El rechazo a la autoridad

Policás

En medio de estos días cada vez más turbulentos de Reforma y Contra Reforma en Venezuela, en los cuales los que quieren demostrar ser más arrechos de lado y lado luchan por imponer sus ideas sobre las demás, basándose más en supuestos superficiales y de poco análisis, con altos niveles de visceralidad, que en una firme postura ideológica y una concreta posición ante la realidad nacional, nos encontramos nuevamente con la disyuntiva del ciudadano de a pie ante el uso de la autoridad. 

Pienso que una de las causas medulares del problema de la inseguridad en el país es el síndrome del rechazo a la autoridad. Ese concepto cultural que aqueja a los pobladores de este país (en especial a los VPI por supuesto) que hace que deseen que todo el peso de la ley, policía, guardia nacional, fiscales, lo que sea le caiga a los demás…si son distintos social, económica o políticamente cáiganle más todavía, aporréenlos, enciérrenlos, persíganlos, dispárenles, maltrátenlos…pero conmigo no te metas. 

Una vez lo mencioné en este post y me referí a las terribles confesiones del jefe de la policía de Rio de Janeiro en Brasil, en el documental que acompaña a la película “Cidade de Deus” explicando como desde ese principio de “friega a todo el mundo menos a mí” resulta que las policías terminan siendo corruptas e ineficientes. 

En nuestro país ocurre exactamente igual. 

Reprimir una protesta no es lo mismo que combatir la delincuencia pero el principio rector del inconsciente colectivo reacciona de la misma manera: cuando el aporreado es el “otro”, el “rival”, el “despreciable” entonces que chévere que le den…pero cuando es uno, cuando son los de uno, cuando es el “héroe” del mismo lado entonces es un abuso de autoridad, un atropello, una ignominia. 

Resulta pues de esa patología que como sociedad nos aqueja profundamente de despersonalizar y considerar como objetos o animales a quien piensa distinto o se ubica en un plano económico o social diferente. Allí, en el diferente, TIENE que estar lo malo, el delincuente, el despreciable, allí es donde tiene que actuar la policía, pero no en el mismo estrato, en el lado de los buenos porque sí…a esos déjenlos quietos…y mientras tanto, pues la delincuencia crece y se fortalece así como la impunidad.

Así como crece y se fortalece el contrasentido de pedir que se cumplan las leyes…violando las leyes.

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2 comentarios el “El rechazo a la autoridad

  1. Celeste dice:

    Lectora silente de tu espacio, ahora tengo sobradas razones para pronunciarme…

    Casualmente ayer, en El Universal, leía el caso típico del “buen muchacho”, “que no se metía con nadie”, “trabajador” y “buen padre”… que, tirado en una acera, ensangrentado, era abrazado por su madre que desconsolada, lloraba y pedía justicia para el hijo que el hampa acababa de arrancarle de los brazos. Mi sorpresa fue mayúscula, cuando la conmoción que sentía leyendo este caso, dio un vuelco totalmente inesperado al leer, en el siguiente párrafo, que otra señora que pasaba en ese momento frente al sitio donde ocurría la escena anterior, espetó ante el asombro de todos los curiosos que la presenciaban (y, en mi opinión de todos los lectores): “¡pero, si ese fue el que mató a mi hijo!”

    Te juro que leí el artículo varias veces pues no lo podía creer y aún no descarto que quizás haya jugado acá la travesura agazapada de los duendecillos que suelen colarse en las redacciones de los periódicos. Pero siempre, siempre, me he planteado las mismas cuestiones que tú planteas en este post y que esta vez, me atrevo a comentar para confesar el rubor que me producía pensar de esta manera. Algo me dice que no he estado equivocada (o que no soy la única que piensa al revés)

    Sr. Amargado…

    Un placer estar en su espacio.

    Beso celeste.

  2. Davidache dice:

    Hola Celeste:

    Gracias por tu visita y palabras. Un honor.

    La verdad es que es duro reconocer esas realidades con relación a las autoridades y con relación al mundo del hampa en donde se duda de todo al final. Eso lo coloca en un universo distinto al que uno normalmente maneja y de allí se pueden producir injusticias y prejuicios involuntarios.

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