Repartir las culpas…

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Esta semana pasé varias veces por el bulevar de El Cafetal, en Caracas, y pude ver algunos grupos de muchachas y muchachos en los semáforos, con pancartas y volantes, manifestando su apoyo al político Leopoldo López, quien fue detenido y sentenciado a varios años de cárcel en el año 2014, al ser responsabilizado por liderar los actos violentos de calle denominados “La Salida”, los cuales produjeron varios fallecidos y heridos durante ese año en Venezuela.

Lo que llamó mi atención es que estos jóvenes tenían que esquivar constantemente motorizados y hasta carros que se comían la luz roja del semáforo para pasar apurados, siendo este el momento en el cual justamente ellos aprovechaban para pararse en los rayados peatonales y mostrar sus carteles a los conductores.

Recordé la tira de Mafalda que puse de imagen de este artículo: ¿cual será el verdadero problema que nos aqueja? ¿que Lopez siga preso o que suframos de esa patología conductual que hace que casi ningún motociclista respete las señales de tránsito y muchos conductores de carro tampoco? ¿Será más dañino para nuestra sociedad un político preso o ese instinto asesino que hace que el peatón, en este país, no tenga absolutamente ninguna prioridad de paso sobre los vehículos?

Y estos pobres muchachos, pues, que todavía no saben repartir muy bien las culpas, como dice Mafalda, y se dejan encandilar, agrego yo, por el poderoso mercadeo político, que ubica las responsabilidades en lo macro político y no en lo micro social.

Por eso estamos donde seguimos.

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Doble rasero VPI

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En Venezuela somos muy sociables, amigueros, compinches. Eso es algo genético acá. No es raro entonces que veas constantemente en la calle a personas que van en sus carros manejando, ven a alguien conocido caminando por la acera o manejando otro carro y toquen corneta, bajen los vidrios o hagan señas con las manos para saludarse y hasta conversar unos segundos.

En esa, generalmente breve, interacción social, durante la cual el o los carros que se saludan se detienen unos segundos, haciendo que los que vienen atrás se deban parar también algunos segundos, hace su aparición la típica doble moral del VPI. (Lo mismo sucede cuando el carro se detiene unos instantes a dejar o a recoger a una persona)

  • Si un VPI es quien va manejando el carro que se detiene a saludar, a recoger o a dejar a alguien, por lo general se demora un poco más de lo “aceptable”, digamos, tres o cuatro segundos (en este país repleto de impacientes enfermos, ese tiempo es suficiente). Hay casos en los cuales realmente se “aplastan”, no solo a saludar, sino a echar varios cuentos con la otra persona.

La premisa principal de estos VPI es quedar lo más atravesados posible y dejar bien en claro que el apuro y el tiempo de los demás les importa tres pepinos.

  • ¡Ah!, pero si un VPI es quien va manejando el carro que va detrás del que se detuvo, ¡libre Dios! No pasará una décima de segundo y ya estará tocando corneta en forma desaforada, insultando a la persona que se detuvo, haciendo signos groseros y todo lo que pueda para demostrar su molestia por haberse visto obligado a detenerse por otro.

El doble rasero moral del VPI es de sus peores cualidades. Eso se extrapola, lamentablemente, a toda su concepción de la sociedad y de los valores. A su actuación pública y privada. Esa percepción de que “está mal si lo hace el otro” pero “está bien si lo hago yo”, es lo que más ha dañado a nuestra sociedad en todos sus aspectos.

Ceguera espaldar

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Caminar por las calles y avenidas de Caracas es un ejercicio constante de supervivencia, agilidad y paciencia. Si no es el hueco o el charco, es que tiran el carro al tratar de cruzar. Si no es evitar pasar por lugares peligrosos, es que te asustas cuando cualquier motorizado te medio pasa cerca o pegas un brinco por los cornetazos explosivos que acompañan tu ruta. El alerta es constante y uno, el caraqueño, como que se acostumbra.

En estos días, caminando rumbo a Chacao, reparé en una conducta típica de los VPI, que hacía tiempo había notado pero sobre la cual no había escrito nada. Se trata de los “Caminantes VPI en grupo”. Me explico.

Cuando los VPI caminan en grupos de tres, cuatro o más personas (también en parejas, sobre todo si van por aceras muy estrechas) y van conversando, comienzan a sufrir de algo llamado “ceguera espaldar”, es decir, su campo de visión y de consideración se reduce a los que tienen al lado y a los que vienen de frente. De la gente que viene desde atrás, se olvidan por completo. No les importan.

