¿Aprendimos algo de la emergencia eléctrica?

estupidez

En Venezuela, tras varias semanas de crisis energética debido a una sequía intensa, por causa del fenómeno de “El Niño”, a la falta de mantenimiento e inversiones en el sistema de generación y distribución eléctrica y al derroche energético, por parte tanto de empresas como de ciudadanos, finalmente, gracias a que las lluvias están regresando gradualmente, estamos retornando a una situación de “normalidad” con relación al tema eléctrico.

Estuvimos al borde de un estado de excepción, es decir, prácticamente un colapso. Las instituciones del Estado redujeron su horario de trabajo casi al mínimo, los centros comerciales debieron restringir su jornada de apertura al público y en los colegios y liceos no hubo clases los viernes.

Una vez que esta crisis, tal como anuncia el gobierno, comienza a remitir, y las restricciones de horario se han levantado, ¿Qué es lo que aprendimos cómo sociedad, cómo gobernantes y cómo gobernados?

Conocemos la historia de países que se han levantado luego de guerras, ataques atómicos y desastres naturales de grandes magnitudes. Verdaderas tragedias disruptivas. En esos lugares la sociedad se ha reorganizado, se han enfocado todos juntos en pos de una meta, se han tomado medidas firmes de reconstrucción, reorientación de esfuerzos, cambios culturales y continuidad en el tiempo.

¿Qué ha pasado en Venezuela?

Sin tener una crisis tan severa como aquellas y sin sus saldos de muertes y pérdidas materiales, la conclusión es bastante desalentadora: no hemos aprendido nada.

Seguimos culpando por todo al adversario político.

El gobierno gasta dinero en lo inmediato, en lo propagandístico, y no en lo estructural, en lo que debe perdurar sólido y en buen funcionamiento con el paso de los años. La oposición política, por su parte, en nada contribuye ni a plantear soluciones ni a trabajar en ellas.

Seguimos con la misma cultura del insulto, de la flojera, del rechazo a las metas a largo plazo, de la impaciencia, del inmediatismo, de la demonización, de no asumir la responsabilidad colectiva sino la comodidad individual.

Seguimos dejando cuanta luz, televisor, computadora, cargador, aire acondicionado o ventilador encendido por horas, aún cuando no lo estemos utilizando. Seguimos con el mismo pensamiento enano de que nuestras pequeñas faltas, abusos o derroches, son poca cosa y no afectan a nadie, cuando la verdad es que la sumas de esas pequeñas estupideces, acumula constantemente una gran montaña de anti-valores, desgaste y daño para el país.

No aprendimos nada.

Es que, con nuestra gigantesca arrogancia VPI, creemos que no tenemos nada más que aprender, sino que quienes deben aprender “son los otros”…como si esos otros vivieran en un país diferente y provinieran de una cultura distinta.

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El patán

En la oficina donde trabajo hay un tipo de VPI sumamente peligroso: el patán. La bruja mayor y este señor del cual pasaré a comentar ahora, son ambos del tipo Homo Patanus, ella de la variante evolucionada y él del tipo más bien mesozoico.

El patán de este ejemplo proviene de una vieja raza de lobistas (cabilderos) quienes se movían entre el mundo político y el empresarial procurando coleccionar, como barajitas de un álbum, contactos en instituciones públicas y privadas, para venderse como gente de poder o “influyente”, eufemismo este que suena mucho más poético para sus oídos ansiosos de pleitesía.

Este señor, venido a menos por las quiebras o por las disoluciones de sus múltiples empresas en las cuales estuvo, o bien como socio o bien dirigiendo, según cuenta él mismo pomposamente una y otra vez cada vez que le dan oportunidad de adornarse, terminó siendo contratado desde hace unos meses como “asesor” de la empresa donde todavía trabajo y de la cual he comentado en otras oportunidades.

