El violín roto

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En medio de las protestas que han afectado a varios sectores de Venezuela por motivos políticos, se hizo viral esta semana la información de que supuestamente la Guardia Nacional le quitó el violín a un joven que se encontraba tocando dicho instrumento en plena manifestación, y al parecer se lo dañó seriamente al punto de haber quedado inservible.

La indignación fue generalizada, fundamentalmente vía redes sociales que es por donde se dio a conocer dicha noticia.

Es lógico sentir rabia ante semejante abuso de poder por parte de un Guardia, armado y con la autoridad del Estado de su lado, arremetiendo de esa manera contra un simple instrumento musical de un muchacho. Una conducta así, sin duda alguna, es deplorable, pero cuando nos vamos a la raíz de la acción salvaje de este guardia ante un joven, bien cabe preguntarse:

La actitud de los conductores de carros, autobuses o motos que a diario le lanzan sus vehículos a los peatones en cualquier cruce o semáforo, comiéndose la luz, la flecha o circulando incluso por aceras, ¿es acaso menos salvaje que la del guardia rompe violines?

Cuando te arrojan el carro el mensaje es “Te quitas o te mato”. ¿No es eso más macabro que romperle el instrumento al chamo?

El joven podrá recuperar el violín, por esfuerzo propio o por la solidaridad de la gente. ¿Cómo recupera un peatón la vida luego de ser arrollado? ¿Cómo recupera la normalidad luego de ser lesionado severamente si resulta alcanzado por un vehículo a cuyo conductor no le da la gana de disminuir la velocidad sino que, por el contrario, muchas veces más bien acelera?

Ese comportamiento es diario, es constante, es en barrios y en urbanizaciones pudientes, no se circunscribe a la ocasión de un forcejeo entre manifestantes y policías, sino que es cotidiano, protagonizado por ciudadanos comunes, muchos de los cuales explotan de rabia por el violín roto pero en cada semáforo, si tienen chance, hacen correr a cuanto peatón se les cruce en su camino con la patología del VPI impaciente negado a frenar.

Imagen de Inclopedia
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¿Cambio?

Cambio

Termina el año y nada ha cambiado. Seguimos atrincherados en nuestras creencias y hábitos, tantos los buenos como los malos.

Sales a la calle y los VPI siguen ensuciándola de papeles, colillas, lata, periódicos viejos, bolsas y cualquier otra clase de desperdicio. Luego esos mismos VPI se quejan de que la ciudad está sucia.

Se siguen comiendo las luces rojas, usando el hombrillo como canal, comiéndose flechas y cruces, circulando encima de aceras, estacionándose donde sea. Agrediendo con carros y motocicletas.

Todavía los VPI siguen empeñados en demostrar que son los más arrechos en cualquier tema, en minimizar, despreciar o burlarse de los logros o esfuerzos de los demás. Siguen poniendo su tiempo y necesidades por encima del tiempo y las necesidades de los demás a través del abuso, del irrespeto, de la inconsciencia.

Llevo años escribiendo sobre esto, pero pocos lo consideran relevante. Piensan que la solución a nuestra crisis de valores consiste en cambiar los nombres y colores de quienes ocupan funciones de gobierno, por otros nombres y otros colores. ¿Y la raíz qué?

Suelen desarrollar teorías ampulosas y escribir artículos farragosos sobre “institucionalidad”, “independencia de poderes”, “cogobierno”, “políticas públicas”, “ciberactivismo”, “transparencia”, “equilibrio político”, etcétera. Todos muy bonitos conceptos en términos teóricos, pero vacíos en términos prácticos. Nada de eso, hasta ahora, ha solucionado nada.

Porque las raíces, los valores, el amor propio como conciudadanos, la vocación de servicio, la cultura del debate respetuoso, la identidad, el pensamiento colectivo, la aptitud para la participación activa, la constancia en preservar las buenas prácticas, la disposición al sacrificio sano por el bienestar general…todo eso nos falta. Y si eso no está, todo el resto del tinglado formal de lo que debe ser una sociedad sana, un Estado que se cuida a sí mismo, un país que crece, no tiene sentido.

¿Cambiar unos gobernantes por otros significa cambio cultural? Pues no.

Bien decía el sabio filósofo Rico McRico: “los gobiernos pasan, pero el hambre queda”.

Eso quiere decir que, cambiar de gobierno no es cambiar. La experiencia nos lo ha demostrado una y otra vez.