Si eres de los que vienen desde atrás y deseas rebasar al grupo caminante de VPI, te toca vivir entonces alguno de estos tres escenarios:

  • Aprovechar que alguien que viene de frente obliga al grupo a dejarlo pasar, para entonces colarte por el hueco que dejan.
  • Pegarte lo más posible al grupo hasta que alguno de sus integrantes se da cuenta de que ¡Oh sorpresa inconcebible!, existe otra gente caminando por la misma acera y en la misma dirección, para entonces medio abrir espacio (normalmente de mala gana) para que puedas pasar.
  • Pegarte lo más posible al grupo y pedir permiso, lo cual en el 99 % de los casos, origina caras de sorpresa o disgusto entres sus integrantes, antes de dejarte pasar a regañadientes o incluso detenerse por completo mirándote airados, como si pedirles permiso para pasar constituyera una grave ofensa personal. Pueden llegar al extremo de increparte: “¡Si estás apurado pasa pues!

La recomendación, si no eres un VPI de los que gustan de la camorra y requiere enfermizamente demostrar ser el más arrecho o la más arrecha, es no engancharte en malas caras sino enfocarte en seguir caminando para llegar a tu destino, superando los obstáculos citadinos: huecos, charcos, cruces, abusadores en carro o moto y abusadores a pie.

¿Me da un permiso, por favor?

La impaciencia: veneno social

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La impaciencia nos destruye, nos mata de azoro, nos liquida como sociedad, arrasa nuestra calidad de vida. Es realmente un veneno social.

Esa impaciencia que hace que pisar el freno de la motocicleta, del carro, camión o autobús, se considere una humillación, un insulto.  Y entonces se prefiere intentar el asesinato arrojándole el vehículo a los peatones antes de sufrir la afrenta de detenerse.

Los impacientes al volante se comen la flecha y la luz roja del semáforo. Necesitan atajos para todo y se rebelan ante la regla más básica del tránsito que los obliga, otra vez la dichosa ofensa, a aminorar la velocidad con la luz amarilla y a parar por completo con la luz roja. Entonces se comen la flecha “pa´ cortar camino” (porque agarrar la vía normal es de “pendejos”) y se pasan el semáforo (porque quedarse parados es de “pendejos”), hasta el día en que matan a alguien con su vehículo y huyen cobardemente o hasta el día en que se destruyen ellos mismos, su vida, sus finanzas, su familia, por ser tan estúpidamente impacientes y no aguantarse unos segundos más de manejo o de espera.

Los peatones no se quedan atrás, la impaciencia los vuelve suicidas, les hace tener alergia a la acera prefiriendo caminar por la calle, exponiéndose al arrollamiento, los hace correr para cruzar, sabiendo que no les dará tiempo de llegar al otro lado antes de que algún carro les frene en los pies o los aplaste. Los pone a saltar rejas, muros o islas para pasar al otro lado de la avenida, para no perder tiempo caminando hasta la esquina para cruzar a través del paso de cebra. La impaciencia ha destruido todos los botones de todos los semáforos peatonales del país y acelera la erosión de todos los botones de todos los ascensores.

La impaciencia inoculada en la sociedad “moderna” hace que en el Metro las personas prefieran aplastarse unos a otros en el tren, en vez de aguardar al próximo e ir entrando poco a poco, en orden. Perdiendo apenas minutos, y a veces segundos no más, del tiempo que necesitan para desplazarse. Prefieren apretujarse a empellones que salir 15 minutos antes de su casa para darle espacio a la paciencia, lograr más comodidad y no ser unos agresores constantes.

El largo aliento, el proceso lento pero cuidadoso, las medidas a mediano y largo plazo, el estudio detallista, bien sea en lo educativo, en lo político o en lo empresarial, son mal vistos. La impaciencia social menosprecia todo eso. Prefiere la vía expresa, la carrera corta, los resultados inmediatos, la ganancia fácil sin necesidad del conocimiento, de la preparación, de la conciencia, de los valores. Está convencido de que si se toma una medida gubernamental, los resultados deben obtenerse en cuestión de horas y deben ser buenos ya y deben ser obligatoriamente de determinada forma o sino, esa medida de hace dos días, no “sirvió para nada”.

La impaciencia es comercial, mercantilista y especuladora. Esa es su esencia. El “bachaquero”, el comerciante inescrupuloso, el acaparador, son hijos consentidos de la impaciencia.

Lo contrario es la mentalidad productiva, transformadora, creativa, innovadora, positiva, cuidadosa, respetuosa, progresista y comunitaria. La impaciencia es egoísta y torva.

Los medios nos empujan al apuro patológico, la educación también, el sistema de horarios rígidos que mide al humano por su tiempo y no por sus aportes, nos convierte en lamentables criaturas todo el tiempo azoradas, acaloradas, viendo el reloj, inventando excusas, nerviosas hasta el punto del colapso ante cualquier cosa que requiera esperar, enfermas de la hora, del atoro.

