Imagínese que usted como peatón se detiene delante de un semáforo peatonal que está en rojo. A su lado se colocan varias personas también. Pasan algunos carros pero de pronto hay un espacio en el que no pasa ninguno y por allá como a 200 metros vienen varios carros más y motos a cierta velocidad porque su semáforo está en verde. La gente a que está a su lado se lanza a cruzar aún con su luz en rojo teniendo varios de ellos (los que van de último) que correr al final porque el carro casi los alcanzó (porque venía más rápido de lo que creían). ¿Qué hace usted?, ¿se queda esperando su luz verde o se arroja a la calle en grupo con los demás?, si se queda en su acera esperando su luz… ¿no se siente como medio tonto por esperar teniendo oportunidad de cruzar?…¿si?, eso es la presión.
También ocurre si usted va en su carro y se para con el semáforo en rojo en un cruce de día o a una hora temprana de noche (por aquello de la inseguridad) y de pronto resulta que no pasan más carros por la otra vía o no viene cruzando ningún peatón por el paso de cebra, comienza entonces a sentir la presión de meterse, de comerse la luz, de darle rienda suelta a un apuro sin sentido, a eso lo ayudan los cornetazos insistentes o los gritos de los carros que van detrás para que se coma la luz o para que medio atropelle al último peatón que cruzó. Es la presión de un colectivo para convertir en VPI a quienes desean no serlo o luchan por no serlo y lo malo es que en la mayoría de los casos se cede a esa presión para no sentirse “ridículo” o para evitar los insultos de los VPI para quienes el que se comporta más o menos correctamente no es más que un pendejo.
Esa presión es una de las fuerzas más nocivas de nuestra sociedad y es la que produce día a día más VPI y por consiguiente reduce el nivel de vida de todos. Es esa presión la que busca reducir la opción de portarse bien y ser correcto a cambio de practicar la cultura de la quejadera por todo sin ayudar a mejorar nada, a querer ser más vivo o más arrecho que nadie en cualquier circunstancia, a pedir más de lo que se da y a infringir pequeñas o grandes normas o leyes día a día, es decir, convertirse en pequeños criminales y en pequeños corruptos que piensan que los criminales y los corruptos son solamente los malandros de barrio o los ladrones de cuello blanco y nunca les cruza por la mente la idea de que colearse o mojarle la mano a un cajero para que te ponga de primero es también corrupción.
Esa presión es uno de los principales factores que hay que desmontar para mejorar como individuos y como sociedad. Hay que aprender a liberarse de ella comportándose correcta y educadamente con convicción y firmeza sin dejar que al apuro estúpido o el querer ser el más vivo domine la conducta diaria y tratando de sembrar ejemplo en cada buena acción para que se propague la cosa cada vez entre más personas.
Imagen de El Observatodo