Y debemos seguir en esto, escribiendo, reflexionando, denunciando, hasta que realmente la palabra “cambio” recupere su verdadero y profundo significado.

Imagen de Acceso Directo

Los siguienteros

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Nada altera más a un VPI que tener que hacer cola o fila delante de algún cajero o mostrador. Es en ese entorno en donde demuestra su mayor capacidad enfermiza e antisocial.

Específicamente en las colas que se hacen delante de los mostradores de las aerolíneas en el Aeropuerto de Maiquetía, he podido notar el florecimiento de un nuevo tipo de VIP, el cual, aunque no es particularmente pernicioso, si puede llegar a ser bastante molesto. Me explico.

Las colas en Maiquetía para chequearse suelen ser bastante extensas y cuando uno llega a ellas ya tiene cierto nivel de tensión por saber lo que viene en nuestros vuelos criollos: un gentío, atrasos en los vuelos, cambios de puerta para abordar, sitios para comer full, la terrible puerta 5 y sus autobusitos, etcétera.

El VPI suele tensarse más que nadie en esas colas debido a su enorme deseo de colearse como sea. En ese sentido ha inventado una forma de, digámoslo así, vengarse del resto de los que hacen la cola y por lo tanto lo obligan a tener que esperar como cualquiera. Consiste en convertirse en “siguientero”, es decir, cuando alguno de los empleados de la aerolínea que está chequeando gente grita “siguiente”, inmediatamente los VPI siguienteros de la cola gritan también “siguiente”, como un eco, y suelen mirar mal al primero o primera de la cola e incluso los pueden regañar por demorarse más de un par de segundos en moverse hacia el mostrador.

Hace unos días pude atestiguar incluso como un VPI, llegando apenas al final de la fila donde yo estaba, que tenía sus buenas 20 personas, gritó “siguiente” a todo gañote apenas escuchó que llamaron del mostrador. Algo así como el cornetea desde su carro cuando el semáforo cambia a verde, aunque se encuentre a 30 carros de distancia para poder pasar. De hecho la patología para ambas conductas es la misma: el apuro estúpido que busca calmarse apurando y culpando a los demás de la demora.

Fíjense la próxima vez que vuelen por Maiquetía. Descubrirán a los siguienteros de inmediato.

Sobre los VPI que a estas alturas todavía se “olvidan” de que hay que quitarse la correa al pasar por los rayos X o, peor aún, se molestan por tener que hacerlo o sobre los otros VPI que ponen un bolso en las sombrereras del avión e inmediatamente la cierran como para que más nadie meta nada allí, les hablaré en otro artículo.

¿Héroes?

Durante las elecciones presidenciales del pasado domingo 7 de octubre leí y escuché muchas expresiones de admiración por quienes estaban haciendo largas colas para ejercer su derecho al voto. Se maravillaban de ver personas de la tercera edad votando y celebraban con aplausos la “epopeya” de los venezolanos en Miami yendo en autobús a votar en Nueva Orleáns. Los llamaban “héroes”

¿Héroes?

Yo los llamaría así y celebraría eufóricamente el heroísmo de cualquier votante de esas colas si también en forma pública y notoria decidieran no comerse más nunca la luz roja en los semáforos.

A quien me mostrara su dedo meñique pintado de morado como señal de orgullo le preguntaría si además de eso respeta siempre el rayado peatonal y hace que los demás lo respeten. Si me dijera que sí lo cargaría en hombros.

A los que llamaron a defender el voto les haría una encuesta para ver si además llaman a defender las flechas para que no se las coman y al hombrillo para que no lo usen como un canal más. Si también defienden con pundonor eso pues ¡vaya si hay que darles una ovación de pie!

A cualquiera de los que hicieron largas filas bajo el sol en su centro de votación y se hidrataron y comieron durante esas 3, 4 o 5 horas, les preguntaría si en vez de botar los potes vacíos y las bolsitas de chucherías en la acera o en los jardines de los edificios o en la calle, no prefirieron guardarlos para botarlos en la primera papelera que vieran y además invitar a los demás a hacer lo mismo. Si su respuesta fuera positiva llamaría a reconocerlos como héroes nacionales.

A quienes salieron a caravanear o hicieron promociones televisivas y radiales llamando a ejercer el sagrado derecho del voto les preguntaría si también consideran “sagrado” el deber de recoger los mojones de los perros cuando se sacan a pasear. Si le expresaran igual veneración e incluyeran en sus actividades proselitistas el llamado a tener las aceras limpias de caca, pues habría que construirles estatuas en las plazas.

