Reverenciando la muerte

Reverencias a la muerte

Hueco en reja divisoria por donde, estúpidamente, cruza la gente agachándose, para no tener que caminar unos metros más hasta llegar al rayado peatonal donde está el semáforo

En una ciudad repleta de peatones VPI suicidas que cruzan las calles por todos lados, menos por el rayado peatonal o paso de cebra, algunas alcaldías intentan controlar dicho impulso auto-destructivo colocando en las “islas” divisorias de las calles una rejas de metal las cuales, se supone, deben persuadir al VPI de brincarla y al mismo tiempo obligarlo a caminar 5, 10 o 15 metros más para cruzar por donde debe ser, sin  embargo, la realidad es que nuestros VPI son difíciles de convencer de que se cuiden y siempre buscan, por todos los medios, la forma de seguir atentando contra sus propias vidas y la de los demás.

La conducta de estos VPI es casi tan valiente como estúpida porque, lanzarse a cruzar fuera de rayado y lejos del semáforo  unas avenidas llenas de motorizados salvajes, buseteros asesinos, metrobuseros agresivos, conductores de camionetas de lujo a quienes no les importa nada y camiones sin frenos, es realmente un acto osado.

El lugar donde tomé esta foto es justo antes del semáforo de la Av. Francisco de Miranda, entre el Unicentro El Marqués y Buena Vista. Lo que allí podemos ver es lo que puede lograr la ingeniosa estupidez de los VPI quienes, laboriosamente, se dedicaron a cortar y extraer la parte del medio de la reja divisoria para que, en vez de tener que saltarla, simplemente se pueda pasar por debajo (más bien por el medio), agachando la cabeza lo justo para quedar a la altura de cualquier parachoques que pase por el canal rápido entre 40 y 80 KPH, es decir, entre producirle una fractura múltiple mortal de cráneo o simplemente arrancársela de cuajo dándole apenas “un golpecito”

Lo peor es ver VPI hombres y mujeres cruzando por esos huecos CON NIÑOS TOMADOS DE LA MANO. Imágenes realmente dantescas.

¿Alguna autoridad tendrá solución para estos huecos que están por todas las rejas divisorias de este tipo?

¿No?

Entonces que los VPI sigan agachando la cabeza, como haciéndole reverencias a la muerte.

Homicidio culposo

La semana pasada se dañó el semáforo de la Avenida Francisco de Miranda que está ubicado a la altura de MINTUR, justo enfrente de la urbanización La Floresta en Caracas. Eso produjo el consabido fenómeno del salvajismo con unos carros (pequeños, camionetas, autobuses, motorizados, taxis, etc.) lanzándose unos contra otros con la mayor velocidad posible porque, como no había luz, cada conductor (de los VPI) se consideraba con mayor derecho de pasar por el cruce a como diera lugar.

Entretanto los peatones nos dividimos en dos bandos: el de los VPI comunes y el  de los “no tan VPI”. Me explico.

Los VPI comunes, entrenados en cruzar avenidas por cualquier sitio menos por el rayado, en esquivar motocicletas y microbuses, en pegar la carrera justo delante de los parachoques, en saltar islas, etcétera, esos pues siguieron cruzando la avenida sin semáforo como si nada pasara. Creo que ni cuenta se dieron de que no había luz roja ni verde. Simplemente hicieron lo de siempre: casi morir arrollados hasta llegar a la mitad de la vía y luego correr como dementes a centímetros de varios carros para completar el trayecto hasta el otro lado.

Los “no tan VPI”, por otra parte, miramos de arriba abajo la avenida evaluando el peligro de cruzar por el rayado peatonal con semejante anarquía vehicular desatada. Éramos un grupo diverso: adultos, ancianos, jóvenes, hombres y mujeres. De pronto vimos un buen chance para llegar al menos hasta la mitad del camino que es donde termina una especie de reja de mediana altura que fue colocada para que los VPI no crucen la avenida a todo lo largo de esta. Nos movimos en manada, tal como aprendimos de las vacas y los chivos, y llegamos sanos hasta la reja. Allí, ya azorados por estar justo en medio del huracán de carros desaforados, esperamos con menos paciencia la siguiente oportunidad y finalmente nos lanzamos a terminar de pasar cuando vimos que una camionetica (buseta) se había parado lo suficientemente lejos a dejar unos pasajeros (fuera de su parada) y otra camionetica comenzó a moverse luego de dejar sus pasajeros para rebasar a la otra.