Y finalmente terminamos asumiendo que ese triste estado de eterna corredera, es lo correcto, está bien y debe perpetuarse.

Así ni la magia nos puede salvar.

Imagen de Humor Tonto

Linchamientos

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Durante esta semana, varios medios de comunicación, tradicionales y electrónicos, así como la Asamblea Nacional, decidieron hacer sus análisis sobre el fenómeno de los presuntos linchamientos de presuntos ladrones, que fueron difundidos en los últimos meses básicamente a través de las redes sociales.

Por supuesto que sólo culpan al gobierno de turno y sin más despachan el tema, sacudiéndose cualquier culpa sin ahondar mayormente en las causas pero, digo yo…

¿Habrá mayor causa de fenómenos como el de los linchamientos, que la cultura VPI según la cual hay que demostrar constantemente que se es el más arrecho o la más arrecha?

¿No han difundido siempre la TV y el cine contenidos impactantes sobre cómo tomarnos la justicia con nuestras propias manos?

Cuándo los medios convierten el insulto entre políticos y para políticos en un veneno que pone una contra otra a la gente de a pie, ¿no es eso acaso azuzar la intención de linchar a la menor provocación al otro?

¿No es acaso comerse la flecha, la luz del semáforo, manejar a toda velocidad por las calles de la ciudad o por las aceras, intentos cotidianos de linchamiento?

¿No somos linchados acaso cuándo el vecino decide atormentarnos con fiestas ruidosas toda la noche o cuando los fumadores alrededor nuestro nos ahogan indolentes con el humo de sus cigarrillos o cuando los más cochinos llenan de basura las calles?

Los hechos violentos de calle denominados “La Salida” durante el año 2014 en Venezuela, ¿no fueron acaso un linchamiento generalizado en contra de cualquier persona y particularmente en contra de quien quisiera apartar los obstáculos que le impedían pasar por alguna esquina?

¿No es acaso alentar la actuación de grupos violentos y armados, una apología del linchamiento?

¿No atiza la intención de linchar ese hábito de clasificar como sabios a quienes apoyan un lado político pero como ignorantes a quienes apoyen al lado opuesto? ¿No agrava acaso eso el actuar en consecuencia discriminando por preferencia política a las personas para no darles contratos, puestos de trabajo o incluso acceso a espacios sociales para compartir, en el ámbito público o privado?

¿No nos linchan acaso diariamente los tramposos, los tracaleros, los corruptos, los estafadores, los manipuladores, los falsos gurús?

Las causas del deplorable fenómeno del linchamiento son mucho más profundas que lo que la estúpida ligereza mediática tradicional pretende hacer ver, solo por sus intereses políticos.

Un análisis serio del fenómeno incluiría, además de la obvia responsabilidad del Estado, también la de los medios de comunicación, con su mensaje irresponsable de división y desprecio, y la de los actores políticos antagónicos, cuya ausencia de voluntad de solucionar efectivamente y de apaciguar, sólo produce más y más resquemor social.

Cornetazo surround

Cornetazo Surround

En Venezuela se le dice “corneta” a lo que en otras partes llaman “claxon”. Ese dispositivo del carro, cuya función original es la de advertir o avisar, es decir, comunicarse con otros conductores para evitar choques, ha sido llevado en Venezuela a su máxima expresión como instrumento de agresión sonora por parte de los VPI.

Para el VPI la corneta transmite tres mensajes fundamentales:

1) Muévanse / muévete.

2) Quítate / frena, que voy pasando.

3) Cuidado te equivocas.

También lo usan para avisar algún peligro, pero eso es siempre en menor porcentaje. El VPI tiende a preferir la agresión.

Adicionalmente, el VPI disfruta ahora de cornetas más estruendosas que nunca en sus vehículos. Cualquier cornetazo proferido por una buseta o alguna camioneta, por estas calles, te puede producir taquicardia instantánea y sordera temporal. Hasta las motocicletas ahora tienen cornetas de camión 350.

De esto ya hemos comentado en otras ocasiones en este blog, pero esta vez quisiera analizar el pensamiento del VPI cuando toca como demente la corneta de su vehículo.

En la situación en la cual el VPI usa con más frecuencia el cornetazo, es cuando está en algún embotellamiento. En una cola pues. Allí lo usa creyendo que a punta de decibeles logrará hacer cambiar más rápido el semáforo o empujar a todos los carros para que se quiten del medio.