Heroica es la gesta de los respetuosos, los educados, los responsables y los ecuánimes, sobre todo si además dan el ejemplo y procuran multiplicar sus buenas decisiones ciudadanas. Héroe es quien decide valientemente dejar de ser VPI y comenzar a ser una mejor persona sin que sea necesario que un policía o alguien más lo tenga que amenazar o regañar para ello.

Quien no fuma en lugares indebidos y mucho menos fuma caminando y además no bota la colilla del cigarro en la calle, quien no hace fiestas ruidosas y respeta a sus vecinos, quien acepta sin juzgar la diversidad de pensamiento, de preferencias y de aspectos, quien no juega a la violencia en cada instante de su vida, esté o no detrás del volante o el manubrio, quien construye, ejemplifica, no insulta, no persigue, no pretende ser el más arrecho o la más arrecha y además imponerlo y es solidario, colaborador y sensible con el resto de sus compatriotas, ese, esa, son los verdaderos héroes que necesitamos.

Cualquiera vota. No cualquiera apuesta al civismo por sobre todas las cosas.

Motorizados aleccionadores

La mayoría de nuestros motociclistas o motorizados, como le decimos en Venezuela, comete a diario prácticamente todas las infracciones contempladas en la Ley de Tránsito: se comen flechas y semáforos, hacen vueltas en U en lugares prohibidos, se montan en aceras, van por el hombrillo, montan sobrepeso en sus motos, no usan cascos, manejan a exceso de velocidad, etcétera.

Cuando se les reclama por su infracción, entonces los motorizados se  ponen agresivos, insultan,  pegan y además se comportan en forma de manada si alguno de ellos está agrediendo a alguien o si acaba de ser arrollado, generalmente por su propia imprudencia, formando una especie de enjambre de vehículos de dos ruedas mezclados con personas manoteando, gritando groserías y lanzando pescozones.

Cuando la sangre todavía no llega al río, es decir, cuando no hay ningún reclamo o golpe pero usted con su carro casi los roza por “atreverse” a cambiar de canal, obligándolos a frenar 1 kilómetro antes, o casi los escachapa por no verlos cuando vienen por la derecha cambiando de un punto ciego al otro hasta salirle casi encima del capó del carro justo cuando uno está pisando el acelerador, es entonces cuando, encima de todo, estos motorizados abusadores asumen la actitud más insólita de todas las que los caracterizan: se ponen aleccionadores.

Es entonces cuando usted los escucha explicar, empleando gritos y ademanes violentos, cual es el correcto uso del espejo retrovisor y de los espejos laterales, qué debe hacerse en caso de escuchar el corneteo de un motorizado que se acerca, lo malo que es cambiarse de canal y adicionalmente recomendaciones para ir al oftalmólogo.

Traducido al lenguaje motociclístico esa pedagógica explicación dice más o menos así: “¡pero bueno mama g…! ¿tú no sabes usar los espejos? ¿´Tas ciego?, ¿tú no oyes la corneta co… de tu madre?, ¿cámbiate de canal como es, enderézate gue… ón?”, etc.

Usted decide si se convierte en un alumno ejemplar de estos eruditos personajes del manejo y el tránsito y se queda calladito dentro de su carro con los vidrios arriba oyendo música mirándolos como atento a sus valiosas lecciones o si prefiere ser rebelde y responderle con igual manoteo y lenguaje a sus discursos expertos.

Las fotos que coloqué aquí son tomadas en la Calle Sorocaima en El Llanito, Caracas. Esa flecha se la comen diariamente los motorizados que pasan por allí. Cerca está el Instituto Nacional de Tránsito Terrestre y también una sede del CICPC. Por cierto, los motociclistas de estas instituciones TAMBIÉN se comen esa flecha.

¿Motorizados satanizados? Sí, claro

Los aplastados

Hace pocos días fui a una heladería que queda en el CC Millenium y luego de pagar nos tocó hacer una pequeña cola para que nos entregaran el pedido. El problema es que el local es mínimo y entonces comenzó a llegar bastante gente y nos aglomeramos. El fenómeno VPI que se presentó entonces fue el de “los aplastados” (prefiero ese término al más criollo “achantados” porque este último suele designar a quienes son lentos por naturaleza más que por desidia)

Los VPI en cuestión, que estaban en la punta de la cola, hacían su pedido desde la mitad del mostrador y ni por asomo se les ocurría desplazarse hasta la punta del mismo para que la cola avanzara y el amontonamiento de gente fuera menor. No. Ellos pidieron y se quedaron aplastados en el mismo sitio hasta que le entregaban lo que pedían. Incluso algunos discutieron con los muchachos que servían y otros hasta dudaban sobre cual “toping” le iban a poner a la barquilla y se ponían a decidirlo con su pareja con total tranquilidad sin moverse.

