador encendido por horas, aún cuando no lo estemos utilizando. Seguimos con el mismo pensamiento enano de que nuestras pequeñas faltas, abusos o derroches, son poca cosa y no afectan a nadie, cuando la verdad es que la sumas de esas pequeñas estupideces, acumula constantemente una gran montaña de anti-valores, desgaste y daño para el país.

No aprendimos nada.

Es que, con nuestra gigantesca arrogancia VPI, creemos que no tenemos nada más que aprender, sino que quienes deben aprender “son los otros”…como si esos otros vivieran en un país diferente y provinieran de una cultura distinta.

Extremismos

extremismos

La crisis que azota actualmente a Venezuela, traducida en escasez, desabastecimiento, especulación y acaparamiento, ha hecho resurgir el extremismo VPI.

Me explico.

El VPI necesita DEMOSTRAR lo arrecho que es, sin dejar lugar a dudas sobre su reciedumbre, bien sea física, mental o moral.

Me sigo explicando.

En el mismo momento en el cual la crisis ya impacta directamente al VPI, este de pronto se vuelve extremista, fundamentalista, pierde la ecuanimidad mostrada hasta ahora en sus expresiones escritas o verbales y pasa a ser un furibundo divulgador sobre cuál es su posición personal acerca de la situación.

Facebook, Twitter y otras herramientas sociales son la vitrina esencial de este tipo de reacción. Si hasta hace poco esta gente aceptaba pues analizar con cierta objetividad la política criolla, reconociendo la realidad de que las responsabilidades siempre están compartidas entre gobierno, oposición, empresarios, medios de comunicación y ciudadanos, apenas van al supermercado y no consiguen ese día un cepillo de dientes (aunque al día siguiente si lo consigan), se destapan a culpar a un solo factor de la sociedad, volcando todo el odio posible y los adjetivos más insultantes:

“Es culpa de los malnacidos chavistas”

“Es culpa de los asesinos de la oposición”

“Es culpa de los empresarios degenerados”

“Es culpa de los irresponsables medios de comunicación”

“Es culpa de la gente ignorante”

Aunque usted esté bien molesto, permítame que le recuerde que las culpas SIEMPRE están repartidas. A partes iguales, por lo demás, porque la sociedad es un todo, no fragmentos aislados.

Esta actitud de declaraciones pendencieras busca, por un lado, el amedrentamiento contra quien pretenda opinar diferente (“yo soy el arrecho, tu cállate“) y por otro lado la declaración pública de solidaridad automática con quien piensa igual (“hey, no te equivoques, yo insulto a la misma gente que tu”), para que no haya confusiones debido a la inevitable necesidad de trabajar y compartir a diario con personas o instituciones de pensamiento político diferente.

Es como el homofóbico que, cuando se encuentra en las cercanías de un homosexual, se desvive por demostrar su hombría y su desprecio por los gay, con burlitas nerviosas incluidas, para que no lo vayan a “confundir” con el otro.

La peor afirmación de estos extremismos reflotados es aquella que reza que “quien haya votado por el grupo político X o Y, es cómplice de sus fechorías”. Si eso fuera cierto, todos hemos sido, somos y seremos cómplices de algo cada vez que votemos pues, funcionarios de todo gobierno y de todo grupo político, tarde o temprano han cometido, cometen y cometerán algún delito.

El votante no tiene culpa alguna por los crímenes que cometa alguien del grupo político por el cual votó. Nadie vota para que se viole la ley, sino para que se cumplan las promesas de solucionar problemas. Eso es lo que todo político vende cuando se mercadea una y otra vez y una y otra vez logra convencer a unos votantes, mientras que los otros, los que no votarán por ese político, están convencidos a su vez, por el otro lado político, de que quien viola la ley es solamente el lado contrario.

Viñeta de La  viñeta satírica

Linchamientos

moblaw

Durante esta semana, varios medios de comunicación, tradicionales y electrónicos, así como la Asamblea Nacional, decidieron hacer sus análisis sobre el fenómeno de los presuntos linchamientos de presuntos ladrones, que fueron difundidos en los últimos meses básicamente a través de las redes sociales.

Por supuesto que sólo culpan al gobierno de turno y sin más despachan el tema, sacudiéndose cualquier culpa sin ahondar mayormente en las causas pero, digo yo…

¿Habrá mayor causa de fenómenos como el de los linchamientos, que la cultura VPI según la cual hay que demostrar constantemente que se es el más arrecho o la más arrecha?

¿No han difundido siempre la TV y el cine contenidos impactantes sobre cómo tomarnos la justicia con nuestras propias manos?

Cuándo los medios convierten el insulto entre políticos y para políticos en un veneno que pone una contra otra a la gente de a pie, ¿no es eso acaso azuzar la intención de linchar a la menor provocación al otro?

¿No es acaso comerse la flecha, la luz del semáforo, manejar a toda velocidad por las calles de la ciudad o por las aceras, intentos cotidianos de linchamiento?

¿No somos linchados acaso cuándo el vecino decide atormentarnos con fiestas ruidosas toda la noche o cuando los fumadores alrededor nuestro nos ahogan indolentes con el humo de sus cigarrillos o cuando los más cochinos llenan de basura las calles?

Los hechos violentos de calle denominados “La Salida” durante el año 2014 en Venezuela, ¿no fueron acaso un linchamiento generalizado en contra de cualquier persona y particularmente en contra de quien quisiera apartar los obstáculos que le impedían pasar por alguna esquina?

¿No es acaso alentar la actuación de grupos violentos y armados, una apología del linchamiento?