Apenas comenzamos a caminar, el conductor de la segunda camionetica pisó a fondo el acelerador y nos lanzó, a la mayor velocidad que pudo desarrollar en menos de 100 metros, todo el tonelaje de su vehículo. Acto seguido lo imitó el conductor de la primera buseta.

Corrieron unos peatones, los menos ancianos, y los otros nos mantuvimos más o menos al paso de los demás para proteger a los señores y señoras mayores y también para hacer una pequeña “oposición” simbólica al intento de homicidio culposo en masa que el par de sicóticos buseteros VPI estaban llevando a cabo.

Nos dio apenas tiempo de terminar de pasar. Medio segundo luego de poner los pies en la acera del frente nos sacudió el ventarrón de los dos animales pasando a toda mecha detrás de nosotros, a lo cual se sumó su corneteo con niveles  obscenos de decibeles y seguramente algunos insultos genéricos gritados desde los vehículos.

Por allí no había un solo fiscal. Ningún policía. Municipio Chacao.

Hubiera ocurrido una desgracia masiva gracias al instinto asesino que caracteriza a nuestros choferes VPI.

La cultura de la violencia que nos enferma es algo mucho más profundo que las banales discusiones sobre el tema que se suelen abordar en tiempos electorales.

Sobrevivamos a ver si podemos cambiar algo.

Los VPI y sus hijos: otro ejemplo

Con frecuencia encontramos gente en la calle sorprendida por los niveles de violencia, anarquía y suciedad que hay en la ciudad. Muchas personas culpan al presidente de turno, al gobierno, a los fiscales, a los extranjeros, a la televisión, al alcohol y a un largo etcétera de culpables en segundas o terceras personas, pero rara vez encontramos gene asumiendo su propio altísimo grado de responsabilidad en las patologías conductuales que cotidianamente sufrimos todos.

La principal escuela del VPI son sus propios padres y madres. El mal ejemplo de papá y mamá se transmite directamente y sin interferencias a sus hijos: si actúan como VPI los mayores también lo harán los niños. Lo he comentado en esta misma página varias veces y hoy traigo el ejemplo más reciente apoyándome en dos fotos.

En la primera imagen vemos a un conjunto de señoras cruzando frente a la Policlínica Metropolitana en Caracas justo por donde no hay rayado peatonal. El detalle en primer lugar es que se expongan a ser molidas por cualquiera de los carros que pasan constantemente por allí a altas velocidades (como la camioneta vinotinto cuya punta se ve a mano derecha e iba a millón) ya que el cruce está hecho para que siempre pasen carros por eso por allí no hay rayado peatonal. Lo peor del asunto es realizar ese cruce inconsciente y absurdo llevando de la mano a un niño, presumiblemente el hijo de una de ellas, quien está aprendiendo exactamente lo peor que se puede hacer al cruzar las calles de la ciudad.

En esta segunda imagen se señala con un círculo rojo el sitio por donde cruzaron (y cruzan) las señoras de este ejemplo y cruza también muchísima gente todos los días. Con las flechas verdes se indican los dos rayados peatonales, protegidos por semáforos, por donde estas señoras podrían haber cruzado con tan sólo caminar unos metros más evitando todo peligro.

Esos pocos metros son la diferencia entre arriesgarse a morir o quedar lesionado de por vida. Esos pocos metros también son la diferencia entre un potencial VPI todavía niño y un futuro adulto con una sana conducta ciudadana que multiplique el buen ejemplo.

Todo está en nuestras manos… y en nuestros pies.

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