En esos momentos el VPI piensa “linealmente”, como es su costumbre, es decir, si vemos el dibujo, el VPI en el carro A cree que su cornetazo horripilante sólo va en una dirección: la de la flecha azul. Además considera que el idiota del carro B (para el VPI todo el que “se le atraviesa” es un idiota), es el único que recibe el golpe sonoro y TIENE que entender que TIENE que moverse, además eso debe ocurrir en milésimas de segundo.

Lo que no pasa por la mente del VPI es que el ruido que produce, afecta, impacta, ofende o enferma a toda persona, conductor o animal que esté a 360 grados a su alrededor, es decir, el cornetazo recorre todas las direcciones, las flechas blancas y negras, y perfora el tímpano incluso de los “no idiotas” que no tienen nada que ver son su apuro estúpido por querer que el o los vehículos delante de su carro, se muevan DE INMEDIATO.

La estupidez del VPI se riega así con efecto “surround” en estas calles tan enfermas de ruido por las que transitamos.

El VPI de vacaciones

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Durante este mes de septiembre pude tener contacto directo con un ejemplar de VPI sobre el cual creo no haber escrito mayor cosa previamente. Se trata del VPI temporadista (en Venezuela llamamos “temporadista” al turista criollo que disfruta sus vacaciones en destinos nacionales)

En el avión:

En primer lugar hay que mencionar a los VPI pasajeros de avión que gustan de quitarse el cinturón de seguridad, apenas el piloto medio pisa el freno de la aeronave, para levantarse, tomar sus maletas y adelantarse lo más posible por el pasillo para salir antes que nadie. Con el apuro estúpido que caracteriza a los VPI, este ejemplar se ve asfixiado si tiene que esperar algunos minutos para que primero salgan lo que están sentados en las primeras filas lo cual, en la lógica del VPI, no tiene ninguna lógica.

En la cola para pagar entrada:

En la cola para entrar a Parque El Agua, un VPI que iba con un grupo familiar grande, entendió, en su absurdo razonamiento, que sus hijos, ya unos grandulones quinceañeros, pagaban media entrada como si fueran infantes. Cuando en los torniquetes le indicaron que debía cancelar la diferencia, este pernicioso VPI montó en cólera, insultó a las empleadas del parque llamándolas “jalabolas” y luego se fue como una tromba a colearse (obviamente a lo arrecho), en la cola para el pago de entradas la cual estaba bastante larga.

Mientras se coleaba, el individuo en cuestión vociferaba diciendo “este país es una mi…da”, sin importar la presencia de un montón de niños, y además se jactaba de haber insultado a las empleadas previamente.

Toda una joya.

En el hotel:

En el hotel, los VPI que disfrutaban de la piscina y la playa, diariamente dejaban llenos de vasos, pitillos y colillas de cigarrillos, todo el piso o la arena. Ello a pesar de contar con innumerables papeleras bien ubicadas por todas partes.

Estos VPI se sentían dueños del mundo así que se tiraban de clavado en la piscina, aunque un cartel y las reglas de uso de la piscina señalaban claramente que eso estaba prohibido. Cuando el salvavidas les llamaba la atención, la mayoría de los VPI ponía mala cara y miraba hacia otro lado. Otros, los peores, insultaban y hasta manoteaban al salvavidas por atreverse a regañarlos en plenas vacaciones.

La anécdota más simpática ocurrió cuando en uno de los shows participativos nocturnos que se hacían en el hotel, unas personas de los mismos temporadistas debían cantar fragmentos de cualquier canción y hacerlo rápido, es decir, cantar lo primero que se les ocurriera. En una de esas una de las muchachas participantes cantó “patria, patria, patria querida”, tema emblemático del chavismo, y la mayoría de los presentes la abucheó y empezó a pedirle que se fuera. Mayoría anti gobierno pues. Varios de ellos fumando abiertamente en un espacio declarado 100% libre de humo.

Cuando terminó el show y todos se fueron, el piso quedó cubierto con una alfombra de vasos, pitillos, servilletas y colillas de cigarrillos, cortesía de los valientes abucheadores antichavistas (y seguramente uno que otro temporadista VPI chavista que probablemente habría por allí). ¿Congruencia?

En fin.

Cuando los VPI toman vacaciones dentro del propio país, parece que sus conductas más absurdas, lejos de relajarse, más bien se exacerban, tornándose más agresivos, descuidados y desconsiderados. Todo esto para luego decir, como el tipo de la cola de Parque el Agua, que el país es una porquería y que en Venezuela no se puede hacer turismo.

A este tipo, que justamente se me coleó fue a mi, cuando habló peste del país, le dije que la causa de que el país estuviera así era precisamente su propia gente, pero, obviamente, no entendió mi mensaje. El VPI sólo se escucha a si mismo.