Por supuesto en cuestión de segundos se mezcló la cola para pagar con la cola para pedir y los intentos de colearse por parte de los VPI aumentaron mientras que todo el espacio delante de medio mostrador seguía vacío.

Los aplastados abundan. Su premisa principal es en el fondo la misma que la de los que sufren de apuro estúpido: su tiempo es más importante que el de los demás. Mientras que los apurados patológicos agreden a los demás para que se quiten del medio, los aplastados miran con desdén el apuro del resto de los mortales. No les importa atravesarse a hablar en medio de una concurrida acera con un grupo de amigos, ni tampoco paralizar el tránsito para recoger o dejar tres pasajeros, ni sacarle la mano a un autobús para que se detenga en plena avenida y hora pico para subirse ella y dos ancianas más a menos de 5 metros de una parada espaciosa y con bancos. El VPI aplastado se planta en medio de la escalera a hablar por teléfono o enviar mensajitos obligando a los demás a rodearlo separándose del pasamano.

“Caminen para atrás” se oye en las camioneticas. “Distribúyanse a lo largo del andén y en el vagón”, “no se queden en las puertas” se dice en el Metro. Esos son llamados cotidianos a los aplastados VPI para que fluyan.

Y fluyen, claro, pero cuando les da la gana.

VPI por doquier

Usted sale de su casa e identifica fácilmente a los VPI. Son los que se comen la flecha o la luz roja del semáforo con actitud de prepotencia. Son los que le lanzan el carro al peatón para que se apure y también los peatones que cruzan fuera del rayado hasta con niños tomados de la mano, son los que abren huecos en las rejas de las islas para cruzar peligrosamente y ahorrarse 20 metros de caminata para llegar hasta la esquina en donde hay semáforo y rayado peatonal. Son los fumadores que caminan dejando su estela contaminante para quien sea que venga atrás o aquellos que junto a una acera concurrida también expelen humos indolentes.

Son los que circulan por el hombrillo para adelantar a los que consideran pendejos o los que toman el canal de venida con el mismo fin cuando hay embotellamientos. Son los que se estacionan en lugares indebidos obstaculizando el paso de peatones o de otros carros. Son los motorizados que circulan por las aceras o a contra flecha. Los que viajan sin casco, los que montan dos y hasta tres personas en sus motos incluyendo niños y niñas, los que zigzaguean entre filas de carros y pretenden que nadie se les atraviese y golpean e insultan a quien lo hace.

Son los que botan basura a la calle a través de la ventana de su carro o de su casa, los que no limpian las heces de sus perros, los que no se preocupan de cerrar las puertas de seguridad de sus edificios, los que dañan paredes y lámparas, rayan los ascensores, dejan los chorros abiertos en los baños, no bajan el agua de las pocetas, orinan en cualquier rincón de la ciudad, dejan las luces prendidas sin necesidad o el calentador o el cargador del celular, ponen su música a todo volumen a cualquier hora y en cualquier lugar, se burlan de los honestos, de los trabajadores, de los serios, insultan y desprecian a los que piensan distinto. Incluso llegan a agredirlos sin motivo. Son los que atropellan en los vagones del Metro y sus escaleras, los que no dan paso, los que no ceden su asiento, los atravesados por gusto, los inconscientes, los que siempre le echan la culpa a los demás.

Son los que se creen con la verdad única, la suya, los que olvidan que hay otra gente en el mundo, en su país, en su ciudad, en su calle, en su urbanización. Son los que consideran que su tiempo y su apuro está por encima del tiempo y del apuro de los demás. Son los relativos, los que critican las faltas de los demás pero no las suyas propias o los que aprueban al infractor si es de un lado político pero no si es del otro. Son los micro-cósmicos, aquellos que se quejan por todo y asumen sus problemas como únicos en el mundo e imponen por ello a la fuerza su agenda de quejas a quien no le interesa…y un lamentablemente largo etcétera…

Si usted sale a la casa y no los reconoce tan fácilmente ¡cuidado!, es probable que el VPI entonces sea usted.