El detalle es que en esta oficina disfuncional su rol de asesor no le otorga ninguno de esos privilegios a los cuales estuvo acostumbrado por años de ser Representante, Gerente o Director asistiendo a exposiciones, congresos, whiskycitos, almuerzos, ferias y demás, cuando seguramente utilizaba una o varias secretarias, sino que aquí debe hacerse sus propias cosas él mismo, incluyendo enviar correos, preparar hojas de Excel y Word, sacar copias y otras pequeñas tareas de oficina de las cuales tiene muy poca o ninguna idea de cómo se hacen.

Este señor entonces ha debido acudir a las brujas de la oficina para que le ayuden a hacer dichas tareas (con la consiguiente burla y posteriores chismes de este aquelarre) y se ha tropezado con un estilo gerencial comercial que difiere mucho de su antiguo concepto de negocios, lo cual lo frustra en lo más hondo de su alma amante de la componenda y el campaneo.

Lo malo con este VPI es que, en su proceso de tropezar con la gerencia del área, cada vez que pretende que yo le responda en minutos por actividades que requieren días o por temas que son de muy baja prioridad para la empresa (aunque para él y su forma de ver los negocios son de primera línea), se encuentra con mi negativa o con mi diferimiento en la respuesta (la mayoría de las veces por instrucciones de mi jefe) y acto seguido, gracias a que no recibe la debida atención inmediata que todo patán exige, se dedica a tratar de desacreditarme ante los dueños de la empresa, ante mi propio jefe y ante quien sabe quien más en este mundo, a eso se suma el quitarme el habla, cosa que por un lado desdice su profesionalismo y por el otro me alivia de escucharle sus rimbombancias sobre su pasado estelar gremial.

El VPI no acepta reglas distintas a las suyas y si es del tipo patán no tolera encontrarse con otra cosa que no sea una alfombra roja de atenciones y asentimientos a todo cuanto diga y pida. Si por el contrario se encuentra con que no se le hace caso o no se le tiene miedo entonces, escríbanlo, moverá cielo y tierra hasta hacer desaparecer a lo que se le oponga.

Ya una vez fui víctima de uno de estos especímenes y, créanme, o conservas tu dignidad mientras te patean el trasero, o procuras quitártele del medio cuando decida arremeter si quieres quedarte sano donde estás, porque el patán, sobre todo si logra tener poder (del real, no del de cuentos de brindis) es capaz de convertirte realmente en polvo cósmico… a menos que tu también seas un patán con poder.

El VPI y la empatía (agua y aceite):

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El VPI al no reconocer la existencia de los demás (Premisa Nº 2) a menos que los necesite para reafirmar que es “el más arrecho”, suele carecer por supuesto de capacidad empática. No puede ponerse en el lugar de los demás y por ende se convierte en un ser con conductas sociopáticas.

Por ejemplo este ser arroja basura y ensucia sin importarle los demás quienes sufrirán de esa contaminación o quienes tendrán que limpiar más de lo necesario por culpa de este cochino VPI inconsciente (incapaz de ponerse en su lugar)

 También fuma en lugares indebidos y ahuma sin remordimientos a niños, ancianos o adultos no fumadores “olvidándose” del más que demostrado daño que esto produce en él y en los demás. Los peores son los que van caminando por las aceras y dejan la estela de humo para que la respire quien sea indiscriminadamente.

Este ser también es un burlista que aprovecha cualquier desliz de los demás para burlarse, denigrar o descalificar sin reconocer que él también comete errores y deslices como buen ser humano que es. En mi oficina está el ejemplo de una sociópata VPI quien se molesta notoriamente cuando “los que tienen llave” tocan la puerta para que les abra en lugar de abrir por su cuenta, la pregunta es ¿nunca se te han olvidado las llaves en alguna parte? Es una interrogación muy difícil de asumir para un VPI y de la misma manera ocurre con cualquier otra situación de vida.

Y así muchos ejemplos más (muchísimos), se podría decir que toda la conducta del VPI está signada justamente por la falta de empatía para la cual es como el agua y el aceite.