¿No atiza la intención de linchar ese hábito de clasificar como sabios a quienes apoyan un lado político pero como ignorantes a quienes apoyen al lado opuesto? ¿No agrava acaso eso el actuar en consecuencia discriminando por preferencia política a las personas para no darles contratos, puestos de trabajo o incluso acceso a espacios sociales para compartir, en el ámbito público o privado?

¿No nos linchan acaso diariamente los tramposos, los tracaleros, los corruptos, los estafadores, los manipuladores, los falsos gurús?

Las causas del deplorable fenómeno del linchamiento son mucho más profundas que lo que la estúpida ligereza mediática tradicional pretende hacer ver, solo por sus intereses políticos.

Un análisis serio del fenómeno incluiría, además de la obvia responsabilidad del Estado, también la de los medios de comunicación, con su mensaje irresponsable de división y desprecio, y la de los actores políticos antagónicos, cuya ausencia de voluntad de solucionar efectivamente y de apaciguar, sólo produce más y más resquemor social.

¿Cambio?

Cambio

Termina el año y nada ha cambiado. Seguimos atrincherados en nuestras creencias y hábitos, tantos los buenos como los malos.

Sales a la calle y los VPI siguen ensuciándola de papeles, colillas, lata, periódicos viejos, bolsas y cualquier otra clase de desperdicio. Luego esos mismos VPI se quejan de que la ciudad está sucia.

Se siguen comiendo las luces rojas, usando el hombrillo como canal, comiéndose flechas y cruces, circulando encima de aceras, estacionándose donde sea. Agrediendo con carros y motocicletas.

Todavía los VPI siguen empeñados en demostrar que son los más arrechos en cualquier tema, en minimizar, despreciar o burlarse de los logros o esfuerzos de los demás. Siguen poniendo su tiempo y necesidades por encima del tiempo y las necesidades de los demás a través del abuso, del irrespeto, de la inconsciencia.

Llevo años escribiendo sobre esto, pero pocos lo consideran relevante. Piensan que la solución a nuestra crisis de valores consiste en cambiar los nombres y colores de quienes ocupan funciones de gobierno, por otros nombres y otros colores. ¿Y la raíz qué?

Suelen desarrollar teorías ampulosas y escribir artículos farragosos sobre “institucionalidad”, “independencia de poderes”, “cogobierno”, “políticas públicas”, “ciberactivismo”, “transparencia”, “equilibrio político”, etcétera. Todos muy bonitos conceptos en términos teóricos, pero vacíos en términos prácticos. Nada de eso, hasta ahora, ha solucionado nada.

Porque las raíces, los valores, el amor propio como conciudadanos, la vocación de servicio, la cultura del debate respetuoso, la identidad, el pensamiento colectivo, la aptitud para la participación activa, la constancia en preservar las buenas prácticas, la disposición al sacrificio sano por el bienestar general…todo eso nos falta. Y si eso no está, todo el resto del tinglado formal de lo que debe ser una sociedad sana, un Estado que se cuida a sí mismo, un país que crece, no tiene sentido.

¿Cambiar unos gobernantes por otros significa cambio cultural? Pues no.

Bien decía el sabio filósofo Rico McRico: “los gobiernos pasan, pero el hambre queda”.

Eso quiere decir que, cambiar de gobierno no es cambiar. La experiencia nos lo ha demostrado una y otra vez.

Y debemos seguir en esto, escribiendo, reflexionando, denunciando, hasta que realmente la palabra “cambio” recupere su verdadero y profundo significado.

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Empresa VPI, Estado VPI… no importa. Hay que hacer casas

Concretera, Miranda, Parque
Un canal menos para uno de los puntos más transitados de Caracas. Cortesía de la Concretera del Parque Francisco de Miranda

Justo en el Parque Generalísimo Francisco de Miranda (antes Parque del Este) funciona una concretera cuyos patios, repletos de maquinarias y gandolas entrando y saliendo, se ubican a ambos lados de la Avenida Francisco de Miranda. Eso es una zona residencial, no industrial.

Más allá del impacto ambiental de tener un espacio con alta concentración de arena, humo y vehículos de carga pesada en una zona fundamentalmente de residencias, comercios y hasta un parque, destaco las consecuencias, desde el punto de vista del tránsito, que tiene esta instalación en el lugar.

En la foto se puede ver cómo la concretera decidió ELIMINAR todo el canal lento de la avenida en dirección Oeste desde la esquina frente al CC Millenium hasta la estación Miranda del Metro. Así. Sin mucho protocolo. Necesitan poner sus gandolas y mezcladoras en fila india y para eso ¡pum!, un canal menos para uno de los puntos más transitados de la ciudad.

Al efecto de convertir un corredor vial de tres canales en uno de dos  se suman las constantes detenciones del flujo vehicular debido a las maniobras que tienen que hacer las gandolas para entrar y salir de los patios y, por si fuera poco, además hay constantemente personal con cascos y chalecos fosforescentes haciendo mediciones y más mediciones sin terminar nunca de medir lo que se supone que están midiendo. Cabe suponer que estarán calculando el ángulo solar de Gauss con el cual las colas en las horas pico son más brutales en la Francisco gracias a su idea de quitar un canal, reventar el asfalto por tanto camión de carga pesada, ensuciar aceras y calles con arena, polvillo y piedras, atravesar a cada rato gandolas y además atravesarse ellos mismos EN EL CANAL RÁPIDO con sus peroles de medición y cara de estar haciendo algo realmente trascendental. Señores: tienen más de un año midiendo ¡ya está bueno!

En fin, como acá las cosas son como son y no como tienen que ser, como dicen en mi familia, esa concretera sigue allí campante, protegida con la excusa de su excelso aporte a la construcción de viviendas en el país aunque para ello estén violando varias decenas de ordenanzas municipales, especificaciones de ingeniería y reglamentos de salud pública y de tránsito.

Sólo para que lo sepan pues.